En una entrevista profundamente conmovedora en Radio Up, Roberto, vecino de Puerto Iguazú, rompió el silencio y expuso una situación límite: es padre de un adolescente de 16 años con retraso madurativo y malformación cerebral, que comenzó a vincularse con el consumo de drogas, participó en un robo y fue detenido. Sin trabajo, viviendo en una casa prestada y sin luz, sostiene casi en soledad una batalla diaria por la vida y la integridad de su hijo, mientras él mismo reconoce estar “al borde de la desesperación”.
“Estoy en una situación bastante complicada realmente. Tengo un nene de 16 años, tiene una discapacidad, un retraso madurativo y una malformación cerebral. Él no entiende mucho, los chicos se aprovecharon de él, robó, lo agarró la policía, le pegaron los dueños de la moto, le pegaron… y yo vengo buscando un tratamiento para él hace mucho tiempo y no consigo”, relató con la voz quebrada.
Un hijo de 16 años con la edad mental de un niño mucho menor
A lo largo de la entrevista, Roberto explicó que su hijo, aunque tiene 16 años, presenta un desarrollo madurativo muy inferior al que correspondería a su edad. Así, detalló que recién está aprendiendo a leer y escribir y que no comprende nociones básicas de tiempo, distancia o consecuencias.
“El tiene 16 años, pero en la cabeza de él recién empieza a leer y a escribir. No tiene noción de tiempo y espacio. Para él ir a Buenos Aires es como si fuera a 50 kilómetros. Él no sabe si es lunes o martes, no sabe. Todos los días me pregunta: ‘Papi, ¿cuándo llega mi cumpleaños?’”, contó.
De este modo, esa vulnerabilidad cognitiva, sumada a un entorno social complejo, lo deja expuesto a consumos problemáticos y a situaciones de riesgo. En este contexto, según su padre, se relaciona con otros chicos, también menores de edad, que están “en la misma situación” y que terminan arrastrándolo: “Son todos chicos, son todos menores de edad los que están en eso. Él no entiende, lo aprovechan”.

El robo de una moto, la detención y un deterioro que se aceleró
En este escenario, el episodio que encendió todas las alarmas fue el involucramiento del adolescente en el robo de una moto. Roberto relató que, a partir de ese hecho, no solo intervino la policía, sino también los propios dueños del vehículo: “Se fue a robar… robó, lo agarró la policía, le pegaron los dueños de la moto, le pegaron, y terminó preso por el tema del robo de la moto”.
A partir de ese momento, la salud del joven comenzó a deteriorarse aún más. Según su padre, después de la detención: empezó a sufrir dolores de cabeza intensos, se volvió más agresivo y reactivo, y aumentaron los episodios de autolesiones, con golpes y cortes.
“Desde que cayó preso por el tema de la moto, le empezó a doler la cabeza, se puso peor. Él se autolesiona, se corta los brazos, se lastima solo. Es una situación muy difícil”, describió.
Mientras tanto, la tensión en el hogar también crece. Durante la entrevista, Roberto llegó a decir que en ese mismo momento, mientras él hablaba por teléfono, el chico se estaba golpeando en la casa: “Ahora justamente se está golpeando en la casa, porque él no quería que yo cuente la historia de él. Pero me veo obligado, necesito ayuda”.
Una vida de trabajos interrumpida por la crisis y la enfermedad
Para entender el cuadro completo, Roberto también relató su propia historia laboral. Contó que trabajó durante años en el Duty Free Shop de la frontera hasta la llegada de la pandemia. “Yo laboraba en el Duty hasta el 2020, en la pandemia. Trabajaba ahí, y después de la pandemia se terminó, cerró”, recordó.
A partir de allí, sin empleo, se trasladó a Buenos Aires, donde pasó unos cuatro años tratando de sostener el tratamiento y la escolaridad de su hijo, al tiempo que buscaba trabajos temporales. Allí se encontraron con un sistema de salud que, según describe, nunca terminó de dar respuestas concretas.
En ese período, golpeó puertas en distintos servicios de salud mental, acudió al Hospital de Niños, al Bonaparte y a otros centros, e intentó gestionar turnos y seguimientos. Sin embargo, se chocó una y otra vez con suspensiones, cambios de modalidad a virtual y reprogramaciones.
“En Buenos Aires recorrí casi todos los lugares de salud mental. Estuve en el Bonaparte, en el Hospital de Niños, en Arata… Pero cuando por fin conseguía un turno, se suspendía por un motivo o por otro. Llegué a estar en la calle con él en Buenos Aires”, recordó.
A esos problemas se sumaron conflictos en la escuela especial donde concurría el adolescente. Según Roberto: “En el colegio llevó cuchillo, peleaba. Yo tenía que dejar mi trabajo para ir a buscarlo. Mi patrón me decía: ‘Yo te entiendo, pero solucioná tu tema y después seguimos laburando’”.
De esta manera, entre internaciones frustradas, episodios de violencia y el deterioro emocional de ambos, padre e hijo fueron quedando cada vez más al margen.

