Se viene septiembre y con ello la conversación política de las elecciones del próximo año, aunque en algunas provincias este diálogo ya empezó a dar sus primeras pinceladas de manera explícita en las agendas locales. Si bien algunos creen que salir antes a la cancha es sinónimo de llegar mejor a la meta, hay quienes cuentan con cierta experiencia y afirman que se trata, en realidad, de saber construir los acuerdos adecuados.
Los acuerdos para el futuro son aquellos que no surgen por generación espontánea ni por oportunismo electoral, sino por la trazabilidad, la coherencia y la consistencia de las acciones a lo largo del tiempo. Pero esto significa comprender, respetar y darle tiempo al proceso, una virtud que parece escasear en los tiempos que corren. Sin embargo, la política actual tiene dos grandes enemigos en este sentido que atentan contra cualquier construcción seria: uno es el tiempo frenético y el otro son las urgencias cotidianas que, al día de hoy, siguen siendo exhaustivamente descriptas pero sobre las cuales no emerge la solución concreta que las resuelva.
Convivir con ellos es el desafío constante que la gente de a pie no quiere ni tiene por qué asumir, pero que los partidos o candidatos que vayan surgiendo deberán canalizar de forma prioritaria, ya no solo con pura estrategia táctica o discursos vacíos, sino con propuestas reales, viables y nuevas promesas cumplibles.

El costo humano de la desesperanza ante la política
La ausencia de futuro se ha consolidado trágicamente en el pueblo argentino como un síntoma de época desgarrador. Un último informe demuestra que la tasa de suicidio ha aumentado exponencialmente en el país, ubicándola en el primer lugar de muertes violentas a nivel nacional. Con ello, este triste y desgarrador dato requiere observar con absoluta responsabilidad, empatía y sensibilidad social lo que el vecino de a pie está necesitando para sostener la vida cotidiana con dignidad. La angustia no es una abstracción teórica; es una realidad concreta que golpea a diario las puertas de las familias argentinas.
Retomando el análisis del proceso político necesario, para dar respuestas efectivas a los problemas actuales se requiere un método riguroso y una visión estratégica de largo plazo. Para eso no alcanza simplemente con fotos de ocasión para las redes sociales, con discursos signados por el "anti" respecto al rival de turno, ni menos aún con peleas internas feroces que solo demuestran que la política se está devorando a la política en un espectáculo autorreferencial.
Aquella manera utilitaria, fría y cortoplacista de ver al elector únicamente como un número en una estadística o como un voto en una urna —en lugar de reconocerlo como un sujeto integral capaz de generar oportunidades, crear trabajo digno, construir una familia y aportar activamente al desarrollo de un pueblo— es la lente que debe ajustarse de manera urgente para conversar con la actualidad. Ya no basta con el discurso del "Estado presente" que en la práctica resulta ineficiente o burocrático, ni menos aún con la lógica del "sálvese quien pueda" que primó en los últimos tres años.
Son momentos que exigen consensos políticos de altura, sin juzgar con prejuicio el origen ideológico o partidario de los actores, sino más bien evaluando su capacidad real para construir nuevos caminos de progreso.

La brecha entre el debate abstracto y la vida real
La lucha de clases y los enfrentamientos ideológicos que venimos observando en el plano mediático no han hecho más que tratar de definir de manera forzada a la sociedad desde una torre de marfil. Sin embargo, la sociedad que debe definir qué quiere hacer y hacia dónde quiere ir es la política misma. De otro modo, ¿cómo se puede explicar que en realidad la casta termine siendo señalada en el hombre que vende chipá en la esquina solo por creer en otro modelo de hacer política? Es absurdo juzgarlo a él si nunca decidió si había que subir o bajar la cotización del dólar, ni tuvo poder alguno para privatizar o no una empresa estratégica del Estado.
La responsabilidad de las grandes decisiones macroeconómicas nunca ha estado en las manos del trabajador informal que pelea el día a día.
Esta clase de consensos básicos y de sentido común son precisamente los que la sociedad civil espera con impaciencia. Ya tenemos los superclásicos en el fútbol como un River-Boca, las disputas gastronómicas por las empanadas salteñas o tucumanas, los debates culturales entre Soda Stereo o Los Redondos, o la elección del mate dulce o amargo; tenemos cientos de motivos folclóricos para enfrentarnos amistosamente en lo cotidiano.
Pero el consenso que nos falta de manera dramática es el de un modelo de gobierno estable que incluya auténticamente a todos los sectores, donde los intereses particulares de un grupo —que generalmente es el sector gobernante de turno— no sean más importantes ni se ubiquen por encima del bien común.
Exigencias a la clase gobernante y un nuevo pacto federal
No resulta sencillo definir las prioridades particulares en territorios heterogéneos donde las desigualdades sociales y económicas cuentan con tantos orígenes históricos como afectados directos. Sin embargo, sí es sumamente sencillo comprender que los oficialismos que anhelan convertirse en la alternativa electoral siendo oficialismo deben comprender primero que las realidades que vivimos son las que ellos mismos nos ofrecen desde el poder.
Es decir que, aunque ya empiecen a rumorearse las alianzas de cúpula y los pseudoconsensos de ocasión, es imperioso empezar por dar respuesta a los problemas actuales, reales y urgentes definidos claramente en la inseguridad, la falta de empleo genuino y la falta de perspectiva de futuro, por nombrar rápidamente aquellos que no requieren de una encuesta para darse cuenta de que aquejan a una sociedad exhausta. La gente se cansó de que aquellos que la gobiernan sean sumamente hábiles para hablar del futuro teórico, pero deban la previa de humanidad de la secundaria en su gestión cotidiana.
En definitiva, los ciudadanos no esperamos simplemente una fecha o una oportunidad formal para ir a votar en el calendario electoral, sino una razón profunda y transformadora para hacerlo. No alcanza únicamente con preservar las instituciones de la democracia formal: la democracia ya es nuestra, la conquistamos y es para siempre. Nos falta darle un motivo real, sustancial y cotidiano para que siga existiendo con sentido para las mayorías.
Y eso solo será posible cuando las roscas de cúpula dejen de ser la prioridad absoluta para un Estado históricamente macrocefálico en el centro porteño y raquítico en sus provincias del interior.



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