Después de más de cuatro décadas vinculadas al mundo del periodismo, Juan Carlos Marchak decidió jubilarse, aunque todo indica que la palabra “retiro” difícilmente pueda aplicarse a una persona que hizo del movimiento, las coberturas y las cámaras una forma de vida.
Reconocido especialmente por su trabajo en el fotoperiodismo y el automovilismo, Marchak repasó su trayectoria en una entrevista con Radio Up, donde recordó desde sus primeros pasos en el diario El Territorio hasta algunas de las fotografías que trascendieron las fronteras de Misiones.
Durante la charla también habló de una profesión que cambió radicalmente con la tecnología, pero que, según su mirada, perdió parte de aquella magia que tenía el proceso artesanal de revelar una imagen.
De lavar autos a convertirse en fotógrafo
La historia de Marchak dentro de los medios comenzó desde un lugar muy diferente al que finalmente ocuparía.
En 1983, después de las elecciones de octubre y en medio de un período de intensas lluvias, comenzó a trabajar lavando los vehículos del personal de El Territorio. No ingresaba inicialmente como trabajador de redacción ni tenía experiencia con cámaras: su tarea estaba vinculada a la limpieza y el mantenimiento.
Con el tiempo, comenzó a frecuentar cada vez más el diario. Primero iba dos o tres veces por semana y luego se incorporó a otras tareas, hasta que finalmente ingresó a planta en 1984 como personal de maestranza.
Entre tareas de limpieza y trabajos como chofer, empezó a entrar en contacto con periodistas, fotógrafos y trabajadores de la redacción. Ese acercamiento fue fundamental para que comenzara a conocer desde adentro el funcionamiento de un medio de comunicación.
El punto de inflexión llegó cuando conoció a Luis Alberto Pérez, “Don Lucho”, quien después de conversar con él decidió darle una oportunidad. “Usted va a llegar lejos”, recuerda Marchak que le dijo Pérez antes de derivarlo al área de fotografía.
El desafío era enorme: hasta ese momento prácticamente nunca había utilizado una cámara fotográfica.


Aprender fotografía en el cuarto oscuro
Sus primeros años como fotógrafo estuvieron muy lejos de la inmediatez actual.
La fotografía era un trabajo completamente artesanal. Se utilizaban cámaras mecánicas, películas blanco y negro y procesos de revelado que exigían precisión y conocimiento técnico.
Había que cargar el rollo, rebobinarlo, enfocar, calcular la velocidad y la sensibilidad, cuidar que la película no se velara y posteriormente ingresar al laboratorio para realizar el proceso de revelado.
Marchak recordó especialmente las enseñanzas de fotógrafos como Luis Jaque, José Gauto, Daniel Garay, Carlos Clinchú, Ramón González y Miguel Martínez, entre otros trabajadores que fueron fundamentales durante su formación.
Uno de los primeros elementos que aprendió fue una pequeña tabla anotada en un papel por Luis Jaque con distintas velocidades y sensibilidades. “Si vos disparabas en 125 o en 250 con flash, te cortaba la película por la mitad”, recordó durante la entrevista.
Ese pequeño papel se convirtió durante un tiempo en una suerte de guía permanente. Marchak hacía una fotografía, consultaba sus anotaciones, modificaba los parámetros y volvía a disparar.


La anécdota del caño de agua que terminó en la tapa del diario
Entre las primeras experiencias que recuerda aparece una cobertura que terminó convirtiéndose en una de sus grandes lecciones.
Carlos Correa, uno de sus jefes, le asignó una cobertura después de que explotara un caño de agua en la zona de San Martín y Santa Cruz, en Posadas. Marchak llegó al lugar y tomó varias fotografías. Regresó al diario convencido de que había realizado correctamente su trabajo y entró al laboratorio para revelar el material.
Pero había un problema: no tenía rollo dentro de la cámara. Había realizado varias fotografías sin película.
La situación lo obligó a regresar rápidamente al lugar para intentar repetir la cobertura. Finalmente consiguió volver a ingresar y tomó las imágenes que terminaron siendo publicadas en la portada del diario.
La experiencia dejó una enseñanza que lo acompañaría durante toda su carrera: antes de salir a una cobertura había que controlar minuciosamente el equipo. “Máquina cargada, peso; máquina vacía, peso”, recuerda que le explicaron después.
Viajar con un laboratorio dentro de una valija
La fotografía periodística de aquellas décadas también implicaba una logística que hoy parece casi imposible.
Marchak recordó que, hasta comienzos de la década del 2000, los viajes al interior podían requerir una enorme valija de madera con todo lo necesario para instalar un laboratorio improvisado.
Allí llevaban químicos, elementos para preparar las soluciones, un secador de pelo, calentador eléctrico, sogas, broches, tijeras, cartulinas, cinta de embalar, lupas y distintos materiales.
El fotógrafo debía estar preparado para resolver cualquier inconveniente lejos del diario. “Si llegaba y me olvidaba el químico, nada. Era imposible”, explicó.
Las fotografías tampoco podían enviarse inmediatamente. En muchas ocasiones, los rollos viajaban mediante corresponsales o incluso eran enviados en transporte, lo que podía significar esperar horas o días para que una imagen llegara a la redacción. Ese mundo quedó definitivamente atrás con la llegada de la fotografía digital.


