Un equipo de la UCA estudia a personas de entre 40 y 60 años cuyos padres tuvieron Alzheimer para identificar cambios cerebrales, cognitivos y relacionados con el sueño que podrían anticipar un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad.
Detectar el Alzheimer décadas antes de la aparición de los primeros síntomas es uno de los principales desafíos de la investigación científica. En esa búsqueda trabaja en Argentina un equipo de la Universidad Católica Argentina (UCA) que analiza a personas con antecedentes familiares de la enfermedad para identificar posibles señales tempranas.
El proyecto es liderado por Carolina Abulafia, psicóloga y doctora en Ciencias Biomédicas, docente e investigadora del Laboratorio de Cronofisiología del Instituto de Investigaciones Biomédicas Biomed UCA-Conicet. El objetivo es determinar si existen modificaciones en el cerebro, la cognición, el sueño y los ritmos circadianos que puedan estar relacionadas con un futuro desarrollo de Alzheimer.
La importancia de detectar esas señales radica en que la enfermedad comienza mucho antes de que una persona llegue a una consulta médica con problemas de memoria u otros síntomas evidentes.
“Cuando el paciente llega a la consulta con el neurólogo y le manifiesta que está con olvidos y otros síntomas, en verdad, es la consecuencia de una enfermedad que viene desencadenándose desde hace décadas. Hay mucha atrofia acumulada irreversible; muerte neuronal, básicamente. Hay que tener en cuenta que los primeros cambios en el cerebro pueden aparecer entre 20 y 30 años antes de los síntomas”, explicó Abulafia.
El Alzheimer suele aparecer después de los 65 años. Según el informe en el que se basa la investigación, se estima que unas 400 mil personas en Argentina padecen la enfermedad, mientras que a nivel mundial existen alrededor de 40 millones de casos. Actualmente no existe una cura ni un tratamiento efectivo capaz de detenerla, mientras que el envejecimiento de la población plantea un escenario de crecimiento de la cantidad de pacientes.
El antecedente familiar como factor de riesgo
La investigación parte de una pregunta central: ¿tener un padre o una madre con Alzheimer puede generar cambios detectables mucho antes de que aparezca la enfermedad?
La enfermedad es considerada un trastorno genéticamente complejo. Cerca del 95% de los casos presenta sus primeros síntomas después de los 65 años y corresponde al denominado Alzheimer esporádico de inicio tardío.
“Se sabe que hay varios genes que actúan y pueden predisponer a la persona a tener Alzheimer. El más estudiado es el APOE. Además de los genes, hay factores ambientales. Hoy en día el indicador más claro es la edad avanzada: mientras más grande sos, más chances tenés”, explicó la investigadora.
Dentro de los factores de riesgo también se encuentra tener un familiar de primer grado que haya tenido Alzheimer. Por eso, el equipo de la UCA seleccionó a 32 hijos de personas que padecieron Alzheimer esporádico, todos de entre 40 y 60 años, y los comparó con un grupo de 28 personas sin antecedentes familiares de la enfermedad.
La intención fue observar si existían diferencias entre ambos grupos pese a que ninguno presentara signos clínicos evidentes de Alzheimer.
“Nos interesa avanzar en el diagnóstico temprano del Alzheimer porque cuando uno sabe del riesgo de tener la enfermedad, puede planificar el trabajo, las finanzas, las relaciones familiares. Da un margen mayor para la autonomía y la capacidad de acción”, señaló Abulafia.
Y agregó: “El desafío es diseñar una droga que permita ralentizar la enfermedad cuando el cerebro todavía está sano”.

Un seguimiento que comenzó hace más de una década
La investigación comenzó hace más de diez años por iniciativa de Daniel Vigo, referente de la UCA en el Laboratorio de Cronofisiología, junto con profesionales del FLENI, entre ellos el doctor Salvador Guinjoan y la doctora Mirta Villarreal.
A lo largo del proyecto participaron especialistas de distintas disciplinas, entre ellos médicos, biotecnólogos, físicos, biólogos y psicólogos. De esta línea de trabajo surgieron además tres tesis doctorales interdisciplinarias.
