En medio de un escenario educativo atravesado por cambios vertiginosos, la discusión sobre el papel de la tecnología en las aulas vuelve a instalarse con fuerza. ¿Es una aliada del aprendizaje o una amenaza para el vínculo pedagógico? Para el educador y filósofo Eduardo Cazenave, el debate no debería plantearse en términos de oposición, sino de uso y sentido dentro de un sistema educativo que, según advierte, todavía discute problemas propios de otro siglo.
Durante una entrevista en Radio UP, Cazenave reflexionó sobre el presente y el futuro de la educación, abordando cuestiones que van desde el impacto de la inteligencia artificial hasta la crisis del modelo escolar tradicional. Su mirada propone revisar de raíz qué significa aprender, qué deberían aprender los estudiantes y de qué manera enseñar en un mundo donde el conocimiento ya no está limitado a los libros ni al aula.
La tecnología en la escuela: ni aliada ni enemiga
Para el filósofo, la tecnología no es en sí misma ni positiva ni negativa. Su valor depende del uso que se haga de ella dentro del proceso educativo.
Cazenave recurre a una metáfora sencilla: la tecnología es como un martillo. Puede ser una herramienta indispensable si se usa para aprender carpintería, pero también puede convertirse en un problema si se utiliza de forma inadecuada.
“El problema no es la herramienta, sino el uso que se hace de ella”, explica.
En ese sentido, advierte que la educación suele reaccionar tarde frente a los avances tecnológicos. Mientras las innovaciones se suceden a gran velocidad, el sistema educativo tiende a moverse con mayor lentitud, lo que genera tensiones entre lo que ocurre dentro y fuera de la escuela.

La velocidad de la tecnología y la lentitud de la educación
Cazenave recuerda una experiencia personal que ilustra esta brecha. Durante una visita a colegios en Estados Unidos observó dos estrategias completamente diferentes: una institución había firmado un acuerdo con Apple para adquirir más de mil iPads, mientras que la escuela de enfrente prefería esperar para ver si la experiencia resultaba un error antes de adoptar la tecnología.
Ese ejemplo refleja, según el educador, las oscilaciones que caracterizan a la educación contemporánea: momentos de entusiasmo tecnológico seguidos por etapas de rechazo o desconfianza.
Hoy el debate parece repetirse. Después de años de promover la presencia de dispositivos en el aula, algunas instituciones vuelven a restringir el uso de celulares, tablets o relojes inteligentes.
Para Cazenave, esta discusión vuelve a caer en un error conceptual: confundir el instrumento con el aprendizaje.
“Si yo pongo un ejercicio en un cuaderno o en una pantalla, el aprendizaje no cambia. Solo cambia el soporte”, señala.
La verdadera diferencia aparece cuando la tecnología se utiliza para generar experiencias nuevas: encuestas en tiempo real, mapas conceptuales colaborativos o dinámicas de pensamiento colectivo.
Aprender en la era de la inteligencia artificial
La aparición de herramientas de inteligencia artificial abrió un interrogante central para el sistema educativo: si toda la información está disponible en segundos, ¿qué significa aprender?
Para Cazenave, el aprendizaje no puede reducirse a memorizar datos.
“Si aprender es solo contenido, entonces el sistema educativo está obsoleto”, afirma.
La posibilidad de consultar cualquier información en segundos obliga a replantear el enfoque pedagógico. El conocimiento ya no consiste únicamente en almacenar datos, sino en comprenderlos, interpretarlos y utilizarlos.
En este contexto, el educador plantea tres preguntas filosóficas fundamentales para pensar la educación del futuro:
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¿Qué es aprender?
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¿Qué hay que aprender?
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¿Cómo hacemos que los estudiantes aprendan?
Estas preguntas, según sostiene, deberían orientar cualquier transformación educativa.
El desafío de enseñar a pensar
Desde su perspectiva, el objetivo principal de la educación debería ser enseñar a pensar. Sin embargo, el sistema educativo tradicional ha priorizado la repetición de contenidos por encima del desarrollo del pensamiento crítico.
Cazenave sostiene que la mayoría de los estudiantes aprende para aprobar exámenes, no para comprender profundamente lo que estudia. Este fenómeno genera lo que él describe como una especie de “bulimia del aprendizaje”: el estudiante memoriza información para rendir una prueba y luego la olvida inmediatamente.
En su opinión, el aprendizaje auténtico ocurre cuando el conocimiento “atraviesa” a la persona y se integra a su manera de pensar.
“Lo que no te atraviesa, no se aprende”, resume.

