Sebastiana Barrera, la madre del soldado Omar Carrasco, falleció en las últimas horas y su muerte reaviva una historia que marcó un antes y un después en la Argentina: la del joven conscripto asesinado en 1994 dentro de un regimiento de Zapala, Neuquén, un crimen que expuso una trama de violencia, encubrimiento y abuso de poder dentro del Ejército y que, meses después, derivó en la abolición del Servicio Militar Obligatorio.
La noticia fue confirmada en el marco de su velatorio, donde familiares y amigos la despidieron con un mensaje cargado de emoción: “Con profundo dolor despedimos a Sebastiana Barrera. Hoy descansa en paz junto a sus hijos Claudia Estela Carrasco y Omar Octavio Carrasco. Su amor, su fortaleza y su recuerdo vivirán por siempre en nuestros corazones. Que brille para ella la luz eterna”.
Sebastiana no fue solo la madre de una víctima. Fue, durante décadas, el rostro de una causa que excedió lo personal: la demanda de justicia y verdad que sacudió instituciones y dejó expuesto el costo humano de un sistema que naturalizaba castigos, humillaciones y violencia en nombre de la disciplina.

La pelea de una madre: “Quiero mirar a los ojos a los asesinos de mi hijo”
Junto a su esposo, Francisco Carrasco, Sebastiana encabezó un reclamo que empezó como una búsqueda desesperada y terminó convirtiéndose en una causa nacional. La mujer llegó a ponerle palabras al dolor en uno de los momentos más recordados del caso, cuando frente al entonces jefe del Ejército, el general Martín Balza, expresó una frase que quedó como símbolo:
“Quiero mirar a los ojos a los asesinos de mi hijo”.
Ese pedido no fue una consigna suelta: fue el grito de una madre que se negó a aceptar el relato oficial, la burocracia del silencio y el intento institucional de cerrar rápido un hecho que había conmocionado al país.
El crimen que sacudió al Ejército: la desaparición, la mentira y el hallazgo del cuerpo
Omar Carrasco fue visto con vida por última vez el 6 de marzo de 1994, cuando dos soldados lo llevaron para un “baile”, una rutina física extrema utilizada como castigo o práctica disciplinaria. Después de eso, no volvió a aparecer.
Dos semanas más tarde, cuando sus padres llegaron al regimiento para visitarlo, no lo encontraron. La respuesta que recibieron fue tan contundente como sospechosa: les dijeron que había desertado.
Pero Sebastiana y Francisco no lo creyeron. No por intuición: por conocimiento. Conocían a su hijo y sabían que esa explicación no cerraba. Denunciaron la desaparición y empujaron una investigación que, con el correr de los días, mostró el rostro más oscuro de la colimba.
El 6 de abril de 1994, el cuerpo apareció dentro del regimiento del Grupo de Artillería 161 de Zapala, en un descampado cercano al Cerro Gaucho. La escena fue impactante: signos de momificación, piel ennegrecida, un ojo en estado de putrefacción, y un detalle escalofriante: pantalón militar pulcro y planchado, como si el uniforme intentara maquillar el horror.

Una causa atravesada por contradicciones y sospechas
Desde el hallazgo del cuerpo, las contradicciones se sucedieron una tras otra. Incluso antes de terminar los rastrillajes, la aparición del cadáver ya había sido informada a la prensa.
La primera versión militar intentó instalar una explicación: Carrasco habría querido escapar y murió de frío. Sin embargo, esa hipótesis se derrumbó con el avance pericial y judicial.
Los informes forenses fueron contundentes: Omar Carrasco murió por los golpes, sin atención médica adecuada y abandonado a su suerte.
Uno de los puntos más fuertes de la investigación fue el análisis sobre la agonía del conscripto, la gravedad del cuadro interno, el tiempo transcurrido y el abandono posterior, que marcó una línea de crudeza imposible de tapar con discursos institucionales.
Condenas y encubrimiento: el caso que expuso una red dentro del Ejército
La causa judicial terminó con condenas importantes:
-
Ignacio Canevaro, subteniente: 15 años de prisión
-
Cristian Suárez y Víctor Salazar, soldados: 10 años
-
Carlos Sánchez, suboficial: 3 años por encubrimiento
Sin embargo, la historia no terminó allí. Hubo un segundo proceso judicial, conocido como “Carrasco II”, que investigó el encubrimiento en torno a la muerte del soldado. Ese expediente finalmente no prosperó y los militares investigados fueron sobreseídos, en una resolución que dejó a los familiares con la sensación persistente de que no toda la verdad había salido a la luz.

El final de la colimba: cuando la Argentina dijo “nunca más”
El caso Carrasco no fue solo un crimen. Fue el espejo de una época y de un sistema.
El 31 de agosto de 1994, luego de las condenas por el asesinato, el entonces presidente Carlos Menem dispuso el final del Servicio Militar Obligatorio y lo reemplazó por un sistema de voluntariado rentado.
Fue una decisión política que tuvo una causa social detrás: la conmoción nacional, el quiebre de confianza pública y la certeza de que había prácticas inadmisibles naturalizadas durante años dentro de los cuarteles.
En esa transformación histórica, el rol de Sebastiana Barrera fue central: sostuvo el reclamo cuando parecía que el silencio ganaba, y mantuvo viva la pregunta que incomodó a todos: qué se hacía dentro de los regimientos y quiénes respondían por ello.
Una despedida con historia: Sebastiana Barrera, la madre que no se calló
Sebastiana Barrera se va como vivió desde 1994: con el nombre de su hijo unido a una marca histórica argentina. Su lucha fue por justicia, pero también por dignidad, por memoria y por una verdad que dolió, pero que resultó necesaria.
Hoy descansa junto a Omar, pero su historia queda como huella: la de una madre que no aceptó la mentira, que enfrentó a una institución poderosa y que, desde el dolor más cruel, empujó un cambio que alcanzó a toda la Argentina.



//