Los participantes fueron sometidos a distintas evaluaciones para estudiar su memoria, atención, lenguaje, capacidad para tomar decisiones, razonamiento, respuesta frente a situaciones imprevistas y conductas inhibitorias.
El equipo también realizó resonancias estructurales y funcionales para analizar el cerebro y su conectividad. A esto se sumaron estudios PET destinados a observar el metabolismo de la glucosa, utilizado como indicador de actividad neuronal, y PET amiloide para detectar la acumulación de placas amiloides, uno de los cambios característicos de la enfermedad de Alzheimer.
El sueño y los ritmos biológicos también formaron parte del análisis. Los investigadores utilizaron un actígrafo durante siete días para estudiar los ciclos de sueño y vigilia y un Holter de 24 horas para evaluar el funcionamiento del sistema nervioso autónomo.
Las alteraciones del sueño tienen particular relevancia en el estudio del Alzheimer. Según explicó Abulafia, las personas que desarrollan la enfermedad suelen presentar un sueño fragmentado, permanecer despiertas durante la noche o dormir durante el día.
“Las personas con Alzheimer tienen un sueño fragmentado. Muchos están despiertos a la noche y duermen de día, o bien, experimentan problemas para dormir de corrido. Incluso, hay quienes dicen que lo del sueño no es un síntoma más, sino que establecen una relación causal entre las alteraciones de sueño y la acumulación de placas amiloides que lleva al Alzheimer”, sostuvo.
Cambios que todavía no son clínicos
Hasta el momento, el equipo no detectó en los hijos de personas con Alzheimer atrofia cerebral, deterioro cognitivo ni alteraciones graves del sueño. Sin embargo, sí identificó diferencias estadísticamente significativas que todavía se encuentran por debajo del nivel clínico.
En otras palabras, se trata de modificaciones que no permitirían a un médico diagnosticar la enfermedad, pero que podrían resultar relevantes desde el punto de vista científico para estudiar un eventual riesgo futuro.
Abulafia ejemplificó uno de los hallazgos: en determinadas pruebas cognitivas, mientras el grupo de control alcanzaba un rendimiento promedio de 8,5 sobre 10, los hijos de personas con Alzheimer obtenían alrededor de 7 puntos.
También observaron diferencias vinculadas al descanso: los participantes con antecedentes familiares dormían, en promedio, media hora más que el grupo de control, aunque la calidad de ese sueño era peor.
Ahora, el proyecto atraviesa una nueva etapa. Después de 12 años, los investigadores volvieron a contactar a los participantes originales para repetir buena parte de los estudios y determinar quiénes desarrollaron Alzheimer o algún indicio de deterioro cognitivo relacionado con la enfermedad.
Qué buscan determinar los investigadores
El seguimiento permitirá evaluar si las diferencias detectadas originalmente pueden asociarse posteriormente con la aparición de la enfermedad. Para el equipo, confirmar esa relación permitiría avanzar en estrategias de prevención mucho antes de que aparezcan los síntomas.
“Si nosotros encontramos que ser hijos de un progenitor con Alzheimer constituye un factor de riesgo podemos tomar cartas en el asunto con mucho tiempo de antelación. Podríamos confirmar cambios tempranos que se asocian a un posterior desarrollo de la enfermedad y diseñar estrategias de prevención”, afirmó la investigadora.
A mediano plazo, el objetivo es ampliar la cantidad de participantes y replicar los estudios en diferentes lugares, con muestras más grandes que permitan fortalecer las conclusiones.
Mientras continúan los estudios, las recomendaciones para reducir factores asociados al deterioro cognitivo siguen vinculadas a hábitos saludables: evitar el tabaco, mantener una alimentación saludable —con la dieta mediterránea como una de las alternativas destacadas—, realizar actividad física con frecuencia y cuidar la calidad del sueño.
También resulta relevante fortalecer la denominada reserva cognitiva. Estudiar, tocar instrumentos y realizar actividades que estimulen el cerebro favorecen la generación de conexiones y pueden contribuir a compensar durante un período los primeros efectos del deterioro.
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