En un mundo donde las redes sociales suelen asociarse a la exhibición personal, Analía Colazo, voluntaria social de Itaembé Guazú, eligió otro camino. “Yo las redes no las uso para subir fotos de mi familia, de hecho creo que ni siquiera conocés a mi hijo por mis redes”, admite. Su Twitter e Instagram son, más bien, una plataforma diaria para “arengar a la gente a sumar un granito de arena por alguna causa social” y sostener una red solidaria que hoy alcanza a varias provincias argentinas.
De una urgencia personal a una misión de vida
Su vínculo con la solidaridad digital empezó en un momento límite, cuando su pareja, Daniel, enfermó gravemente y ella quedó sola en Buenos Aires. “La empecé a usar para la parte solidaria cuando se enfermó Daniel”, cuenta. “Yo me encontraba en Buenos Aires sola, necesitaba donantes de plaquetas y llegó un momento en que como yo era su única donante, no daba basto porque mis brazos ya no respondían más”.
Desde “el lado de adentro” del hospital Colazo entendió el costo emocional y económico de esas internaciones. “Uno cuando está del lado de adentro sabe lo que cuesta estar en un hospital encerrado”, explica, recordando a esas madres que viven en el garaje del hospital, lejos de su familia. “Hay una familia que está de este lado esperando que esa mamá vuelva, hay hijos chicos y es muy complicado sostenerse, porque uno tiene obligaciones acá y una responsabilidad allá también”.
Analía reconoce que la solidaridad la acompaña desde chica: “La parte social era algo que yo hacía desde siempre, capaz sin darme cuenta, desde que tenía unos 12 o 13 años en mi pueblo. Fue algo que siempre me gustó y lo seguí haciendo”. Incluso cuando Daniel estaba internado, ella ya estaba “consiguiendo medicación oncológica, consiguiendo una silla de ruedas para otra gente”. Así, sin pausa, empezó una tarea que ya lleva años.

Confianza, transparencia y una red que no para de crecer
Su trabajo se sostiene en vínculos de confianza. “Tengo un amigo en la empresa de transporte, un amigo en el exterior que me ayuda con euros o dólares, un amigo que es proveedor de equipamiento”, describe. Y remarca: “Tengo amigos por todos lados porque he generado eso: confianza, transparencia. Eso hace que esto funcione”.
La demanda es enorme. “Hoy por hoy hay mayor demanda que en otros tiempos. Uf, infinitas. Hay de todos lados, de todo el país”. En particular, menciona lo que llega desde la Capital Federal y el Hospital Garrahan: “Nosotros desde el interior creemos que en Capital están todos los recursos, y la mayor parte de los casos que llegan son desde el Garrahan. Es increíble que donde se mueve la mayor influencia de dinero y la mayor cantidad de gente, de repente sea un ‘pasabocas’”.
En ese contexto, se especializó en uno de los rubros más caros y urgentes: la oxigenoterapia. “Hace un año que todo lo que es oxigenoterapia es lo más complicado de conseguir”, explica. “Un equipo para los chicos sale entre 10 y 16 millones de pesos. Y vos como papá, ¿de dónde lo sacás? Y si tenés una obra social que no responde, te ves encadenado a eso y a estar atado a un hospital con un chico oxígeno-dependiente que corre más riesgo adentro que afuera”.
Ayudar, contener y ser “el punto de calma”
La tarea de ayudar no es sólo económica o logística: es también emocional. “Uno capaz que no dimensiona lo que significa poder ayudar”, confiesa. Lo notó hace apenas unos días, cuando viajó a ver a una mamá que no sabía que ella iba a llegar con el equipo. “No me gusta ilusionarla, yo le digo: ‘Tenés que esperar unos días hasta que lleguen los equipos’”, define Colazo.
La madre estaba desesperada porque la iban a enviar de regreso a su provincia, Santiago del Estero, con una nena oxígeno-dependiente que además sufre síndrome de Duchenne. “No tenés capacidad pulmonar de expectorar porque los músculos están como si fuera un flancito, hablándolo en criollo. Eso también te complica”, describe Colazo.
En ese escenario, ella también tiene que sostener emocionalmente a las familias: “Esa mamá todos los días me decía: ‘¿Será que me va a poder ayudar? ¿Cuándo cree que va a venir? ¿Cuándo voy a viajar?’ Y yo le digo: ‘Esperame, tené un poquito de paciencia, porque también tenés que ser el punto de calma para esa persona que está del otro lado y está ansiosa por una solución’”. Finalmente, decidió sorprenderla: “El miércoles no le dije nada y caí de sorpresa. No te puedo explicar en palabras lo que significó cuando salió y me vio”, expresa Colazo.