De El Territorio a Clarín, La Nación, Corsa y Campeones
A lo largo de su extensa trayectoria, Marchak trabajó para distintos medios y publicaciones.
Su recorrido incluyó El Territorio, Primera Edición, Clarín, La Nación, revista Corsa y Campeones, además de colaboraciones con otros medios.
Uno de sus trabajos más particulares fue para “Pueblo a pueblo” de Clarín, una enciclopedia que recorrió la provincia de Misiones. Entre 2003 y 2004, Marchak fotografió los 75 municipios que tenía entonces la provincia.
Para el fotógrafo, aquella experiencia significó recorrer Misiones de punta a punta y dejar registrada buena parte de su territorio.
La fotografía del globo aerostático sobre las Cataratas del Iguazú
Entre las imágenes que considera más importantes de su carrera aparece una fotografía que terminó recorriendo el mundo: el globo aerostático cruzando sobre las Cataratas del Iguazú.
Marchak fue elegido para realizar aquella cobertura y tuvo la posibilidad de observar desde el aire uno de los principales paisajes naturales de Misiones.
La imagen fue realizada en el marco de una acción vinculada a New7Wonders, organización que impulsaba la elección de las nuevas maravillas naturales del mundo.
El fotógrafo recordó la adrenalina del momento y la responsabilidad que implicaba saber que una empresa había confiado en su trabajo.
“¿Y si llego a fallar acá?”, pensó en aquel momento.
Con el tiempo, sin embargo, la sensación fue otra: la certeza de haber sido un privilegiado por poder contemplar las Cataratas desde aquella perspectiva.
La fotografía se convirtió en una de las imágenes más emblemáticas de su carrera.


El automovilismo, una pasión que marcó su trayectoria
Si hay un ámbito en el que Marchak construyó una identidad especialmente reconocible es el fotoperiodismo deportivo y, particularmente, el automovilismo.
Su trabajo lo llevó a cubrir cientos de carreras en escenarios provinciales, nacionales e internacionales.
Durante la entrevista recordó también la figura de Carlos Ugulovic, vinculado históricamente al automovilismo misionero, y la enorme vara que dejó para quienes recorrieron durante años las pistas. “Creo que dejaron una vara muy alta”, señaló al recordar aquella época y la posibilidad de alcanzar una cifra cercana a las mil carreras cubiertas.
Para Marchak, fotografiar automovilismo no consistía simplemente en apuntar la cámara hacia los autos. Requería seguir la carrera, conocer a los pilotos, interpretar lo que estaba sucediendo y anticipar dónde podía producirse una situación relevante.
Esa capacidad de lectura terminó siendo determinante para conseguir algunas de sus imágenes más reconocidas.
El vuelco de Carlos Menem Jr. y una fotografía inesperada
Una de las fotografías que Marchak guarda con especial cariño fue la del vuelco de Carlos Menem Jr., ocurrido durante una competencia en Santiago del Estero. El detalle que convirtió aquella imagen en algo especial fue el navegante: mientras el auto se encontraba volcando, él continuaba leyendo la hoja de ruta.
Marchak había decidido alejarse unos 200 metros del lugar donde estaba concentrada la mayoría de los fotógrafos. Su instinto lo llevó a buscar otro punto de la carrera. La decisión resultó acertada.
En el momento del vuelco, tuvo que reaccionar rápidamente. Incluso recordó que, al realizar una segunda fotografía, el vehículo terminó cayendo prácticamente en el lugar donde había dejado una botella de agua. La imagen terminó publicada en El Liberal de Santiago del Estero, ocupando un espacio destacado en la edición.
Poco después, recibió una llamada que inicialmente creyó que era una broma: Carlos Menem Jr. quería contactarlo.
El piloto había visto la fotografía y quería adquirir copias. Como Marchak no tenía cuenta bancaria en aquella época, el pago incluso tuvo que realizarse a través del diario. Finalmente, realizó varias ampliaciones de la fotografía, que fueron enviadas por encomienda.
Años después volvió a encontrarse con Menem Jr. en otra competencia y pudo presentarse personalmente.
La importancia de anticiparse a la noticia
Otra de las fotografías que Marchak recordó durante la entrevista fue la de un choque entre dos autos durante una competencia.
Se trataba de Nito Suk, piloto de Eldorado, y Carlos “Indio” Mantilla, de Posadas. Ambos habían tenido un incidente previamente y Marchak decidió seguir especialmente su evolución durante la competencia.
Mientras otros fotógrafos concentraban su atención en los primeros puestos, él mantuvo la mirada sobre aquellos dos pilotos.
Su intuición volvió a darle la razón. Los dos autos terminaron protagonizando otro incidente y Marchak consiguió registrar el momento.
La imagen, además, fue reconocida con un premio de ADIRA (Asociación de Diarios de la República Argentina) en 2004/2005.
La anécdota sintetiza una de las características que marcaron su forma de trabajar: no limitarse a fotografiar lo evidente, sino intentar anticipar lo que podía suceder.


