Crisis
El problema de la moral distraída, o como la definió José Ingenieros en su trascendental obra, la moral acomodaticia, es aquella que provoca que un individuo, aparentemente en pleno uso de sus facultades, transcurra la vida moldeando sus principios éticos según la conveniencia del momento. Son personas que pasan años y años adaptándose al contexto de turno para asegurar un ascenso social, un espacio de poder o una mera estrategia de supervivencia.
Este fenómeno, trágicamente frecuente en la vida política argentina y latinoamericana, es quizás la razón fundamental por la cual los actores que se incorporan a la función pública pierden credibilidad a pasos agigantados. En lugar de ofrecer a la ciudadanía un camino ordenado y previsible de desarrollo institucional, terminan sembrando constantes dudas e incertidumbre. Es verdad que muchas veces las urgencias coyunturales derivan en errores de gestión, los cuales pueden ser entendidos como daños colaterales inevitables de cualquier administración.
Sin embargo, existen otros desaciertos que afectan directamente la línea de flotación de un gobierno, no por tratarse de una simple contrariedad ejecutiva, sino por convertirse en una verdadera caja de Pandora con un poder corrosivo devastador para las bases conceptuales sobre las que se construyó el proyecto político.

Fideicomisos públicos, del discurso tajante a la praxis pragmática
En este nuevo versículo que nos ofrece la narrativa oficial, “el demoníaco modelo de los fideicomisos públicos” —aquel que la vieja política supo construir para ensanchar la discrecionalidad y la opacidad presupuestaria, y que el actual oficialismo prometió destruir garantizando ser el topo destinado a desmantelar el Estado desde adentro— no ha sido otra cosa que un eficiente vendedor de ilusiones. Es cierto que el gobierno logró instalar una discusión necesaria sobre la opacidad de numerosos mecanismos de financiamiento estatal.
La propuesta funcionó de maravillas para una sociedad exhausta que buscaba culpables y respuestas drásticas, pero que no tuvo el tiempo ni las herramientas para analizar la verdad de cómo funciona el aparato estatal y qué es lo que realmente debe ser auditado, modificado y transparentado. Esconder o reconvertir los mecanismos de financiamiento público bajo el pretexto de haber encontrado una metodología superior no es otra cosa que la máscara de una gestión a la que le cuesta sostener sus premisas originarias.
Aquellos fideicomisos creados con fines específicos y financiados mediante herramientas tributarias muy bien delimitadas en su momento, pero que durante la campaña electoral eran calificados de forma categórica como auténticas máquinas del mal, terminaron transformándose en mecanismos de negociación oscura. Sirvieron para presionar o condicionar a los gobernadores a cambio de consolidar proyectos de ley tan polémicos en lo político como de flojo sustento técnico y jurídico. Desde hace tiempo se viene cuestionando la transparencia en la recaudación del impuesto a los combustibles líquidos, principalmente por la falta de certezas sobre la asignación real de esos recursos desde la asunción del presidente Milei.
Cabe recordar que el espíritu fiduciario original sobre esta materia buscaba garantizar el mantenimiento de las rutas nacionales y la infraestructura vial estratégica de las provincias. El contraste entre aquel discurso intransigente y la praxis administrativa actual expone la vulnerabilidad de un liderazgo que termina rodeado por actores que han sustituido sus convicciones por mera conveniencia personal.

Reconfiguración de la oposición y el escenario político nacional
La seguidilla de eventos que manchan el relato oficial y la evidente resistencia a reconocer el error en las propias acciones —incluso blindando a funcionarios que resultan ser los responsables directos de las fallas operativas— operan como el principal motor que reactiva a figuras harto conocidas de la política tradicional. Como si se tratara de una extraña devolución de favores o de un mecanismo estructural para que en este país nada cambie, mientras los sectores vulnerables se empobrecen aun más y la clase media productiva se debilita al punto de la extinción, empieza a observarse cómo el histórico peronismo inicia un proceso de reconfiguración estratégica.
La reaparición en la escena pública de Sergio Massa tras un período de silencio vuelve a encender las alarmas en el esquema de poder del Poder Ejecutivo. Luego de una acumulación sistemática de errores no forzados en la gestión cotidiana, el gobierno observa con preocupación cómo la figura de su antiguo rival en la segunda vuelta de 2023 recupera volumen político.
Massa reaparece sin la carga inmediata del ejercicio del poder ejecutivo actual, en un contexto marcado por el cierre de empresas, una profunda incertidumbre económica y un estado de tensión permanente con el sector trabajador.

Interpelación dirigente: de la mediocridad a las políticas de Estado
Este fenómeno, que ilustra con precisión los distintos estadios del comportamiento social descritos por José Ingenieros en El hombre mediocre, exige una reflexión profunda sobre la calidad de los dirigentes que la sociedad termina validando para conducir los destinos de la patria. La fragilidad de las construcciones partidarias y el creciente ausentismo en la participación ciudadana abren una ventana de oportunidad para que la escena política oscile entre los improvisados y los especuladores de siempre.
Esta descripción que interpela a la dirigencia nacional también tiene un relato en la tierra colorada que describe actores dispuestos a cuestionar con estilo conquistador a aquellos que hasta hace tres meses rendían homenajes, tributos y pleitesía… a quien hoy lo ven como un adversario, los caracteres del mediocre también puede ser definidos en sus discursos.
Frente a esta encrucijada, cabe preguntarse si esta es la Argentina a la que debemos resignarnos o si simplemente representa el techo de nuestras posibilidades colectivas. Quizás, por el contrario, en medio de esta crisis de representación nazca la oportunidad de acordar políticas de Estado que trasciendan los nombres propios de turno y permitan desarrollar un país integrado, capaz de transformar la postergación histórica de sus provincias en un verdadero proyecto de desarrollo sostenible.



//



