Cuando la herramienta de construcción social se vuelve ineficiente y sus instrumentos comienzan a ser ruidosos, se produce una peligrosa distorsión en la que comienzan a confundirse si el sentido del espacio de la política son sus propios intereses o el bien común. Este es el síntoma evidente de una degradación institucional silenciosa pero profunda.
Usualmente, en estos casos, los que describen un interés político tienden a confundir de manera sistemática los problemas de gestión partidaria con la gestión de los problemas de la gente; aquellos problemas específicos y urgentes por los que originalmente han sido elegidos a través del voto popular.
Es justamente ahí donde la mirada aguda sobre los problemas reales deja de agudizarse, pierde su capacidad de diagnóstico, carece de empatía y se vuelve una simple observación pasiva, distante y desprovista de toda voluntad transformadora.

El error de la demarcación y el falso dilema en la política
Existe hoy un error conceptual profundamente arraigado en la cultura política contemporánea, que es creer que la construcción colectiva comienza con la definición estricta de en qué lado estás, y no de cuál es el verdadero objetivo. Se ha vuelto un supuesto común pensar que la principal tarea de la dirigencia consiste en exigirle a las personas que se posicionen de un lado o de otro de la grieta ideológica. Sin embargo, este reduccionismo anula el propósito de la representatividad.
Para entender la torpeza de este enfoque, basta con recurrir a una analogía simple pero contundente: en un partido de fútbol no se ubican los once jugadores debajo del área propia únicamente para evitar que les hagan un gol. Si un director técnico hiciera eso, condenaría a su propio equipo a la parálisis. Los jugadores se despliegan distribuidos estratégicamente a lo largo y ancho de la cancha para defender con solidez, armar el juego con inteligencia y hacer los goles necesarios, precisamente porque el único objetivo final es ganar el partido.
Cuando la política olvida este concepto elemental, cae de inmediato en el fanatismo. En lugar de buscar la victoria colectiva de una sociedad, la discusión se atomiza y obedientemente se cuece en el ácido del resentimiento mutuo, distanciándose por completo del verdadero propósito y las aspiraciones del pueblo.

La desconexión con las demandas reales
En ocasiones, cuando funciona de manera virtuosa, la política provee soluciones concretas al desempleado que busca dignidad, al inversor que tiene un sueño y arriesga su capital, a la familia que busca con desesperación su casa propia y al joven que empieza a finalizar sus estudios secundarios con la incertidumbre del futuro sobre sus hombros. El problema estructural surge cuando la política deja de proveer esas soluciones a su pueblo porque decidió, de manera egoísta, conversar únicamente sobre sus propios problemas internos.
En ese vacío de respuestas reales emergen de las oscuridades aquellos personajes mesiánicos que juran y perjuran tener la solución mágica para todo, que simulan conocer lo que le pasa al pueblo y que, aún más adentro de las estructuras, ofrecen la receta perfecta para solucionar el desorden interno del que ellos mismos se alimentan.

Las torpezas de la ansiedad dirigencial
En ese preciso momento, el desastre toma un nuevo rumbo y puede ser descripto con total claridad como una de las grandes torpezas de la ansiedad. Allí es donde comienza el tacticaje de los mediocres, que no es otra cosa que el accionar espasmódico que termina proyectando la miseria de los pobres y amplificando la angustia de un pueblo que ve, con creciente frustración, cómo la prioridad de la dirigencia se ha convertido en resolver sus intereses propios y sus cuotas de poder, y no en cómo se construyen las provisiones, las certezas y las políticas de Estado que esperan legítimamente los gobernados.
Este cortoplacismo fóbico destruye cualquier posibilidad de planificación estratégica. La ansiedad por la supervivencia política o el posicionamiento individual anula la perspectiva histórica y convierte la administración pública en un comité permanente de disputas menores.
Mientras los indicadores sociales crujen, las mesas de discusión se llenan de encuestas, roscas de pasillo y especulaciones electorales abstractas que a nadie más que a ellos interesan.
El análisis de las traiciones como esquema de poder
Ante este panorama, cabe hacerse una pregunta fundamental que interpela el núcleo del comportamiento dirigencial: ¿Cuál será el mal que promueve la equivocación de los dirigentes y ahuyenta los aciertos, provocando que se empiecen a analizar las traiciones como esquema de poder?
Ya en la antigüedad, Aristóteles advertía en su tratado sobre la Política que los sistemas de gobierno se corrompen irreversiblemente cuando quienes ejercen el poder desvían su mirada del bien común para concentrarse exclusivamente en el beneficio de su propia facción. Para el filósofo clásico, la degradación de un espacio político comienza precisamente cuando las leyes y las instituciones dejan de ser un marco de convivencia armónica y se transforman en una herramienta de facciones para la supervivencia de la clase gobernante.
Cuando la traición deja de ser un hecho aislado para convertirse en una categoría de análisis político aceptada y naturalizada, el sistema entero entra en esa fase de descomposición aristotélica. Al no existir un norte que unifique los esfuerzos hacia el bienestar general, los espacios políticos se transforman en facciones corporativas donde la desconfianza mutua es la norma. La paranoia reemplaza a la estrategia, y el canibalismo político se devora la eficacia de la gestión. Así, el poder se vuelve un fin en sí mismo, un juego de sombras donde ganar significa simplemente que el otro pierda, mientras el pueblo asiste como espectador involuntario al naufragio de sus propias esperanzas.



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