Hay un momento exacto en el que el ejercicio del poder pierde toda estética y se vuelve impúdico. Ocurre cuando un gobernante, enceguecido por su propio ego o acorralado por las deudas de sus malas decisiones, decide atrincherarse en un callejón sin salida. En ese punto de quiebre, la gestión pública se apaga y arranca un espectáculo grotesco: el uso de todo el aparato del Estado para blindar lo indefendible.
Lo peligroso de esta lógica no es solo el aislamiento mesiánico de quien conduce desde el centro del país con la soberbia de un iluminado de redes, ni la paranoia con la que se manejan los hilos desde las sombras en los oficialismos provinciales; lo verdaderamente destructivo es la impunidad con la que se decide reventar el tablero entero con tal de no admitir un error.

Esta dinámica de autodestrucción no es nueva, pero hoy adquiere ribetes pornográficos. La historiadora y politóloga Barbara Tuchman lo definió con precisión en La marcha de la locura, donde analiza cómo los gobiernos persiguen de manera sistemática políticas que van en contra de sus propios intereses. Tuchman explica que este suicidio político no es ignorancia; es una ceguera voluntaria parida por la soberbia (hubris).
El líder se convence de que retroceder, recalcular o entregar a un alfil es un síntoma de debilidad que no se puede permitir. Entonces, redobla la apuesta. Cada paso nuevo en el callejón es más costoso, más violento y más ridículo que el anterior, pero el orgullo es un juez implacable que prohíbe dar el brazo a torcer.
Es en ese barro donde la terquedad muta en algo mucho más oscuro ante los ojos de la sociedad. Cuando un gobierno se empecina en sostener a un cuadro político que ya no gestiona, que está salpicado hasta el cuello o que se transformó en un lastre evidente, la defensa corporativa deja de ser una estrategia de lealtad partidaria. Empieza a oler a encubrimiento puro y duro. Y el fondo de la cuestión es perverso: quizás el gobernante no puso los dedos en la falta original, pero su intransigencia lo convierte en cómplice por adopción.

Al atar el destino de toda una gestión a la supervivencia del eslabón más cuestionado, el líder sella un pacto de silencio fáctico. El mensaje es de una crudeza obscena: cuidar la quinta propia y proteger al círculo íntimo está por encima de la verdad, de las leyes y del bienestar de la gente.
La realidad política actual nos escupe estos episodios a diario, tanto en las sobreactuaciones histriónicas de las conferencias matutinas nacionales como en el silencio hermético de las conducciones partidarias provinciales, donde los hilos se mueven con la lógica de un feudo familiar. Se empieza por negar lo obvio descalificando al periodismo, se pasa a perseguir a los que señalan la podredumbre acusándolos de que “no la ven”, y se termina sacrificando la paz social en el altar del mesianismo o de la disciplina de partido. En esa deriva, los funcionarios ya no son herramientas de gestión; son rehenes y escudos humanos.
Quien conduce cree que si cede un milímetro ante la presión de la calle o de la justicia, se le desmorona el relato de la superioridad moral y de la infalibilidad. Es una lectura primitiva, casi infantil, del poder. La autoridad real no se mide por cuántos fusibles sos capaz de blindar, sino por la capacidad de depurar las filas cuando el aire se vuelve rancio e irrespirable.

El costo de estas marchas de la locura siempre lo paga el mismo sector. Mientras arriba se juega a la resistencia heroica, al sálvese quien pueda y al juego cínico de las redes, las instituciones se esmerilan hasta el límite de la ruptura y la sociedad queda atrapada en el medio del fuego cruzado. Un gobierno bloqueado por su propia soberbia pierde la iniciativa; ya no tiene agenda, solo reacciona con torpeza para tapar las grietas de un relato que se cae a pedazos.
La intransigencia rompe cualquier puente de diálogo racional y transforma la estructura de gobierno en una banda abroquelada donde la lealtad ya no es un valor político, sino obsecuencia ciega ante el error ajeno. Fin.
Salir de esa trampa exige un baño de realismo que el ego de los que mandan rara vez tolera. La política es el arte de lo posible, pero fundamentalmente es el arte de saber cuándo retirarse de una batalla perdida para salvar lo esencial. Cuando un cuadro político deja de servir al bien común y pasa a ser un costo que amenaza con arrastrar a toda la estructura hacia el fondo, la persistencia en su defensa ya no es lealtad.
Es, llanamente, una complicidad mafiosa que la ciudadanía, tarde o temprano, se encarga de cobrar con el rigor implacable de la historia.



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