Las aves migratorias recorren miles de kilómetros cada año entre el Ártico y regiones más cálidas, por lo que durante décadas se creyó que eran las principales responsables de transportar parásitos entre distintas zonas del Atlántico Norte. Sin embargo, una investigación internacional demostró que ese proceso ocurre con mucha menos frecuencia de lo esperado.
El estudio fue desarrollado por científicos de Estonia, Suecia, Groenlandia y las Islas Feroe, quienes analizaron la distribución de los parásitos del género Diplostomum, un grupo de gusanos planos que completa su ciclo de vida entre caracoles de agua dulce, peces y aves que se alimentan de ellos.
Para obtener resultados más precisos, el equipo utilizó la técnica de metabarcoding de ADN, una herramienta que permite identificar múltiples especies a partir de pequeñas muestras de material genético. Gracias a este método, los investigadores analizaron peces de agua dulce y muestras de ADN ambiental en distintos puntos de Groenlandia y en 16 arroyos de las Islas Feroe.

Los resultados sorprendieron a los especialistas. En Groenlandia detectaron cuatro variantes genéticas de Diplostomum, con niveles de infección que variaron significativamente entre las distintas localidades. Además, una de esas variantes podría corresponder a una especie hasta ahora desconocida para la ciencia.
En contraste, en las Islas Feroe no se encontraron ejemplares de este parásito en ninguno de los peces estudiados, un dato que contradice la hipótesis de que las aves migratorias distribuyen ampliamente estos organismos entre las islas del Atlántico Norte.
Otro aspecto llamativo fue que las variantes detectadas en Groenlandia presentaron una mayor relación genética con poblaciones de América del Norte que con las de Islandia o el norte de Europa, lo que sugiere que la dispersión de estos parásitos responde a procesos mucho más complejos que los simples desplazamientos de las aves.

Los investigadores consideran que la transmisión de estos organismos estaría limitada a un breve período durante la temporada reproductiva de las aves en el Ártico. Esa "ventana de transmisión", sumada a las rutas migratorias específicas y a las condiciones ambientales necesarias para completar el ciclo de vida del parásito, reduciría considerablemente las posibilidades de expansión entre distintas regiones.
El trabajo también destaca el valor de las nuevas herramientas genéticas para estudiar la biodiversidad oculta en ecosistemas de agua dulce y comprender con mayor precisión cómo se distribuyen las especies frente a los cambios ambientales y climáticos.
Si bien los científicos advierten que aún podrían existir poblaciones de estos parásitos en otras zonas no relevadas, los resultados modifican una de las principales hipótesis sobre el papel de las aves migratorias en la propagación de organismos parásitos y abren nuevas líneas de investigación sobre el funcionamiento de los ecosistemas del Ártico.



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