El debate sobre cómo poner límites a los niños y adolescentes sin caer en el autoritarismo atraviesa hoy tanto a las familias como a las escuelas. Para el filósofo y educador Eduardo Cazenave, la discusión no debería plantearse entre “mano dura” o dejar hacer, sino en recuperar una autoridad cercana, capaz de poner límites y explicar los valores que hay detrás de cada norma.
Con 40 años de experiencia en las aulas, Cazenave sostuvo que en el ámbito educativo “se ha corrido mucho el límite”, en parte porque se priorizó que los alumnos permanezcan dentro de la escuela, pero no necesariamente que aprendan.
“Cuando el límite se corre, lo que pierde es el alumno, el niño, el hijo”, afirmó. Y utilizó una comparación para explicar la importancia de la contención: “Un vaso contiene agua. Si el vaso es demasiado blandito o los bordes se desarman, el agua se desparrama. Un chico necesita su límite, estar contenido para entender quién es y para conocer también sus limitaciones”.
Autoridad no es autoritarismo
Uno de los principales planteos de Cazenave fue la necesidad de diferenciar autoridad de autoritarismo.
“Por miedo al autoritarismo tenemos miedo a la autoridad”, señaló. Según explicó, el problema aparece cuando se pasa de una autoridad excesivamente rígida a una situación en la que padres, docentes y directivos pierden capacidad para sostener las normas.
Para el educador, detrás de cada límite debería existir un valor que el niño pueda comprender y eventualmente incorporar por sí mismo.
“Atrás de todo límite hay un valor que yo busco que vos encuentres por vos mismo cuando yo no esté”, explicó.
En ese sentido, puso como ejemplo las normas escolares. Si una institución establece un determinado uniforme, la cuestión central no es si al alumno o al padre le gusta esa regla, sino que exista una norma consensuada y que sea respetada.
“Lo que es importante es que haya una norma y que esa norma se cumpla”, remarcó.

El padre no debe convertirse en “amigo” de su hijo
Cazenave también cuestionó una tendencia que, según su mirada, llevó a algunos adultos a confundir cercanía con falta de autoridad.
“No soy amigo de mi hijo. Puedo tener una excelente relación y momentos donde somos cómplices, pero no soy su amigo”, sostuvo.
Y fue más allá: “Si tu hijo ganó un amigo con su papá, lo que perdió es un papá”.
El filósofo aclaró que esto no significa volver a la figura del adulto distante e intimidante. Por el contrario, defendió una “autoridad cercana”: bajar del pedestal, compartir espacios con los chicos y conocer su mundo, pero sin dejar de ocupar el lugar de adulto.
“Podemos ser cercanos, pero adultos al fin”, resumió.
La frustración también educa
Otro de los ejes de la entrevista fue la necesidad de que los chicos aprendan a tolerar la frustración.
Cazenave consideró que muchas veces los adultos evitan poner límites para no atravesar el berrinche o la incomodidad que genera un conflicto en público.
“Tenés que ser capaz de sostener el berrinche, bancarte el berrinche, que tenga consecuencias”, afirmó.
Sin embargo, diferenció entre reconocer las emociones del niño y ceder ante ellas. Como ejemplo, planteó la situación de un hijo que está cansado y no quiere bañarse. Para él, una respuesta adecuada sería reconocer ese cansancio, acompañarlo y ofrecerle un tiempo para descansar, pero mantener la decisión de que después debe bañarse.
“Empatía con tu sentimiento no es lo mismo que empastarme con lo que vos decís”, explicó.
La misma lógica, sostuvo, debe aplicarse frente a la frustración. Incluso recomendó que los padres no permitan que sus hijos ganen siempre en los juegos.
“Necesitamos la frustración como proceso de aprendizaje, y necesitamos los límites como para determinarnos”, afirmó.
“¿Dónde termino yo y dónde empiezan los demás?”
Para Cazenave, aprender a convivir implica también comprender los propios límites y los derechos de los demás.
“¿Cómo aprende un niño poquito a poquito quién es? Entendiendo quién no es. Entendiendo dónde termino yo y dónde empiezan los demás, dónde terminan mis derechos y empiezan los derechos del otro”, explicó.
Por eso consideró que los límites son parte de la construcción de la autonomía. El objetivo final, dijo, es que el niño pueda autolimitarse sin necesitar permanentemente la presencia de un adulto.
“El ideal es la autonomía, el autolímite”, sostuvo. Que el chico pueda comprender por sí mismo cuándo necesita descansar, bañarse, ordenar o cumplir con una responsabilidad.
El docente necesita recuperar autoridad
Cazenave trasladó el planteo al sistema educativo y sostuvo que los docentes y directivos necesitan ser respaldados institucionalmente.
“Necesitamos una educación y una política que ponga en primer lugar al alumno, y para eso hay que empoderar al docente, hay que empoderar a los directores”, afirmó.
En esa línea, cuestionó que ante un reclamo de una familia las autoridades educativas terminen desautorizando la decisión tomada por la escuela.
“Que sostengan lo que el colegio decidió y no que se lo den vuelta como una media, porque eso quita autoridad”, planteó.
Para el educador, recuperar esa autoridad permitiría mejorar no solo la convivencia, sino también el aprendizaje: “Vamos a tener chicos más educados, pero no solo más educados porque buenos días, gracias, por favor, sino más educados porque van a aprender mejor”.

Causa, consecuencia y mérito
Otro concepto central en su reflexión fue la necesidad de que los chicos comprendan que las acciones tienen consecuencias.
Cazenave recordó el ejemplo de los entrenamientos deportivos: si un jugador no cumple con su compromiso, puede perder la posibilidad de jugar, incluso si es el mejor del equipo.
“Hay causas y consecuencias”, explicó. Si alguien cumple, se esfuerza y respeta las reglas, mientras otro no lo hace y recibe exactamente el mismo resultado, se transmite la idea de que el esfuerzo no tiene valor.
En la escuela, sostuvo, debería suceder algo similar. Las sanciones no deben tener como objetivo castigar para siempre, sino ofrecer una oportunidad de aprendizaje, pero deben guardar relación con la gravedad de la conducta.
“Si hiciste algo tan grave, tiene que haber una consecuencia que sea de la gravedad de lo que hiciste”, afirmó.
Finalmente, Cazenave ubicó a la familia y a la escuela como los principales espacios para construir una sociedad con mayor respeto por las normas y por los demás.
“Es en casa y en la escuela donde podemos sembrar las semillas de una Argentina, de una sociedad mejor. Pero para eso necesitamos límites, autoridad, causa, consecuencia”, concluyó.
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