Impotencia, enojo y creatividad para resolver
El trabajo solidario no siempre termina bien y la impotencia existe. “Sí, siento impotencia cuando algo no se concreta”, admite. “A veces me enojo, ando dando vueltas por mi casa y mi hijo me dice: ‘Mamá, estás hablando sola’”. Entre risas, aclara: “No, me estoy autoayudando a ver cómo solucionar. Me autoconsulto a mí misma: ‘¿Funcionó esto? ¿Cómo le doy la vuelta a esta página y cómo lo puedo arreglar?’”.
De esa búsqueda surgen soluciones imprevistas. “El otro día necesitaban un andador y una silla de ruedas y me apareció en Mercedes, Corrientes. Yo no tengo a nadie en Mercedes. Entonces me puse en contacto con una amiga solidaria correntina: ‘¿Será que tenés algún amigo, pariente, algo ahí?’ Me contactó con una persona que fue, retiró los equipos de ortopedia, me los despachó y al otro día estaban acá. Es la conexión”.
Esa cadena solidaria se extiende a muchos otros casos: “Hay un papá que escuchó una vez en una radio un caso y el hijo tiene discapacidad. Cada vez que el chico cambia su silla, rescata una: ‘Che, Ana, tengo una silla’. Él me hace la logística: me manda con un transporte que lleva madera hasta Río Uruguay y Río Uruguay me lo trae hasta acá. Es una cadena”, relata Colazo.
La moto, los préstamos y la solidaridad sin techo
El nivel de compromiso llega hasta su vida personal. Quienes la conocen destacan que se mueve en una moto que ya es casi un símbolo. “Esa motito, si hablara, por Dios, las cosas que podría contar”, comentan en la nota. Analía asiente: “Hay momentos en los cuales la motito no da, se pincha, tiene problemas, y yo ando a pata o en colectivo con tal de seguir haciendo gestiones”.
Incluso ha llegado a sacar préstamos personales para resolver problemas ajenos. “Llego a sacar préstamos para solucionarle problemas a gente que entiendo que tiene inconvenientes”, reconoce. Le preguntan cuál es el límite de su solidaridad y no duda: “No hay límite. No hay un techo que diga ‘hasta acá llego’. Creo que no lo hay. Creo que todo se puede intentar”.
Sus colectas solidarias se basan en el aporte masivo de montos pequeños: “A veces la gente me dice: ‘¿Por qué no ponés 1000 pesos?’ Y yo les digo: necesito juntar 3 millones y medio, que 35.000 personas me donen 100 pesos. ¿Qué son 100 pesos? No comprás ni un chicle, ni un caramelo”.

Estafas, controles y una metodología estricta
La proliferación de estafas en redes sociales la obligó a profesionalizarse. “Lamentablemente, pasan muchas estafas”, advierte. “Antes yo entregaba los equipos y listo. Hoy tengo una metodología de trabajo distinta. Hace 7 años que hago esto. Hoy no entrego un equipo si vos no me firmás un papel y no te responsabilizás”, asegura Colazo.
Explica qué significa eso: “Que vos, el día de mañana, si tu hijo no lo necesita por alguna razón o si fallece, el equipo vuelve a mí. Me firmás un papel donde decís que el equipo vuelve a mí. No lo podés vender, no lo podés prestar. La única persona con autoridad para entregarlo de vuelta soy yo. Y si yo me entero de que no lo devolviste, con ese papel voy y te intimo a que me lo pagues”.
Colazo también relata casos concretos de sospecha de fraude. “Hay una mujer que me pedía 112.000 pesos para un análisis de su hijo con cáncer. Siempre pedía plata los viernes, y eso me daba vueltas en la cabeza”, cuenta. “Un domingo me levanté, llamé a Mar del Plata y dije: ‘Mirá, necesito saber si este muchacho tiene esta patología y si estuvo internado la semana pasada’. No había estado. Había estado en agosto. Esa mujer hasta el día de hoy me sigue escribiendo, yo nunca más le contesté”.
Por todo eso, deja una advertencia clara: “Soy brava y rigurosa de dónde pongo la ayuda. Muy exigente”.
Articular con el Estado y “paliar la burocracia”
Consultada sobre el rol del Estado, Analía prefiere hablar de articulación antes que de reemplazo. “No es que el Estado recurre a mí, yo lo tomo como un trabajo articulado”, aclara. “En la parte estatal hay una burocracia que tienen que respetar. Tenés que pedir presupuesto, hacer papeles, que los aprueben… y hay casos que no pueden esperar”.
En ese contexto, destaca a Misiones como excepción: “Saquémonos el sombrero, Misiones es la única provincia que responde de Incluir Salud. Atiende nada más y nada menos que al sector de discapacidad. En otras provincias eso no existe. Acá el Estado te provee pañales, leches, medicamentos, Ensure. En el resto del país eso hoy no está pasando”.
Mientras tanto, ella intenta “paliar la burocracia”: “Yo tengo equipos. Te los presto. El día que llega el equipo de la obra social o del programa, ese equipo vuelve conmigo y sale a ayudar a otra persona”. Calcula que hoy tiene “unas 100, 150 camas prestadas, más las sillas de ruedas, más los concentradores de oxígeno. Cada concentrador sale alrededor de 3 millones y debo tener unos 20, capaz 30, dando vuelta”.

