El jefe del cuerpo activo de Bomberos Voluntarios de Campo Viera, Clemente Ferreira, relató en diálogo con Radio Up cómo fue el operativo de rescate tras el trágico accidente del colectivo que cayó desde el puente sobre el arroyo Yazá, de 18 metros de altura. Diez rescatistas locales participaron en una escena que, según el jefe, “fue muy fuerte y difícil de olvidar”.
“Nosotros recibimos el llamado alrededor de las 4:45 de la madrugada del domingo”, recordó Clemente Ferreira, jefe del cuerpo activo de Campo Viera. A esa hora, el sistema de alertas del cuartel se activó y en pocos minutos los diez bomberos certificados del pueblo estaban listos para salir. “Nos juntamos, nos preparamos, nos equipamos y salimos al lugar. Nadie se imagina el peor escenario, pero esta vez fue devastador”.
Cuando llegaron, se encontraron con una escena de horror. “Encendimos las luces del camión y el escenario era terrible, era un escenario devastador”, relató Ferreira. “Nadie está preparado para una situación de semejante magnitud”. El colectivo había caído desde el puente sobre el arroyo Yazá, una altura de 18 metros, y yacía con el techo aplastado, recostado sobre uno de sus laterales.
“Eran gritos de desesperación, gritos de socorro”

Los primeros minutos fueron caóticos. “Había gente en el agua, arrastrada por la corriente. Nos dividimos en grupos para rescatar a quienes todavía podían moverse”, explicó. Los bomberos bajaron con cuerdas, herramientas de corte y expansión, para abrir el techo del colectivo. “Eran gritos de desesperación, gritos de socorro”, recordó con la voz quebrada.
Ferreira destacó la coordinación entre cuerpos de distintas localidades. “En un momento éramos como cien personas trabajando: bomberos de la Policía, de Oberá, de Aristóbulo del Valle, todos colaborando”. También agradeció la ayuda de vecinos y del municipio, que abrieron caminos y facilitaron máquinas para sacar las camillas hasta las ambulancias. “Fue todo un desafío”, aseguró.
Uno de los momentos más difíciles fue el rescate de un niño de 12 años. “Estaba debajo del padre, y para sacarlo costó bastante. Se tuvo que estirar con cuerda un grupo de diez personas para doblar parte del techo”, relató Ferreira. “El nene estaba lúcido, hablaba y hasta se mostraba contento porque lo estábamos sacando. Después de todo, eso es lo que paga nuestro trabajo: la satisfacción de haber salvado una vida”.
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Falta de apoyo psicológico posterior
Tras el operativo, el impacto emocional fue inevitable. “Nunca me tocó retirar tantas personas sin vida de un lugar”, confesó el jefe. “Normalmente no tenemos ayuda terapéutica o psicológica para recuperarnos. La mejor terapia es la satisfacción de haber podido rescatar a tantas personas con vida”.
Ferreira aseguró que, dentro del grupo, suelen hablar de lo ocurrido para desahogarse y analizar cómo mejorar. “La terapia es ir, abrazar a la familia y llorar con ellos. Después, entre nosotros, tratamos de hablarlo para seguir adelante”.
“Da bronca saber que todo fue por el alcohol”

Recién después del operativo, los bomberos supieron que la causa del accidente habría sido la decisión del conductor, bajo los efectos del alcohol, de quitarse la vida. “En ese momento lo único que pensábamos era en rescatar a la mayor cantidad de personas con vida”, aclaró Ferreira. “Después, cuando uno se entera de que fue por una irresponsabilidad, da mucha bronca y duele saber que tanta gente inocente murió por eso”.
El jefe resumió con serenidad lo que quedó tras aquella madrugada trágica: “Ojalá no tengamos que trabajar nunca más en un hecho así, pero tenemos que estar preparados para lo que venga”.
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