En lo que va de 2025 en Misiones y en varias provincias argentinas, las cifras que comienzan a emerger tienen la carga de una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la violencia se está normalizando en nuestra cotidianidad? En la tierra colorada se registraron, en lo que va del año, 31 homicidios, 9 femicidios directos, y en el plano de los desbordes emocionales, 83 suicidios, según fuentes oficiales consultadas por Radio Up.
En 2024 habían sido, en el mismo período, 34 homicidios, 7 femicidios directos y 57 suicidios. Estos números, sobre todo los relativos a femicidios seguidos de suicidios, muestran cambios que exigen análisis profundos.
Un panorama que exige matices
A nivel nacional, las estadísticas oficiales indican que la tasa de homicidios dolosos en Argentina se redujo a 3,8 por cada 100.000 habitantes en 2024, la cifra más baja desde el año 2000. Sin embargo, esos datos agregados contrastan con escenas de violencia que parecen expandirse, cambiar de modalidad o ganar visibilidad, lo cual no siempre equivale a un alza cuantitativa uniforme.
En cuanto a los suicidios, que se deben entender desde el perspectiva del desborde emocional y la necesidad de contención, un informe reciente señala que en Argentina los varones presentan tasas de suicidio tres veces más altas que las mujeres; además, más del 30 % de los casos se concentra entre los 15 y los 29 años. Las causas son múltiples y se vinculan con factores psicológicos, sociales, económicos y culturales.
En materia de violencia de género, los indicadores también hacen sonar alarmas: un artículo de análisis señala que “el promedio es de un femicidio cada 28 horas” en 2025, aunque existan divergencias sobre la metodología.
Casos recientes en Misiones que alarman
La tragedia vial registrada en el puente sobre el arroyo Yasá por ruta nacional 14 en Campo Viera en la madrugada del domingo 26 de octubre, fue más que una desgracia de tránsito: se convirtió en una metáfora del desborde violento —en este caso, vial— que atraviesa la vida cotidiana en la provincia. Un auto marca Ford Focus conducido por Rafael Gonzalo Ortiz Jordán colisionó de frente contra un colectivo, con saldo de nueve personas muertas y decenas de heridas. Las pericias confirmaron que Ortiz presentaba intoxicación alcohólica aguda al momento del impacto.
Además, se difundió un audio atribuido a Ortiz donde confesó minutos antes de morir: “Estoy volviendo a 180, 190… recién mordí la banquina... me quiero pegar un palo”. Esa grabación, que está siendo analizada por peritos de la Secretaría de Apoyo a Investigaciones Complejas (SAIC) del Poder Judicial de Misiones, aporta datos inquietantes sobre el estado emocional del conductor, la velocidad, el consumo de alcohol y la consecuente banalización del riesgo.
En paralelo, la provincia también fue escenario el mismo día domingo, de un femicidio seguido de suicidio que sacudió a la sociedad. En Comandante Andresito, el policía Natanael Comes de 27 años, asesinó a su ex pareja Daiana Raquel Da Rosa de 26, quien también era oficial, y luego se quitó la vida, transmitiendo prácticamente en vivo los hechos sino que anticipó a sus camaradas su final, tras confirmar que terminó con la vida de su ex pareja.
Los videos y audios difundidos muestran la preparación del acto, la violencia ejercida y la desesperación que terminó en otra tragedia en un mismo día. "Grupo, lamento lo que hice... me despido de este lamentable hecho que hice, estoy arrepentido por lo que hice, pero ya está, ya es tarde". Este caso evidencia cómo la violencia de género extrema convive con otras formas de violencia en la vida cotidiana, reforzando la percepción de que los desbordes violentos ya no son hechos aislados sino parte del cotidiano social.
Estos hechos permiten observar cómo la violencia puede desplazarse de lo que tradicionalmente entendemos (homicidios, agresiones) a otros ámbitos —vial, imprudencia, exceso, violencia de género— y cómo cada uno refleja una lógica de riesgo, de indiferencia y de cultura del mal controlado que tiene efectos sociales profundos.

