El Acuerdo de Asociación entre el Mercosur y la Unión Europea, firmado el 17 de enero en Asunción, representó un hito histórico en la integración comercial entre ambos bloques, luego de 25 años de negociaciones. Aunque aún restaron instancias clave como la revisión del Tribunal de Justicia Europeo y la ratificación parlamentaria, el entendimiento sentó las bases de un nuevo escenario productivo y exportador para la Argentina y la región.
El acuerdo permitió el acceso preferencial a un mercado de casi 500 millones de habitantes, con alto poder adquisitivo y que explicó cerca del 15% del PBI mundial, a través de un esquema de desgravación arancelaria asimétrica y progresiva. Mientras la Unión Europea eliminó el 80% de los aranceles de forma inmediata y el resto en un plazo máximo de 10 años, el Mercosur obtuvo períodos de transición más largos, de hasta 15 años para los sectores más sensibles.
Sectores que ya están en condiciones de aprovechar el acuerdo
Los beneficios más inmediatos se concentraron en los sectores que ya exportaban a la Unión Europea, principalmente por la reducción de aranceles sobre flujos comerciales existentes. Actualmente, el bloque europeo explicó alrededor del 10% de las exportaciones argentinas, con fuerte participación de la región pampeana y una alta incidencia relativa en provincias del NOA.
Productos como harina y pellets de soja, biodiesel, carne vacuna, maní, langostinos, vinos, cítricos, peras, manzanas y arroz aparecieron entre los principales beneficiados, con presencia en prácticamente todas las regiones del país.

Año 2024, en Millones de USD y en % del total exportado
Creación y desviación de comercio: efectos de mediano plazo
Más allá del impacto inicial, el acuerdo activó dos procesos centrales de la teoría del comercio internacional: la creación y la desviación de comercio. La primera implicó la aparición de nuevas exportaciones, mientras que la segunda introdujo riesgos competitivos frente a productos europeos.
En la región pampeana, la carne vacuna emergió como una de las grandes ganadoras gracias a la ampliación de cupos. En la Patagonia, la pesca —especialmente merluza, calamar y langostino— accedió a una desgravación inmediata. Córdoba fortaleció su posición con el maní, mientras que Mendoza y San Juan se beneficiaron por la eliminación de aranceles para nueces y una reducción progresiva para el vino, que hasta ahora enfrentaba una protección del 27%.
En el NOA y NEA, sectores como cítricos, legumbres, miel y té comenzaron a mejorar su competitividad, al dejar atrás aranceles que llegaban hasta el 20%.
En contraste, la desviación de comercio expuso a la industria local a una competencia más intensa, especialmente en el AMBA, Córdoba y Santa Fe. La eliminación gradual del arancel del 35% para automóviles, autopartes, maquinaria agrícola y equipos industriales sometió a las fábricas argentinas a la presión de productos europeos con mayor escala y tecnología.
También quedaron en una situación sensible las economías regionales dependientes del mercado brasileño, como los vinos y aceites de oliva de Cuyo, los lácteos del centro del país y la industria del papel y cartón del NEA.

Chile como anticipo del escenario competitivo
El caso de Chile, con acuerdos de libre comercio tanto con la Unión Europea como con la Argentina, ofreció un laboratorio adelantado para analizar la competencia sin protección arancelaria. Allí, sectores como el vino y el aceite de oliva lograron desarrollarse, incluso frente al dominio productivo europeo.
En ese mercado, la Argentina se consolidó como proveedor dominante en hidrocarburos, combustibles, carne bovina y cereales, mientras que la UE mantuvo ventajas en medicamentos, maquinaria, vehículos y papel. En rubros como lácteos, bebidas alcohólicas y transporte de mercaderías, la competencia se dio en condiciones de mayor paridad, demostrando que es posible competir si se encuentra el nicho adecuado.

Condicionantes ambientales y nuevas barreras
Uno de los aspectos más desafiantes del acuerdo fue el capítulo ambiental, que estableció la obligatoriedad del Acuerdo de París. Esto implicó garantizar que productos como carne, soja o derivados forestales provinieran de tierras libres de deforestación, una exigencia particularmente sensible para el NOA y NEA.
Además, la Unión Europea avanzó en criterios como el ILUC (cambio indirecto del uso del suelo), que podría clasificar al biodiesel argentino como cultivo de “alto riesgo”, generando una barrera no arancelaria para uno de los principales productos de exportación al bloque.
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Efectos dinámicos e inversiones
Más allá del comercio, el acuerdo generó efectos dinámicos: estímulo a la inversión, economías de escala, adopción de normas técnicas comunes y mayor presión competitiva. Estos factores obligaron a las empresas a reorganizar su producción, invertir en tecnología y adecuarse a estándares europeos, mientras enfrentaron mayor competencia en el mercado interno.
En ese marco, el desarrollo del gas natural apareció como un factor clave de competitividad para industrias intensivas en energía, como fertilizantes, químicos, vidrio, cartón, alimentos procesados y fibras, consolidando una posible ventaja comparativa para la Argentina.
El nuevo mapa productivo regional
El análisis por regiones mostró a Cuyo como la principal ganadora potencial, impulsada por el vino, la minería y su perfil exportador, aunque con desafíos en el aceite de oliva. El NOA se posicionó en segundo lugar por su complementariedad agro-minera con la UE, seguido por la Patagonia, con fuerte potencial en pesca y energía.
La Región Centro, si bien concentró los mayores volúmenes, enfrentó mayores desafíos industriales, mientras que el NEA, con menor inserción internacional, requirió adaptación productiva, certificaciones y mejoras logísticas para aprovechar la apertura.

En síntesis, el acuerdo Mercosur–Unión Europea abrió oportunidades para todas las regiones, pero su impacto real dependió de la velocidad de modernización productiva, la reducción de costos logísticos y la capacidad de adaptación a normas ambientales y técnicas. El nuevo mapa productivo quedó trazado; el desafío pasó a ser cómo recorrerlo.
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