El estrés intenso durante la infancia puede dejar cambios duraderos en el cerebro infantil, Una nueva investigación identificó una alteración física en las neuronas que podría ayudar a explicar por qué las experiencias adversas durante los primeros años de vida aumentan el riesgo de ansiedad, depresión y otros trastornos del estado de ánimo.
El trabajo fue realizado por investigadores de la Universidad Washington en San Luis y la Universidad de Princeton y se publicó en la revista científica Neuron. Los científicos encontraron que el estrés temprano puede modificar la forma en que el ADN se organiza dentro de determinadas células cerebrales, sin alterar su secuencia genética.

Una huella en las neuronas que producen dopamina
Los investigadores analizaron el área tegmental ventral, una región del cerebro que contiene neuronas productoras de dopamina y que participa en la respuesta frente a la recompensa, la adversidad y el estrés.
En ratones expuestos a situaciones de estrés durante etapas tempranas de su desarrollo, detectaron niveles elevados de la enzima SETD7. Esta enzima favorece una modificación química que hace que determinadas regiones del ADN permanezcan más abiertas y accesibles.
Como consecuencia, las neuronas pueden volverse más sensibles a las señales relacionadas con el estrés y reaccionar de manera exagerada ante situaciones posteriores.

El cambio del estrés infantil puede mantenerse hasta la adultez
Los experimentos mostraron que los efectos no necesariamente desaparecen cuando termina la experiencia adversa. Los ratones sometidos a estrés temprano presentaron, al llegar a la adultez, una mayor reactividad de las neuronas dopaminérgicas y conductas asociadas con la ansiedad.
Los científicos también comprobaron que aumentar artificialmente la presencia de SETD7 en animales que no habían sufrido estrés podía generar cambios similares. En sentido contrario, reducir la actividad de la enzima después del estrés temprano evitó parte de la hipersensibilidad observada posteriormente.
El apoyo temprano podría ser clave
El hallazgo abre una nueva línea para comprender cómo las experiencias durante la infancia pueden influir en la salud mental muchos años después. La investigación también plantea que las intervenciones realizadas durante etapas sensibles del desarrollo podrían ayudar a evitar que estos cambios se consoliden.
El acompañamiento psicológico, el apoyo familiar y los recursos sociales durante la infancia podrían contribuir a fortalecer la capacidad del cerebro para adaptarse al estrés y desarrollar mecanismos de resiliencia.
Los investigadores advierten que todavía se necesitan nuevos estudios para determinar hasta qué punto este mecanismo observado en animales también se reproduce en seres humanos, pero consideran que identificar una alteración molecular concreta podría ayudar en el futuro a desarrollar nuevas estrategias de prevención y tratamiento.



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