Cada 23 de mayo se celebra el Día del Cine Argentino, una fecha que remite al estreno de La Revolución de Mayo en 1909, considerado el puntapié inicial de una de las cinematografías más singulares de América Latina. Más de un siglo después, la efeméride invita a repasar las luces y sombras de esta historia. En diálogo con Radio Up, Guillermo Rovira —director de la Cinemateca del Instituto de Artes Audiovisuales de Misiones (IAAVIM)— lanzó una advertencia clara: "Del período mudo del cine argentino solo queda el 3%. De cada 100 películas que se hicieron, solo sobrevivieron tres".
El dato es brutal, y explica en parte el mito de que el cine argentino "siempre se escuchó y se vio mal". Para Rovira, eso no responde a una cuestión técnica de origen, sino a una ausencia estructural de políticas de conservación: "Hay un inconsciente colectivo que dice que el cine argentino se ve mal, pero eso tiene que ver con la falta de buenas copias y de una política nacional de restauración y preservación del cine".

Una historia en tres actos
Rovira propone una lectura en tres grandes momentos del cine argentino: la era dorada del cine industrial, el nuevo cine de los años 60 y la generación de la crisis del 2000. Primero, el auge de la industria durante los años 40 y 50, cuando la Argentina se posicionaba entre las principales cinematografías del mundo. "Había entre 9 y 10 cinematografías fuertes en el mundo, y Argentina era una de ellas", recordó Rovira.
Luego llegó la explosión del "nuevo cine argentino" en los años 60, de la mano de una camada de jóvenes que venían del ámbito técnico, de la televisión o de las primeras escuelas de cine. “Esos cineastas retrataron el drama de su época. Había una especie de trauma generacional: los jóvenes argentinos envidiaban a los europeos porque ellos habían sufrido la guerra, mientras que acá no teníamos una causa fuerte, pero sí el desencanto político tras el exilio de Perón”, explicó. Como ejemplo, Rovira menciona la película Dar la cara, de José Martínez Suárez, que narra las vicisitudes de tres jóvenes que regresan de la colimba en medio de un país convulsionado.
El tercer gran acto es el surgido en los años 90, en medio del colapso económico. “Yo empecé a filmar en el ‘99, y el sentimiento era el mismo: no hay futuro, el país está en ruinas. Entonces, lo único que queda es salir a filmar con lo que se tiene”. Ese impulso urgente, esa necesidad de registrar la época sin depender de grandes recursos, también dio lugar a obras fundamentales que definieron el segundo “nuevo cine argentino”.

Filmamos o desaparecemos
Para Rovira, hay una constante que atraviesa estas etapas: en los momentos de mayor crisis, el cine se vuelve más auténtico. “La única respuesta que vos tenés como cineasta cuando la mano viene jodida es salir a filmar. Salís con lo que hay. Y cuando no le tenés que rendir cuentas a nadie, filmás lo que querés. Eso te vuelve más arriesgado”.
El presente, sin embargo, no parece prometer una nueva camada de cineastas. A diferencia de los años 60 o 90, donde emergieron voces nuevas desde los márgenes, Rovira cree que el próximo salto vendrá de los que ya estuvieron: "No se está gestando una nueva generación. Los que vamos a tener que volver a filmar somos los que ya filmamos hace 20 años. Nos acomodamos a un sistema muy cómodo, y eso nos alejó de la gente".
Según él, la tecnología puede ser aliada. Hoy, “todo el mundo tiene una cámara”. Pero advierte: la comodidad también puede ser una trampa. “Hay una palabra que usó un amigo productor que me quedó grabada: nos acomodamos. Cuando estás muy cómodo, dejás de arriesgar”.
Entre las ruinas de películas que desaparecieron por no haber sido conservadas, y la necesidad de filmar incluso sin recursos, la historia del cine argentino es una constante tensión entre la pérdida y la resistencia.
“Yo insisto todo el tiempo con las copias”, repite Rovira. Su trabajo en la Cinemateca no es solo de archivo: es una forma de resistencia cultural. "Estamos rescatando lo que se pueda y poniéndolo a disposición. Porque si no conservamos nuestra historia, si no filmamos nuestro presente, desaparecemos”.
En el Día del Cine Argentino, su mensaje es claro: la memoria no es solo mirar para atrás. Es también atreverse, una vez más, a poner las patas en el barro. A filmar con lo que haya. A no dejar que el cine, como las películas mudas, se nos prenda fuego en el olvido.



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