La exposición constante al ruido del tráfico podría convertirse en un nuevo factor de riesgo para el desarrollo de la enfermedad de Parkinson. Así lo indica un estudio realizado en Dinamarca y publicado en la revista científica JAMA Neurology, que analizó la evolución de más de tres millones de personas durante un período cercano a los 20 años.
La investigación incluyó a residentes mayores de 40 años que no presentaban la enfermedad al inicio del seguimiento. A partir del análisis de los niveles de ruido en las viviendas y de los nuevos diagnósticos registrados, los investigadores detectaron una relación entre la contaminación acústica y un mayor riesgo de padecer esta enfermedad neurodegenerativa.

Los resultados mostraron que por cada incremento de 11 decibeles en la fachada más expuesta al tránsito, el riesgo de desarrollar párkinson aumentó alrededor de un 3%. En tanto, en la cara menos expuesta de la vivienda, un aumento de nueve decibeles se asoció con un incremento cercano al 4% en el riesgo.
Uno de los hallazgos más relevantes fue que contar con un "lado silencioso" dentro del hogar, es decir, una fachada con al menos diez decibeles menos de ruido que la más expuesta, podría actuar como un factor protector frente a los efectos de la contaminación acústica, especialmente durante la noche.
Vivir cerca de calles con mucho tránsito podría aumentar el riesgo de párkinson
Los investigadores consideran que la exposición crónica al ruido puede alterar la calidad del sueño y generar una respuesta constante de estrés en el organismo. Ambos factores favorecerían procesos como la neuroinflamación y el estrés oxidativo, mecanismos que podrían contribuir al deterioro de las neuronas encargadas de producir dopamina.

La enfermedad de Parkinson es uno de los trastornos neurodegenerativos más frecuentes a nivel mundial y afecta a más de 11 millones de personas. Se caracteriza por la pérdida progresiva de neuronas que producen dopamina, un neurotransmisor esencial para el control del movimiento, lo que provoca síntomas como temblores, rigidez muscular, lentitud de movimientos y alteraciones del equilibrio.
A partir de estos resultados, los especialistas consideran que la contaminación acústica debe incorporarse entre los factores ambientales que pueden influir en la salud cerebral. También plantean la necesidad de impulsar políticas urbanas orientadas a reducir el ruido del tránsito mediante barreras acústicas, una mejor planificación de las zonas residenciales y diseños de viviendas que contemplen espacios protegidos del ruido.
Si bien el estudio no demuestra una relación directa de causa y efecto, aporta nueva evidencia sobre el posible impacto del entorno urbano en el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas y refuerza la importancia de avanzar hacia ciudades con menores niveles de contaminación sonora.



//