Redes, famosos y pequeñas grandes donaciones
Su presencia en redes no alcanzaría sin la ayuda de quienes amplifican su voz. “Yo solamente tengo 3800 seguidores en Twitter y 500 y pico en Instagram”, señala. “Cuando se me estanca una colecta, le digo a un amigo que tiene una cadena de churrerías en la Costa: ‘¿Me das un retuit? Vamos a poner 100 pesitos que esta nena se tiene que ir a casa’, y ahí se activa”.
También menciona a figuras públicas: “La colaboración siempre de un montón de gente, por ejemplo, Julián Weich, Inés Estévez. Son personas que te comparten una publicación y eso te permite llegar a un montón de lugares. Pero en eso tiene que estar siempre la transparencia. Esa gente que hoy te da apoyo sabe que en una semana, diez o quince días, vas a estar posteando que entregaste y llegaste”.
Para Colazo, cada aporte cuenta: “Todos somos parte: el que pone los 100 pesos, el que te ayuda compartiendo. Con esa publicación y esos 100 pesos le cambiás la vida a una persona. O se la salvás”.
Casos urgentes, satisfacciones y una recompensa que no tiene precio
Hoy, una de sus metas principales es un niño de 11 años que tuvo un accidente y lleva un año internado en el ENED. “Su mamá no tiene trabajo porque trabajaba vendiendo cosas en Once y los sacaron. No está recibiendo ayuda del Estado nacional, tiene cuatro chicos. Ella, con una bicicleta que le prestan, sale a repartir en Rappi para darle de comer a sus otros cuatro hijos. Esa es mi meta hoy”, resume.
Entre las satisfacciones más grandes, recuerda el caso de un chico de José C. Paz al que le entregó un equipo el 23 de diciembre. “Sin ese aparato no hubiera vivido. Hoy está trasplantado de corazón y está sano”, dice, emocionada. “Cuando te preguntan ‘¿vos qué ganás con todo esto?’, yo les digo: ‘¿Cómo que gano?’. La satisfacción de haber ayudado a ese chico a que llegara al trasplante de corazón. Eso no tiene precio”.

Reconocimientos, política y un mensaje final
Hace poco, el Concejo Deliberante de su ciudad la reconoció como vecina destacada. “Me sorprendió porque estaba en el Garrahan cuando me enteré”, confiesa. “Son caricias al alma que te impulsan a seguir instando a la gente a colaborar”.
Sobre posibles candidaturas políticas, Colazo admite que alguna vez se lo propusieron: “Este año una vez sí, me dijeron para ir en una lista como diputada. No di ninguna respuesta porque, en caso de que lo hiciera, no me gustaría que usen mi trabajo para hacer campaña política. Lo que hago desde la fundación es mi patrimonio personal. Y la fundación soy yo. La gente cree que somos 20, pero no. Yo compro, yo recaudo, yo llevo, yo traigo, yo entrego”.
A sus 57 años, mira para atrás y se sorprende de todo lo que logró: “Si hace diez años me hubieras dicho que yo iba a estar haciendo esto hoy, te hubiera dicho ‘ni ahí’”. Y deja un mensaje claro: “Creo que los sueños no tienen techo”.
Cuando le preguntan qué diría Daniel, ese compañero que fue el origen de su camino solidario, responde sin dudar: “Estaría feliz. Él estaba muy orgulloso de lo que hacía. A mí me costó mucho, cuando falleció, levantarme y seguir. Hasta que un día dije: ‘Tengo que levantarme y seguir con lo que me gusta y con lo que él se sentía tan orgulloso’”.
Desde entonces, no paró. Y resume su filosofía en una frase que hoy también funciona como lema de su tarea solidaria: “Entre todos hacemos posible lo que para otros es imposible”.
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