Seguir describiendo lo que pasa. El relato sencillo y apresurado de lo que se ve en Misiones se parece demasiado a aquel niño que no ha recibido suficiente atención de los padres y busca complacerlos con absoluta obsecuencia. Es una genuflexión previsible que esconde un ruego desesperado: el de ser mirado, el de pretender que alguien registre que todavía existo.
Mientras esta puesta en escena sucede y algunos pocos sirven platos de ponzoña y resentimiento militante, el vecino de a pie sigue esperando en la intemperie. Ignorar lo verdaderamente importante y entregarse al estado de anestesia general garantizado por las no políticas del gobierno del presidente Javier Milei han sabido construir un caldo de cultivo tan abundante que, al menos hasta ahora, ha servido para que algunos puedan despuntar el mediocre oficio de operador de poca monta. Mientras tanto, el país real sigue pasando por el costado.
Entonces, nos cabe la pregunta obligada: ¿estamos ante una sofisticada máster class de realpolitik adaptativa o simplemente la improvisación más absoluta nos ha traído hasta este precipicio?

Radiografía de la asfixia
La radiografía de la asfixia cotidiana exime de mayores análisis teóricos. Empleados públicos brutalmente endeudados por financieras usureras que, sin ningún tipo de control estatal o financiero real, han hipotecado el presente y el salario de miles de familias misioneras. Cientos de atletas locales que deben recurrir a la ya exprimida y desgastada solidaridad de los vecinos para poder cumplir el sueño de representar a su provincia en competencias nacionales e internacionales. Y mientras tanto, las pyme asfixiadas por las medidas macroeconómicas de la Nación conviven con la producción de referencia de Misiones —nuestra yerba, nuestro té, nuestra madera— atrapada y sin salida en un mercado paralizado.
Todos juntos observan con una mezcla de frustración e impotencia cómo la inacción planificada se vuelve, formalmente, el nuevo modelo de gestión local.

Las malas decisiones del gobierno nacional —al menos aquellas tomadas con crueldad y sin antes preparar las estructuras mínimas para que los argentinos resistan el impacto— sumadas a la pasividad temeraria del gobierno provincial de esperar de brazos cruzados que en algún momento la tormenta escampe, han llevado todo a un punto crítico tan serio donde el verdadero relato es, justamente, la ausencia de relato.
Así también transitan estos días grises aquellos actores políticos que ya se han colocado la servilleta debajo de la barbilla, salivando y esperando con ansiedad ocupar un espacio vacante en algún posible armado electoral con alguna de las tantas facciones del oficialismo provincial. Y como si fuera poco, la Copa del Mundo de fútbol ha provisto una oportuna y enorme masa de humo social que ha tapado provisoriamente la carroña de aquellos que, detentando una cuota de poder institucional, han destinado sus pocos o nulos esfuerzos a la cómoda tarea de no hacer absolutamente nada.

El nuevo contrato social
¿Deberíamos entender este tiempo de crisis como una oportunidad histórica para construir una alternativa real de gobierno, o simplemente se trata de que los vientos salvajes que hoy empujan el barco han deshilachado por completo las velas que propulsaban la nave renovadora? Decía una querida profesora que los entornos son aquellos que te ayudan a crecer o los que te garantizan la derrota absoluta, y que solamente el discernimiento ético será tu herramienta para comprender los tiempos que vivirás y las personas que te deberán acompañar en el proceso.
¿Quedarán las luchas épicas relegadas para las viejas y desgastadas oposiciones locales, o podrá el oficialismo provincial reconvertirse a riesgo de dejar de lado a ese público cautivo que se nutrió abundantemente de las mieles del poder, para intentar construir una nueva épica colectiva? Lo único cierto en estos tiempos de desconcierto es que la ola violeta no encuentra rivales de peso en el horizonte, y su camino hacia la reelección no dependerá en absoluto de las cualidades o de los aciertos propios, sino del ruido estéril y desarticulado que hacen los que dicen pararse en la vereda de enfrente.

Aquí es donde los gobiernos provinciales, como el de Misiones, deberán comenzar de manera urgente a trazar una estrategia geopolítica real en dos sentidos simultáneos: uno, qué hacer frente al implacable centralismo del presidente Milei; y el otro, bajo qué nueva forma o contrato social buscará permanecer en el poder local de cara al futuro.
Los pichones de burócratas, junto a los arribistas que sueñan con tener cocheras repletas de autos de lujo, no cuentan con la astucia, la formación ni la estatura intelectual para ensayar una alternativa de poder capaz de volver a enamorar a un pueblo que, como bien sentencia un lúcido grafiti callejero, “basta de realidades, queremos promesas”. Comprender qué está pasando verdaderamente en la calle no es únicamente buscar un responsable al cual apuntar con el dedo; también es la obligación de construir las soluciones de fondo.
El primer paso ineludible para ello es plantear las herramientas necesarias con madurez política, ambición real por el bien común y una absoluta solidez ética. Reunir este tridente indispensable resulta una tarea titánica en los últimos años de la decadencia política Argentina.
Sin embargo, el tiempo de la especulación se terminó, o la conducción local reacciona y endereza el rumbo, o el naufragio general se llevará puesto, por primera vez, el control del gobierno provincial.



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