Francisco “Fran” Zamprogno parece haber encontrado la manera de reunir dos mundos que estuvieron presentes desde temprano en su vida: la medicina y los aviones. Pediatra de profesión y médico aeroevacuador por elección, lleva años trasladando pacientes en vuelos sanitarios, muchos de ellos niños en situaciones críticas.
En diálogo con Arriba la radio, por Radio Up, contó que nunca tuvo demasiadas dudas respecto de su vocación. “Siempre quise ser médico”, aseguró. A esa decisión se sumó lo que definió como una “debilidad y una pasión por los chicos”, combinación que terminó inclinándolo hacia la pediatría.
Después de completar su especialidad realizó un año de una beca en terapia infantil en el Hospital Garrahan. Paralelamente apareció una segunda inquietud: formarse para trabajar como médico aeroevacuador.

Una familia ligada a la Fuerza Aérea y el amor por los aviones de Fran Zamprogno
La elección tampoco fue casual. Zamprogno contó que dentro de su familia existen antecedentes directamente relacionados con la aviación. “En mi familia hay varios expilotos, pilotos y familia de Fuerza Aérea, entonces un poco el amor por los aviones viene por ahí”, explicó.
Lo que inicialmente aparecía como otra posibilidad profesional terminó transformándose en una parte central de su actividad. Realizó el curso correspondiente y comenzó a trabajar en vuelos sanitarios.
Actualmente lleva alrededor de cinco o seis años desempeñándose como médico aeroevacuador.
La dinámica del trabajo tiene poco de rutinaria. Puede estar en su casa y recibir de manera inesperada un llamado informándole que existe un paciente que necesita ser trasladado.
El equipo funciona bajo una suerte de “guardia pasiva”: el coordinador de la empresa realiza el primer contacto, consulta la disponibilidad del médico y, a partir de allí, Zamprogno comienza a comunicarse con el profesional que tiene a cargo al paciente para conocer su estado y determinar qué equipamiento será necesario.