La pandemia y el espejo del sistema educativo
La pandemia de COVID-19 también dejó una enseñanza importante para el mundo educativo. Durante ese período, docentes y estudiantes tuvieron que adaptarse rápidamente a la virtualidad.
Sin embargo, Cazenave señala que muchas veces se cometió un error: trasladar el modelo tradicional de clase al entorno digital sin modificar la lógica pedagógica.
Las clases virtuales, explica, reprodujeron en muchos casos la misma estructura que existía antes: largas exposiciones, escasa interacción y poca adaptación a las dinámicas digitales.
Además, la virtualidad dejó al descubierto algo que antes permanecía oculto: los padres pudieron observar de cerca cómo se desarrollaban las clases.
Ese contacto directo con la dinámica educativa generó una nueva mirada sobre la calidad de la enseñanza.
El rol del docente frente a las nuevas generaciones
Ante un escenario en el que los estudiantes pueden acceder a respuestas inmediatas mediante internet o inteligencia artificial, el rol del docente también cambia.
Para Cazenave, la autoridad del educador ya no puede basarse únicamente en el conocimiento de datos. En cambio, debe apoyarse en la pasión, el entusiasmo y la capacidad de generar vínculos humanos.
“La primera condición de un docente es la alegría existencial”, afirma.
El educador sostiene que los estudiantes pueden percibir rápidamente si un profesor ama lo que enseña o simplemente repite contenidos de manera mecánica.
La motivación y el compromiso, asegura, pueden incluso compensar limitaciones del sistema educativo.
Humanismo en tiempos de inteligencia artificial
Paradójicamente, la expansión de la inteligencia artificial podría conducir a un regreso al humanismo en la educación.
Para Cazenave, la tecnología será cada vez más capaz de transmitir información de manera eficiente. Pero hay dimensiones del aprendizaje que ninguna máquina puede reemplazar: la empatía, el acompañamiento emocional, la formación ética y el desarrollo del pensamiento crítico.
La educación del futuro, afirma, deberá recuperar el vínculo humano entre docentes y estudiantes.
“El aprendizaje es persona a persona, mirada a los ojos, corazón a corazón”, sostiene.
Un sistema educativo que teme cambiar
Uno de los principales obstáculos para la transformación educativa es la resistencia institucional al cambio.
Según Cazenave, muchas prácticas escolares se mantienen simplemente porque “siempre se hicieron así”. Desde uniformes con corbata hasta requisitos académicos poco relevantes, el sistema educativo suele preservar tradiciones sin cuestionarlas.
Este conservadurismo también dificulta la innovación pedagógica.
Para el filósofo, el Estado debería promover un modelo más flexible que permita a las escuelas experimentar con diferentes metodologías y compartir aquellas que demuestren mejores resultados.
Curiosidad y aprendizaje: una relación en crisis
Otro aspecto central del debate educativo es el lugar de la curiosidad en el proceso de aprendizaje.
Cazenave sostiene que los niños nacen naturalmente curiosos, pero muchas veces el sistema educativo termina reprimiendo esa inquietud.
Cuando las preguntas constantes de los estudiantes son ignoradas o desalentadas, la curiosidad se debilita.
En ese contexto, los jóvenes buscan respuestas en otros espacios, muchas veces en internet o en videojuegos, donde encuentran entornos más estimulantes para explorar.
Educación y futuro laboral: un escenario incierto
La incertidumbre también atraviesa el mundo del trabajo. Cazenave advierte que muchos de los empleos que existirán en el futuro todavía no han sido inventados.
Incluso plantea que algunas habilidades consideradas indispensables hoy podrían dejar de ser necesarias en pocas décadas.
Por ejemplo, menciona la posibilidad de que aprender a conducir deje de ser relevante si los vehículos autónomos se generalizan.
Ante esta realidad, el educador propone un enfoque basado en la formación integral: desarrollar pensamiento crítico, capacidad de adaptación y cultura general.
“El saber siempre es una herramienta mejor que no saber”, concluye.

Educación 2026: una transformación inevitable
A pesar de las dificultades, Cazenave se muestra optimista sobre el futuro de la educación. Según afirma, existen numerosos docentes que ya están experimentando con nuevas metodologías y generando cambios desde dentro del sistema.
Esos educadores, sostiene, son quienes impulsarán las transformaciones necesarias para adaptar la escuela a los desafíos del siglo XXI.
El camino no será simple ni inmediato. Pero en un mundo cada vez más digital, la educación podría encontrar su mayor fortaleza precisamente en aquello que ninguna tecnología puede replicar: la capacidad humana de pensar, dialogar y aprender juntos.
Estudiantes y tecnología: alertan por la distracción que generan los celulares en clase https://t.co/mKJSuzzfPC
— Radio Up 95.5 (@radioup955) March 11, 2026



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