tablero
La inminente salida de Manuel Adorni de su cargo y el desembarco de su reemplazo -con el nombre de Diego Santilli resonando con fuerza en los pasillos oficiales- es, a esta altura, apenas la superficie de un fenómeno mucho más profundo. En la dinámica hiperacelerada de la Argentina actual, el recambio de nombres suele operar como un bálsamo para calmar las ansiedades del microclima mediático, mientras los hilos reales del conflicto se trasladan, inevitablemente, a los despachos de la Justicia.
Sin embargo, fijar la mirada únicamente en el funcionario que deja la silla o en la causa judicial subsiguiente significa perderse el verdadero hecho político. Lo verdaderamente llamativo de este escenario no es el desenlace de la crisis interna, sino el generoso margen de tiempo que el arco político le otorgó al presidente para apurar y encapsular esta situación, exponiendo de fondo una preocupante dosis de amateurismo en los resortes parlamentarios.

El "infantilismo" del recinto
Lo que se vivió en los últimos días en la Cámara de Diputados de la Nación merece un análisis detenido, despojado de las consignas tribuneras de las redes sociales. Lo sucedido en el recinto rozó una suerte de infantilismo político que desnudó las falencias de una oposición fragmentada y, muchas veces, incapaz de leer el tablero con realismo pragmático.
Ante un hecho que generaba una indignación unánime en todo el arco opositor y una parte de la sociedad, a la hora de plasmar esa postura en el Congreso de la Nación expuso una fractura brutal en los modos de entender y ejecutar la política. Mientras el bloque del kirchnerismo decidió avanzar y plantear la centralidad del debate en el recinto, el resto de la oposición -entendiendo por esto al radicalismo, al PRO y a las diversas fuerzas provinciales o dialoguistas- optó por dar un paso al costado y vaciar de cuerpo institucional el reclamo.
El argumento esgrimido por este sector de la oposición no kirchnerista se centró en el enojo y el rechazo a lo que consideraban una burda utilización política y proselitista por parte de las tropas de Unión por la Patria. Una reacción legítima en el plano discursivo, pero de una alarmante ingenuidad en la práctica concreta. Suponer que el kirchnerismo no iba a capitalizar políticamente la crisis es desconocer la naturaleza misma del debate parlamentario, un espacio donde todas las fuerzas operan en base a sus propios intereses.
La diferencia, en todo caso, radicaba en que la oposición dialoguista pretendía otorgarle al planteo un valor desde lo moral o institucional, distanciándose del oportunismo netamente electoral.

El alimento del hartazgo social
Sin embargo, el efecto colateral de esa parálisis fue devastador para el propio sistema. Mientras esta jugada del kirchnerismo pretendía poner el foco en el cuestionamiento directo a Adorni, la insólita resistencia de la oposición no kirchnerista a dar el debate en el recinto no hizo más que alimentar y fortalecer el hartazgo generalizado del pueblo argentino.
La ciudadanía asiste, una vez más, al espectáculo de una dirigencia en la que ya no confía y en una política en la que ya no cree, precisamente por esa ambivalencia permanente de aquellos actores que aducen construir institucionalidad, pero que terminan moldeando las reglas de juego y los tiempos legislativos de acuerdo a sus coyunturas e intereses electorales.
Se trata de una práctica que el kirchnerismo ha ejecutado siempre de manera sistemática, con la salvedad táctica de que -por oficio o por peso específico- pocas veces queda en offside, a diferencia de una oposición moderada que termina pagando el costo de la especulación sin quedarse con el rédito del hecho político.

A este escenario se le sumó el pase de facturas histórico: la indignación de la oposición dialoguista ante un kirchnerismo que parece haber descubierto la corrupción recién ahora, tras años de amnesia selectiva frente a los desfalcos de sus propias gestiones. Y es rigurosamente cierto: para el kirchnerismo, la corrupción rara vez ha sido un problema ético o un límite infranqueable, salvo cuando agitar esa bandera los devuelve al centro de la escena pública o les permite limar el poder ajeno.
El error del resto de la oposición radicó en dejar que ese fastidio ético paralizara su capacidad de acción, renunciando a utilizar los resortes institucionales del Congreso bajo el argumento de no "hacerle el juego" al rival.

La jugada estratégica hacia 2027
Mientras los opositores no kirchneristas se enredaban en sus propios laberintos morales, lidiando con un sistema de pesos y contrapesos institucionales que hoy se encuentra debilitado y desacreditado sistemáticamente desde la cúspide del Poder Ejecutivo, el kirchnerismo demostró un pragmatismo frío y milimétrico. No actuaron por urgencia moral; esperaron pacientemente el momento exacto para trazar la línea y profundizar la polarización extrema. Al negarse el centro político a dar la discusión en el recinto, la jugada del kirchnerismo quedó clara: vaciar el terreno intermedio y consolidarse como la única contrafigura nítida frente a La Libertad Avanza.
Este posicionamiento no responde a la inmediatez de la agenda de la semana, sino a un vaticinio estratégico a mediano plazo. En el búnker del peronismo duro ya se tejen las hipótesis para el 2027. Saben que el escenario electoral venidero puede ser hostil, pero operan bajo una certeza: ante la licuación de las terceras vías y el titubeo de las fuerzas del medio, el kirchnerismo se perfila para ser la única fuerza capaz de retener una mayoría propia, nueva, disciplinada y estrictamente leal a los intereses de su conducción. Al copar la centralidad de la protesta, obligan al electorado y a la dirigencia a elegir entre dos extremos, borrando los grises del mapa.
La conclusión que deja este episodio es que la campaña electoral ya comenzó, y lo hizo bajo las reglas de quienes entienden cómo se acumula el poder real. El kirchnerismo dejó en claro que el poder no se construye reaccionando a la defensiva, sino pisando con firmeza en el momento justo, allí donde la grieta ofrece mayor rentabilidad política. Mientras algunos sectores de la dirigencia se muestran permeables a los arrebatos y parecen moverse al ritmo de los "chicotazos" y las presiones que el Ejecutivo nacional intenta imponer a gobernadores y legisladores, la realidad demuestra que la política de fondo exige templanza y sentido de la oportunidad.
Comprender que construir, sostener y articular poder real requiere de tiempos y procesos que escapan a la urgencia de la coyuntura es, quizás, una lección que la política actual todavía no alcanza a comprender, y que muchos políticos amateurs, directamente, ignoran.



//



