ajedrez
El refugio del autoritario no siempre puede ser ocupado por aquellos nuevos intérpretes que pretenden reemplazarlo. La descripción de una imagen política resulta con frecuencia compleja y difícil de encasillar en un significado definitivo; sin embargo, la dinámica del poder y los actores que comprenden cabalmente cómo moverse en ella cuentan con la capacidad gráfica de dejar en claro cuándo se está presente y cuándo se ha marcado una distancia estratégica.
Me refiero puntualmente a la escena transcurrida durante las últimas semanas en la Cámara de Diputados de la provincia. Allí se observó a aquellos "valientes" que, rendidos ante la orfandad de que su líder de años les otorgara de golpe la posibilidad de decidir su propio camino, creyeron que era el momento oportuno para exponer sus debilidades y miserias, cuestionando con dureza a quien durante años acompañó, condujo y sugirió el rumbo estratégico de la provincia y de sus órganos legislativos.
Quizás por la conmoción del abandono —interpretado así desde el ego individual en lugar de comprenderlo como una nueva etapa hacia el crecimiento colectivo— algunos creyeron que había llegado la hora de ocupar el refugio vacante. Múltiples comentarios acomodaticios se escucharon en la primera sesión posterior al receso sobre la única ausencia de peso en el recinto: la del diputado Carlos Rovira. "Llegó la hora", murmuraban algunos en los pasillos, convencidos de que un par de sentencias elevadas bastaban para erigirse de inmediato como la nueva autoridad.

El orgullo de los cortesanos y el arte de la estrategia del ajedrez político
La confusión de quienes buscan posicionarse como los nuevos representantes de la escena no responde únicamente a una falta de formación política elemental. Responde, sobre todo, a un enorme orgullo que los empuja a cometer errores de manera permanente. Se mueven en un escenario donde lo que ocurre la mayoría de las veces está determinado por factores de fondo que ellos mismos desconocen. Pretender descuartizar de la noche a la mañana a quien ha sembrado las bases institucionales y políticas de Misiones resulta un ejercicio tan apresurado como torpe.
Las críticas estructurales que puedan existir suelen estar vinculadas al debate sobre la falta de alternancia en el gobierno más que a las decisiones ejecutivas o legislativas de fondo que se han tomado en las últimas décadas.
En este escenario cobra sentido la vieja máxima: cuando se intuye que el rey se ha apartado, los cortesanos corren desesperados a buscar un nuevo altar donde acomodarse para intentar construir un relato a su medida. Sin embargo, ese proceso lleva tiempo y exige prudencia. Antes de emprender semejante aventura, convendría revisar si el rey ha decidido efectivamente abandonar el tablero o si simplemente optó por redefinir su rol.
No sea cosa que, a último momento, el conductor haya decidido redefinir su lugar en el tablero: dejar al canciller la gestión cotidiana y conservar para sí, quizá, la capacidad de marcar los cambios de fondo y sugerir el rumbo del proyecto. Porque en política, una ausencia no siempre significa retirada. A veces significa, simplemente, que quien conoce el tablero decidió cambiar de posición
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Los franquiciantes de la disidencia y la trastienda de la oposición
En el marco de esta nueva etapa de reordenamiento interno —donde el oficialismo busca encauzar sus propias reglas de juego— reaparecen en escena los franquiciantes de la disidencia. Viendo al líder presumiblemente tambaleante, estos sectores perciben la oportunidad ideal para presentar denuncias por malversación de fondos y otras acusaciones. Si bien la fiscalización representa una tarea genuina de la oposición y un requisito fundamental para la salud democrática, la acción carece de valor cuando el contexto desnuda sus verdaderas intenciones.
El mensaje que recibe la sociedad misionera no es el de una alternativa política fiscalizadora, sino el de un grupo de actores que, al atacar al conductor en un momento de repliegue, simplemente terminan jugando a favor de la gestión provincial. Demuestran, una vez más, que siempre han sido funcionales al esquema del oficialismo, manteniéndose muy lejos de representar los verdaderos intereses de una oposición sólida, seria y con vocación de poder.
El percibir una grieta o un tambaleo en la cúpula genera también oportunidades ilusorias. O al menos eso piensan quienes, en la búsqueda desesperada de una figura central, ofrecen sus estructuras locales para que un líder foráneo o nacional los conduzca desde Buenos Aires. Asumen ese riesgo con tal de ser observados por la sociedad, quedando expuestos a repetir el bochornoso escenario de subordinación y dispersión electoral que ya se vivió en 2015.

Las urgencias reales frente a la rosca política
Muchas voces se escucharon en los últimos días. Incluso regresaron algunos actores que habían perdido el hábito de subirse al escenario principal, con el único fin de volver a ocupar espacio en la escena central. Los discursos pretendieron marcar una dirección firme y los gestos buscaron embellecer las decisiones improvisadas, pero la evidente ausencia de mariscales capacitados para sostener el frente provocó que la sola reaparición de aquel a quien pretendían dar por desaparecido exija una redefinición urgente de todo el mensaje político.
Queda mucho camino por recorrer hasta las próximas elecciones. Algunos dirigentes utilizan el ruido interno del oficialismo para recordarle al electorado que todavía siguen vivos, mientras que otros, acostumbrados a leer con frialdad los acontecimientos históricos, entienden que la verdadera virtud de la política reside en saber esperar.
Al final del día, la prioridad insustituible sigue siendo comprender lo que el vecino de a pie reclama en las calles. Las verdaderas urgencias no son las disputas de palacio ni los acomodamientos de la dirigencia, sino las dificultades cotidianas de la gente: el empleo, la salud, la mesa familiar y los alimentos. Misiones no necesita conspiraciones de pasillo ni rebeliones de cartón; necesita promesas concretas de futuro, la certeza de ser parte de ellas y, fundamentalmente, sufrir mucho menos las presiones de la realidad.



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