En su visita a Radio Up, Gina Anders recordó que su salida de Misiones ocurrió muy temprano, aunque evitó precisar fechas: “Yo salí con 11 años de Caraguatay”, señaló. Aquel traslado no fue voluntario, sino que se debió a una tragedia: “mi papá acá tuvo un accidente y falleció”, explicó. Con tres hijos y un futuro incierto, su madre decidió regresar a Alemania, donde había nacido.
La llegada a Europa no resultó sencilla. “Los principios fueron muy difíciles”, dijo. Aunque se veía a sí misma como alemana, el idioma le resultó totalmente ajeno. “Yo parecía muy alemana, pero no entendía nada”, recordó entre risas. Entró al colegio “con 10 años y medio”, en un ambiente de nieve, reglas estrictas y una tía que solía decirle a su madre: “¿Por qué tus chicos no son como los de acá? ¡Qué fuertes son, qué difíciles!”. En ese contexto, los primeros años, afirmó, “fueron un horror”, y toda la familia deseó volver.

Aun así, hubo un primer punto de luz: “Con 14 años me enamoré la primera vez y ya cambiaron las cosas. El amor hace milagros”, confesó. Pero su corazón siguió siempre anclado a Misiones. “Extrañaba mis amigos, la tierra roja, la libertad… las chicharras a la noche, las maripositas”, dijo.
Su regreso a Caraguatay ocurrió una década después, a los 21 años. “Fue un espectáculo”, recordó. Visitó la casa donde nació, por entonces cuidada por otra familia. Con su madre revisaron los cajones que habían dejado en 1969. “Once años en esos cajones… estaba todo destruido por los bichitos”, contó. Sin embargo, algunas piezas sobrevivieron: “Unas muñecas mías, una jarra que mi mamá había traído desde Silesia cuando se refugió en 1950”. Decidió llevarse algunos objetos a Alemania: “Fueron recuerdos muy fuertes”, resumió.
El tango como destino

El tango había acompañado a su familia desde Misiones. “Siempre escuchábamos tango en Caraguatay con mis padres”, dijo. Ya en Alemania, descubrió en 1985 el espectáculo Tango Pasión: “Ahí vi a esos grandes del tango bailando y me volví loca”. Intentó contagiar a su madre: “Mamá, tenés que ver eso, yo quiero empezar”, le dijo entonces. Pero en esa etapa era imposible: dirigía una agencia de publicidad “muy exitosa, con 20 empleados y trabajo en la moda por todo el mundo”.
La puerta se abrió recién en 2007-2008, durante un viaje a Buenos Aires. Allí conoció a un hombre que la llevó a tomar su primera clase improvisada: “Una horita o dos horitas de tango”, contó. “El tango se quedó, pero el chico no”, bromeó. Volvió a Alemania decidida: “Tengo que aprender tango”, se dijo. Comenzó a tomar clases con maestros argentinos y viajó un año entero, cada semana, solo para bailar en Buenos Aires. “Me enloquecí”, afirmó.
Del tango la atrapó algo más que el baile: “Tiene esa melancolía… y me atrajo la historia de los inmigrantes, cómo se enganchó todo eso en la cuna del tango”. También la conmovieron los abrazos de los maestros mayores: “Yo no sabía nada del tango… y ellos te emocionan con ese abrazo”.
Consultada sobre la pasión implícita en el baile, Gina fue tajante: “Es para diez minutos en los que uno da todo. Te entregás”. Marcó diferencias entre argentinos y europeos: “El alemán es mucho más técnico. Yo bailo por la emoción”. Aun así, admitió que hoy entrena cada vez más en técnica: “La emoción ya la tengo”, dijo con serenidad.
El arte como refugio

Además del tango, Anders cultiva la pintura y el dibujo. Vende sus abanicos intervenidos en eventos de tango: “Tuve la idea de pintar ojos, que significan la mirada… o abanicos donde dice ‘abrázame’. Eso lo compran los hombres para regalar a las chicas”, contó entre risas.
Hoy siente que su obra está en transición. “Quiero salir de mi dibujo ilustrativo y procesar mi arte”, explicó. La búsqueda la realiza junto al reconocido escultor misionero Jerónimo Rodríguez. “Él me respeta, me admira, y con buena onda me intenta sacar de todo eso”, dijo. Con él trabaja en carboncillo y formatos más grandes: “En Alemania no tengo tanto espacio… él me ayuda a aflojarme”.
El futuro: exposiciones y regresos
Gina adelantó que en mayo planea una exposición en Posadas junto a su amiga de la infancia, Teté Morais: “Estamos programando, hablando, viendo dónde será”. En marzo expondrá en Buenos Aires, en la mítica casa de tango El Beso: “Inventamos un mes de la mujer, no solo el día del 8 de marzo”, explicó. Y el 6, apenas regresando a Alemania, tendrá otra muestra en Múnich, en una casa histórica que sobrevivió intacta a la Segunda Guerra Mundial.
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Vida, soledad y aprendizaje
Consultada sobre la posibilidad de vivir del arte, fue sincera: “No se puede vivir de eso… lo hago por mi pasión interna”. Recordó también lo duro del mundo del espectáculo: “Muchos te usan… tenés que funcionar todo el tiempo. Es difícil vivir de la danza”.
En lo personal, contó que la búsqueda interior la llevó al budismo: “Me cambió tanto… busco el equilibrio entre la vida de afuera y la de adentro”. La soledad, dijo, es parte de ese camino: “Me enamoré de mi soledad. Me da muchísima fuerza”.
Su serie más reciente, Las Amazonas, es un tributo familiar: “Representan a mi abuela, a mi mamá y a mí… tres mujeres que decidimos vivir solas”. Su madre y su abuela, ambas refugiadas, fueron viudas que nunca volvieron a tener pareja. Gina eligió otra forma de independencia: “Yo tenía una empresa muy exitosa y no pude sostener una pareja para toda la vida”.
¿Se arrepintió de algo? La respuesta surgió inmediata: “Nada. Como dice Edith Piaf: yo no me arrepiento de nada”. Y cerró con una reflexión que parece definirla entera:
“Cada error me dio más fuerza. Cada día aprendo más. Hay que quedarse curiosa por la vida”.
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