Regreso a Puerto Iguazú: sin trabajo y viviendo en una casa prestada sin luz
Luego de esa experiencia en Buenos Aires, y ya con la salud y los recursos al límite, hace aproximadamente un año Roberto decidió regresar a Puerto Iguazú. Al principio consiguió trabajo como remisero, aunque con muchas dificultades económicas por manejar un auto que no era propio: “Trabajé como remis unos tres meses con auto ajeno. No es que se gana mucho, pero dentro de todo se salvaba. Hoy ni eso puedo hacer”.
El motivo de abandonar el trabajo fue claro y está directamente ligado al cuidado del adolescente: no puede dejar solo a su hijo en ningún momento, el joven se autolesiona si queda sin supervisión, y Roberto teme que, si sale solo, vuelva a vincularse con el consumo y el delito.
“Estoy 24 horas con él. Si yo lo dejo solo, si sale solo, vuelve a lo mismo. Por eso no estoy trabajando”, explicó.
En consecuencia, hoy Roberto vive en una casita prestada por una de sus hijas, ubicada en un lugar sin luz, sin servicios básicos y prácticamente sin ingresos propios: “Estoy en un lugar sin luz, en una casita que me prestó mi hija. Mis otros hijos me ayudan para comer, porque yo no estoy trabajando ya hace un tiempo. Ellos tienen su trabajo, su sueldo, pero tampoco son solventes”.
Así, la precariedad habitacional se suma al cuadro de discapacidad, adicciones incipientes, antecedentes policiales y ausencia de tratamiento.
Seis hijos, pero una crianza casi en soledad
En paralelo, Roberto explicó que es padre de seis hijos. Cinco de ellos ya son adultos, con sus propias familias, y son quienes lo ayudan económicamente con lo básico. No obstante, la carga cotidiana del cuidado recae casi exclusivamente sobre él.
La mamá del adolescente, por su parte, vive en Puerto Libertad, a relativamente poca distancia. Sin embargo, según contó el entrevistado, prácticamente no participa de la crianza ni del acompañamiento del chico: “Yo lo crío solo. La mamá vive acá cerca en Libertad, pero nunca se acerca a él. No es hablar mal de la mamá, pero él también necesita a veces el tema de la madre, y no la tiene”.
Esta ausencia refuerza la sensación de soledad y desgaste emocional de Roberto, que reconoce que su hijo también sufre esa falta, aunque no pueda expresarlo claramente.

