Cada tanto, algún resultado deportivo reabre la misma discusión de sobremesa: que España y Argentina se llevan mal, que la vieja hermandad es más protocolo que sentimiento y que, bajo la cortesía, siempre existe cierto recelo. Gracias a Dios, esa sensación suele durar lo que dura la resaca de un partido. Sin embargo, de vez en cuando conviene contrastar esa liviandad con la historia profunda que unió a ambos países. Y pocas figuras representan mejor ese vínculo que José de San Martín.
San Martín nació en Yapeyú argentina el 25 de febrero de 1778, hijo de un capitán español, y siendo todavía un niño cruzó el Atlántico con su familia. En España se formó como militar y, apenas adolescente, se incorporó en 1789 al Regimiento de Murcia. Parte de su vida quedó vinculada a Málaga y al Castillo de Gibralfaro, esa fortaleza que hoy fotografían miles de turistas, muchas veces sin saber que entre sus muros se formó el hombre que años después cruzaría los Andes para liberar buena parte de Sudamérica.
Ahí comienza lo más notable del héroe argentino. El bautismo de fuego del futuro Libertador no ocurrió en América ni combatiendo contra España. Fue a los trece años, en el norte de África, peleando al servicio de la Corona española. Primero en Melilla y después en Orán, donde participó en la defensa de una plaza sitiada durante treinta y tres días, en medio de un terremoto que dejó la ciudad en ruinas. El adolescente que décadas más tarde liberaría Chile y Perú aprendió a resistir el fuego enemigo defendiendo territorio español.
Después llegaron las campañas de los Pirineos contra Francia, donde ascendió a subteniente. Más tarde participó en la batalla de Bailén, la gran victoria española contra las tropas de Napoleón, actuación que contribuyó a consolidar su carrera militar hasta alcanzar el grado de teniente coronel. Durante más de veinte años, San Martín sirvió en el Ejército español antes de solicitar su retiro y cruzar nuevamente el océano. Llevaba la formación adquirida en España, pero ahora la pondría al servicio de una causa diferente: construir, del otro lado del Atlántico, aquello que aquí había aprendido a defender.
Ya en el Río de la Plata, aquella formación militar se convirtió en método, disciplina y estrategia. Su primera batalla en territorio americano, el combate de San Lorenzo de 1813, duró apenas unos minutos, pero fue suficiente para frenar a las fuerzas realistas en el litoral y consagrarlo como jefe militar.
Desde entonces, San Martín dejó de pensar en victorias aisladas y comenzó a diseñar un verdadero plan continental. Si el poder español dominaba el Pacífico desde Lima, había que llegar hasta Lima. Y para conseguirlo era necesario cruzar los Andes.
Como gobernador de Cuyo, organizó durante tres años el Ejército de los Andes prácticamente de la nada, con los recursos limitados de una región pobre y con la colaboración decisiva de Mendoza, San Juan y San Luis. En enero de 1817 atravesó la cordillera con más de cinco mil hombres. Fue una hazaña militar y logística que todavía se estudia por la magnitud del terreno, la altura, las condiciones climáticas y la complejidad de movilizar hombres, armas, animales y suministros.
Ganó en Chacabuco, contribuyó decisivamente a la independencia de Chile y, desde allí, organizó la expedición naval que lo condujo a Perú. En 1821 proclamó la independencia peruana en Lima. Un año después, tras su encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil, cedió el protagonismo de la campaña final y se retiró progresivamente de la vida pública, es gesto de no aferrarse al poder que tantos otros habrían considerado como propio.
Ese gesto , el de saber marcharse antes que quedarse, también explica por qué Europa reivindica respeta profundamente su figura.
San Martín pasó sus últimos años en Francia, en Boulogne-sur-Mer, donde murió el 17 de agosto de 1850. en 1909 se inauguró el primer monumento dedicado al Libertador en suelo europeo: una estatua ecuestre que sobrevivió, casi milagrosamente, a los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial, que arrasaron buena parte de la zona portuaria en la que los alemanes habían instalado una base de submarinos.
Hoy existen decenas de monumentos a San Martín fuera de la Argentina. Muchos se encuentran en países donde su historia personal quizá no sea conocida en profundidad, pero donde su figura se mantiene como un símbolo universal de libertad, austeridad y renuncia. La casa en la que vivió en Boulogne-sur-Mer, convertida en museo, continúa siendo un lugar de peregrinación para el mundo
No existe contradicción en que este hombre haya defendido plazas españolas en África, combatido contra Napoleón en Bailén, liberado territorios americanos y terminado sus días en Francia. Es algo mucho más interesante que el relato fácil del desencuentro: es la prueba de que lo argentino, lo español y lo europeo nunca fueron identidades completamente separadas por un océano, sino partes de una misma historia contada desde diferentes orillas.
El máximo héroe de la patria argentina se formó como hombre y como militar en España. Allí aprendió la disciplina, conoció la guerra y derramó ahí por primera vez su sangre. Después cruzó los Andes al frente de un ejército construido de la nada para terminar sus días en una ciudad costera francesa, donde su estatua continúa en pie después de haber sobrevivido a dos guerras mundiales.
No hay una ruptura hay un legado que pertenece, de diferentes maneras, a la Argentina, a España, a Francia y a toda Europa.
Cuando un resultado deportivo vuelve a instalar la idea del desencuentro, vale la pena recordar que los pueblos no se miden únicamente por lo que gritan durante noventa minutos en un estadio. Lo que España y Argentina comparten no es un malentendido ni una simple formalidad diplomática. Es una historia común que lleva un apellido. ¨José de San Martín¨que nació el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, en el actual territorio argentino (entonces parte del Virreinato del Río de la Plata), y murió el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-Mer, Francia, donde pasó sus últimos años .Patrimonio compartido por muchos países y una historia que comenzó hace más de dos siglos, entre los muros de una fortaleza española, todavía de pie frente al mar en Boulogne-sur-Mer seguramente con algún recuerdo escondido quedara por ahí seguramente .
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