“Las dos cosas”: la tecnología agilizó el trabajo, pero le quitó magia
Para Marchak, la transformación tecnológica tuvo dos caras. Por un lado, permitió acelerar de manera extraordinaria el trabajo periodístico.
Hoy un fotógrafo puede realizar una imagen en un autódromo, editarla y enviarla inmediatamente desde un teléfono celular. La fotografía puede llegar a una redacción prácticamente en tiempo real.
Antes, en cambio, una cobertura en localidades del interior podía implicar un viaje, el revelado, el traslado del material y largas horas de espera.
Pero esa velocidad también modificó profundamente la relación del fotógrafo con la imagen. “Agilizó muchísimo y le quitó la magia”, resumió.
El antiguo proceso permitía observar cómo una imagen aparecía lentamente sobre el papel en la bandeja del laboratorio. Había expectativa, incertidumbre y emoción. “Qué lindo”, era la sensación al ver aparecer una fotografía que hasta segundos antes no existía. Para Marchak, esa experiencia se perdió con la fotografía digital.
La presión de fotografiar incluso en los momentos más difíciles
Durante más de tres décadas de fotoperiodismo, Marchak también estuvo frente a situaciones extremadamente duras. En la entrevista recordó coberturas vinculadas con tragedias, entre ellas una relacionada con un tornado en San Pedro.
El fotógrafo explicó que, en esos momentos, el profesional debe aprender a contener sus emociones. “No me puedo poner a llorar ahí”, señaló.
La sensibilidad no desaparece, pero queda suspendida mientras dura la cobertura. Hay que observar, registrar y continuar trabajando. Recién después, al regresar a casa, aparece el espacio para procesar emocionalmente aquello que se vio.
La misma lógica se aplicaba al deporte: si el piloto al que estaba siguiendo quedaba fuera de competencia, no podía abandonar la cámara y dejar de trabajar. Debía continuar registrando lo que sucedía.
Más de cuatro décadas detrás de una cámara
La trayectoria de Juan Carlos Marchak es también la historia de una transformación profunda del periodismo gráfico. Pasó de lavar autos afuera de un diario a convertirse en uno de los fotógrafos reconocidos del fotoperiodismo misionero.
Aprendió en el cuarto oscuro, trabajó con película blanco y negro, cargó rollos a mano, armó laboratorios improvisados en distintos puntos de la provincia, recorrió rutas y autódromos, cubrió tragedias y acontecimientos históricos y construyó un archivo fotográfico que atraviesa varias décadas.
También fue testigo del cambio tecnológico que llevó a la fotografía desde el proceso químico hasta la transmisión instantánea desde un teléfono. Pero quizá uno de los aspectos más significativos de su historia sea el modo en que recuerda sus propios comienzos.
Marchak contó que de chico fue vendedor de diarios y también lustró zapatos en Alem después de quedar huérfano. Por eso, cuando observa algunas de las fotografías que consiguió realizar durante su carrera, también las interpreta como una forma de medir todo el camino recorrido.
“Siempre miro hacia atrás. Nunca me olvido de dónde vengo porque nunca me olvido lo lejos que, gracias a Dios, llegué”, expresó.

La jubilación y una cámara que difícilmente quede guardada
Después de más de 40 años vinculados al periodismo y más de 30 dedicados al fotoperiodismo, Marchak inició una nueva etapa con su jubilación.
Sin embargo, para alguien cuya vida profesional estuvo atravesada por el movimiento y la búsqueda permanente de una imagen, resulta difícil imaginarlo completamente alejado de las pistas. El automovilismo sigue siendo una de sus grandes pasiones y todo indica que la jubilación no significará necesariamente el final de su vínculo con las cámaras.
Porque hay profesiones que terminan cuando llega la jubilación y hay otras que, después de tantos años, se convierten directamente en una manera de mirar el mundo. En el caso de Juan Carlos Marchak, esa mirada quedó registrada en miles de fotografías.
Y detrás de cada una de ellas hay mucho más que una imagen: hay una historia, una decisión, un riesgo, una espera y, sobre todo, una vida entera detrás de una cámara.
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