¿Por qué parece que la violencia se “naturaliza”?
Varias causas pueden apuntarse para explicar por qué, en parte, los desbordes violentos comienzan a sentirse “normales” y por qué la sociedad se ve afectada por ello.
Una primera causa es el deterioro socioeconómico y la marginalidad: cuando las oportunidades se cierran, la precariedad se expande, se extienden los servicios insuficientes de salud física o mental, y las desigualdades estructurales se agravan.
Una segunda causa tiene que ver con la cultura del riesgo y del consumo: el alcohol, la conducción a alta velocidad, la banalización de las normas de tránsito, el desprecio por la vida ajena o propia emergen como expresiones de violencia. La tragedia de Campo Viera muestra eso lamentablemente.
Una tercera es la normalización simbólica de agresiones: la violencia de género, los femicidios, las agresiones verbales o físicas que se vuelven habituales, se integran al lenguaje cotidiano y pueden provocar que la sociedad reaccione menos —o que reaccione con resignación— ante nuevos hechos. El artículo sobre femicidios señala que falta “datos públicos confiables” y que existe un trasfondo de naturalización de las violencias machistas.
Además, la difusión mediática de casos extremos puede producir un efecto paradójico: la indignación, sí; pero también la saturación emocional, la percepción de que “esto pasa” y la resignación frente a la violencia.
Consecuencias sociales visibles e invisibles
En el plano visible, hay pérdidas de vidas directas —homicidios, femicidios, suicidios— y también heridos, dolorosas despedidas, familias destruidas. Y muchísimos traumas posteriores, cambios para siempre...
Pero en el plano invisible operan secuelas profundas: la erosión del tejido social, el aumento del temor o la resignación, la disminución de la confianza interpersonal y comunitaria, el desgaste de los sistemas públicos de salud y justicia.
En Misiones, el hecho de que un accidente vial pueda ser analizado como un acto de violencia vial —alcohol, velocidad, muerte— lo convierte en parte del mismo paisaje. Por otro lado, en términos de violencia de género, la naturalización implica que muchas mujeres vean como “normal” ser agredidas o amenazadas, lo que retrasa la denuncia o el acceso real a protección. En el suicidio, la consecuencia social es doble: hay un duelo individual y familiar, pero también un señalamiento de que la vida se volvió tan difícil que la muerte termina siendo una opción para algunas personas.
Asimismo, la violencia empieza a permear los ámbitos más cotidianos: el tránsito, las relaciones de pareja, los conflictos laborales, las redes sociales. La violencia deja de ser “algo que sucede allá” y pasa a “algo que me puede suceder a mí, en mi barrio, manejando mi auto, discutiendo con mi pareja”. Esa cercanía es lo que hace que se sienta normalizada.

¿Qué puede hacerse?
Para revertir este escenario, son necesarias políticas públicas integrales que combinen prevención, intervención y transformación cultural.
En primer lugar, reforzar los sistemas de prevención del suicidio: detección temprana, escucha activa, servicios accesibles de salud mental, información pública. Ya se ha señalado que el registro obligatorio de intentos de suicidio permite mejorar la respuesta del sistema. ineco.org.ar
En segundo lugar, impulsar programas de educación vial que vayan más allá de multas, profundizando la conciencia sobre velocidad, alcohol y riesgo colectivo.
En tercer lugar, promover acciones contra la violencia de género con datos, transparencia, recursos humanos y culturales, y políticas que incidan en roles, poder y dominación.
En cuarto lugar, fortalecer el tejido social: comunidades con mayor participación ciudadana, espacios de diálogo, promoción de valores de cuidado mutuo.
La vida humana como valor irrenunciable
Los números —31 homicidios, 9 femicidios, 83 suicidios en 2025 en Misiones— pueden leerse como alarmas y también como señales de que los desbordes violentos (y desbordes emocionales en caso de los suicidios) adoptan formas diversas.
Estos fenómenos pueden manifestarse en la indiferencia al volante, en la agresión machista aceptada, en la desesperanza que conduce a la muerte propia.
La sociedad argentina —y en particular la misionera— debe preguntarse no sólo cuándo aumentan los hechos, sino cómo los hechos comienzan a sentirse parte del paisaje, y qué significa que esa familiaridad con la violencia empiece a confundirse con normalidad. Clarificar esa frontera es el primer paso para volver a ubicar la vida humana como valor irrenunciable.
Fuentes: Policía de Misiones - Mujeres de la Matria Latinoamericana.
Tragedia de Campo Viera: el conductor del auto presentaba intoxicación alcohólica aguda ️https://t.co/WwEw1mCQp9#CampoViera #Misiones #AccidenteVial #DueloProvincial #RadioUp955 pic.twitter.com/IapbCjJwmF
— Radio Up 95.5 (@radioup955) October 27, 2025



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