Dormir con temperaturas elevadas no solo genera incomodidad. El calor puede fragmentar el sueño, provocar más despertares y dificultar el descenso natural de la temperatura corporal que ocurre durante el descanso.
Según explicó el cardiólogo Oscar Cingolani, de la Universidad Johns Hopkins, a partir de los 24 grados pueden comenzar a registrarse mayores alteraciones en la calidad del sueño y una mayor exigencia cardiovascular, ya que el organismo activa mecanismos para liberar el calor.

La temperatura considerada más favorable para dormir se ubica entre 16 y 20 grados. Entre los 20 y 24 grados no existe evidencia concluyente de efectos perjudiciales, aunque el descanso puede no ofrecer los mismos beneficios de un ambiente más fresco.
El aumento de las temperaturas nocturnas también genera preocupación por el calentamiento global. Las ciudades y las viviendas pueden conservar el calor acumulado durante el día, dificultando que el cuerpo encuentre durante la noche el alivio térmico necesario para recuperarse.

Además, la exposición habitual a temperaturas más bajas se vincula con la conservación de la grasa marrón, un tejido asociado a beneficios metabólicos y a una mejor sensibilidad a la insulina.



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