Golpear puertas y no encontrar respuestas
Cuando fue consultado sobre el acompañamiento del Estado y del entorno comunitario, Roberto fue contundente. Señaló que, a pesar de la gravedad del caso ningún representante del municipio ni de organismos oficiales se acercó a ver su situación, en el barrio no encuentra vecinos con herramientas para ayudarlo o contener, y desde el servicio de Salud Mental del hospital le dijeron que no tienen lugar ni recursos para brindarle el abordaje que necesita el chico.
“Me llamaron de Salud Mental del hospital, pero dicen que no tienen lugar, no hay forma, no hay manera. No quiero hablar mal de nadie, no quiero que nadie me malinterprete, pero esto es urgente”, expresó, subrayando que el problema de su hijo viene “de toda la vida”, pero que hoy es más grave que nunca por la combinación de discapacidad, consumo y conflicto con la ley.
De este modo, el sentimiento de Roberto es el de alguien que ya recorrió muchos caminos, pero que sigue sin encontrar una respuesta concreta.
Un pedido claro: estudios, neurólogo, psiquiatra y contención
A lo largo de la entrevista, Roberto reiteró una y otra vez qué es lo que necesita. En primer lugar, pidió estudios neurológicos completos para su hijo: “un estudio en la cabeza”, “un mapa cerebral”, “una tomografía”. En segundo término, reclamó la intervención de un neurólogo y un psiquiatra que ajusten la medicación y definan un tratamiento para estabilizarlo. Finalmente, insistió en la importancia de un espacio donde el adolescente pueda estar contenido, con seguimiento profesional. “Lo que más necesito es un estudio para él. Conseguir un neurólogo, un psiquiatra, medicarle, tratar de tenerlo contenido para que yo también pueda trabajar, para que él tenga una vida mejor. Yo sé que él tiene su discapacidad, pero no por eso no va a tener un porvenir”.
En definitiva, su pedido no se limita a la urgencia médica, sino que apunta a reconstruir un horizonte posible para ambos.
Un padre también enfermo y agobiado, que pide ayuda para sí mismo
Roberto no oculta su propio padecimiento. Reconoce que la situación lo sobrepasa, que su salud física y mental están resentidas y que también él requiere atención.
Por un lado, tiene problemas de columna y de nervio ciático que le generaron dificultades para caminar y lo llevaron, en Buenos Aires, a usar silla de ruedas. Por otro, siente que su capacidad emocional llegó al límite: “Yo también estoy necesitando una ayuda psicológica. Por ahí me desborda, estoy desbordado con los problemas. Esta situación me está llevando al límite de la desesperación”.
Sin embargo, aun en ese estado, insiste en que su prioridad es su hijo: “Si él está bien, yo también voy a estar bien. Lo que quiero es que él tenga una vida mañana, una vida mejor, un porvenir”.
Así, su propio sufrimiento queda muchas veces relegado a un segundo plano, absorbido por la urgencia diaria de sostener al adolescente.

Entre la culpa, el agotamiento y la esperanza mínima de ser escuchado
Otro aspecto que atraviesa el testimonio de Roberto es la tensión entre el respeto por la intimidad de su hijo y la necesidad de pedir ayuda públicamente. Durante la charla, admitió que el adolescente se enoja cuando él habla de sus problemas en los medios. De hecho, mientras se desarrollaba la entrevista, el chico reaccionó mal al saber que su historia iba a ser contada por radio: “Él está enojado porque sabía que iba a haber esta llamada y él no quiere que cuente los problemas de él. Yo le entiendo, él se pone agresivo, pero me obligo, necesito. Si no hablo, no consigo ayuda”.
Sobre el final, los conductores de Radio Up le expresaron acompañamiento, prometieron intentar canalizar la situación para que llegue a oídos de quienes puedan brindar asistencia y le desearon fuerza y paciencia. Roberto, entre agradecido y agotado, respondió: “La verdad les agradezco mucho. Cualquier ayuda, cualquier cosa, un estudio para él, algo para contenerlo… Yo lo único que quiero es que él esté bien. Gracias por atendernos y por charlar con nosotros”.

Una historia que desnuda las fallas del sistema
En última instancia, el caso de Roberto y su hijo expone crudamente varias de las caras más dolorosas de la vulnerabilidad social en la región. Por un lado, deja al descubierto la fragilidad del acceso a la salud mental y neurológica, especialmente para personas con discapacidad. Por otro, muestra la ausencia de dispositivos integrales para adolescentes con retraso madurativo, consumo problemático y conductas de riesgo.
Al mismo tiempo, evidencia el peso desmedido que recae sobre las familias, y en particular sobre un solo cuidador, sin redes de apoyo suficientes, en un contexto de pobreza estructural, falta de oportunidades laborales, consumos problemáticos y violencia.
En palabras de los propios periodistas, se trata de “un papá desesperado que clama por algún tipo de ayuda urgente, tanto para su hijo como para él mismo”, en una casa prestada, sin luz, sin ingresos y con una rutina atravesada por el miedo a lo que pueda pasar si el sistema sigue sin dar respuestas.
La historia de Roberto no es solo un testimonio doloroso: es, a la vez, un llamado urgente a las autoridades de salud, desarrollo social, niñez y discapacidad, y también a la comunidad, para que este joven de 16 años y su padre no sigan enfrentando solos una realidad que los está llevando al límite.
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