“La parte más difícil” también son las familias
Cada vuelo sanitario tiene un paciente, pero detrás de ese paciente existe casi siempre una familia atravesada por la incertidumbre. Zamprogno reconoce que gestionar ese miedo puede convertirse en uno de los momentos más complejos de su tarea. “Con los papás hay que ser totalmente sinceros, no ocultarles nada. El vuelo tiene un riesgo que hay que asumirlo”, sostuvo.
Su criterio consiste en explicar con claridad qué puede ocurrir y cuáles son las condiciones necesarias para realizar el traslado. Si considera que movilizar al niño aumenta innecesariamente el riesgo, el vuelo debe esperar. “Nunca ponemos en riesgo la vida de nadie”, remarcó.
Un bebé de tres días y uno de los vuelos más difíciles
Entre las experiencias que permanecen en su memoria, recordó el traslado de un bebé de apenas tres días que padecía una estenosis pulmonar severa.
El paciente estaba en una situación extremadamente delicada y el vuelo representó un desafío profesional considerable. En aquella oportunidad compartió la operación con el periodista y piloto Antonio Laje. “El bebito estaba muy, muy mal”, recordó Zamprogno.
Tiempo después pudo conocer que el niño había sido operado exitosamente y que su evolución había sido favorable.
Cuando durante la entrevista le preguntaron por aquella experiencia que preferiría no repetir, volvió precisamente sobre ese traslado. “No me lo puedo sacar de la cabeza”, reconoció. Aunque el vuelo salió bien, aseguró que no sabe si querría volver a atravesar una situación semejante por el nivel de complejidad y riesgo que presentaba aquel recién nacido.
Dos vuelos sanitarios que lo llevaron a Malvinas
Entre cientos de kilómetros recorridos y numerosas historias clínicas, existen dos viajes que tienen para Zamprogno una dimensión completamente diferente. Gracias a su actividad como médico aeroevacuador pudo viajar en dos oportunidades a las Islas Malvinas.
La primera fue en febrero de 2025 y la segunda, en febrero de 2026. En ambos casos, explicó, viajó para realizar operaciones sanitarias de rescate de pacientes adultos. “Tuve el honor de poder estar en Malvinas. No todo el mundo puede estar ahí”, expresó.
En su caso, además, la experiencia estuvo atravesada por su propia historia familiar: “Tengo familiares que han peleado”, contó durante la entrevista.
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“Es como que vos me invites a tu casa y me pidas permiso a mí”
El recuerdo de su primera llegada a las islas todavía le genera una sensación difícil de explicar. Zamprogno recurrió a una comparación para describirla: “Fue como raro porque es como que vos me invites a tu casa y vos me pidas permiso a mí para ir al baño”.
La sensación, explicó, era la de encontrarse en un territorio que sentía propio mientras debía cumplir procedimientos y reglas establecidas allí. “Es como diciendo: estás acá en el territorio, todo esto es nuestro”, recordó.
Sin embargo, destacó que durante una misión sanitaria resulta imprescindible separar los sentimientos personales de la responsabilidad profesional que motiva el viaje. “Hay que saber separar los sentimientos y el motivo por el cual uno va”, señaló.
También aseguró que durante esas experiencias recibió un excelente trato y diferenció claramente la historia política del vínculo humano con las personas involucradas en los traslados. “Para mí fue más un honor, un orgullo haber podido estar ahí y poder conocer parte de la isla”, resumió.
La familia que pregunta: “¿En qué parte del mundo estás?”
La imprevisibilidad forma parte del trabajo y también obliga a reorganizar permanentemente la vida familiar. Zamprogno contó entre risas que su esposa en ocasiones le escribe para preguntarle: “¿En qué parte del mundo estás?”.
Los viajes a Malvinas fueron un ejemplo. Las comunicaciones no siempre resultaban sencillas y una misión podía sumar escalas o modificaciones inesperadas. En una oportunidad, después de viajar hacia las islas, terminó en Uruguay antes de regresar.
La actividad también lo llevó fuera del país. Recordó, por ejemplo, haber estado en Rumania y Transilvania, desde donde aprovechó para enviar fotografías a sus hijos e incluso visitar el castillo asociado a la historia de Drácula. “Por suerte tengo la gracia de que me bancan, si no es bastante difícil”, reconoció sobre el acompañamiento de su familia.
Una profesión donde el médico no decide si el avión despega
En el aire existen responsabilidades perfectamente delimitadas. Zamprogno explicó que el comandante es quien tiene la última palabra respecto del funcionamiento y la seguridad de la aeronave. El equipo sanitario, en cambio, decide y responde sobre las condiciones médicas del paciente.
“Los pilotos arriba del avión son los que mandan, son los que deciden y son los que saben”, explicó.
La comunicación entre ambas partes resulta fundamental. El médico necesita saber, por ejemplo, si se esperan turbulencias cuando transporta un paciente intubado, mientras los pilotos deben conocer las condiciones clínicas de la persona que llevan a bordo. La regla es sencilla: “Si el comandante dice que el avión no sale, no sale”.
Cómo se forma un médico aeroevacuador
Zamprogno explicó además que médico aeroevacuador no constituye una especialidad médica en sí misma. La capacitación se realiza mediante un curso en el Instituto Nacional de Medicina Aeroespacial (INMAE), dependiente de la Fuerza Aérea.
El programa dura aproximadamente un año y cuenta con instancias prácticas y teóricas. El objetivo no es enseñar medicina nuevamente, sino preparar al profesional para comprender las particularidades que tiene el traslado aéreo de un paciente.
Allí se aprende a determinar qué patologías permiten un traslado, cuáles pueden contraindicarlo y cómo afectan las condiciones propias de un vuelo al cuadro clínico. La capacitación permite obtener la habilitación necesaria para desarrollar esta actividad.
Para quienes piensan en seguir ese camino, Zamprogno ofrece una recomendación concreta: primero realizar una especialidad médica y posteriormente capacitarse para las aeroevacuaciones. Pero hay dos condiciones que, según su experiencia, no aparecen en ningún diploma.
“Te tiene que gustar la emergencia, sí o sí”, afirmó. La razón es sencilla: buena parte de los pacientes trasladados presentan cuadros graves. La segunda condición es igualmente categórica: “Te tiene que gustar volar”. “Si te da miedo volar en los aviones, no sé si es el mejor lugar para que vos sigas tu carrera”, señaló.
“Esto es lo que me desafía”
Después de años de trabajo hospitalario, Zamprogno decidió modificar su rutina profesional. Actualmente combina los vuelos sanitarios con su consultorio pediátrico privado y otra actividad médica en un laboratorio.
Pero son las aeroevacuaciones las que todavía concentran buena parte de aquello que busca en su profesión. “Esto básicamente es lo que me gusta, es lo que me desafía, es lo que me da la adrenalina que necesito”, aseguró.
Por ahora, abandonar los vuelos no aparece entre sus planes. Cuando le preguntaron si alguna vez había pensado que ya era suficiente, su respuesta fue inmediata: “No, no, no. Creo que falta mucho para que diga que no”.
Entre pediatría, emergencia y aviación, Zamprogno encontró una actividad capaz de reunir las pasiones que marcaron su historia. Una profesión que puede llevarlo sin aviso desde su casa hasta un aeropuerto, desde una terapia intensiva hasta otro país o, como ocurrió dos veces en su carrera, hasta las Islas Malvinas. Y detrás de cada despegue permanece el mismo objetivo: que un paciente llegue en condiciones de seguir peleando por su vida.



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