Aunque suelen confundirse, el paro cardíaco repentino y el ataque cardíaco no son lo mismo, y reconocer sus diferencias es clave para actuar con rapidez y reducir complicaciones graves.
El paro cardíaco repentino ocurre cuando el corazón deja de latir de manera efectiva, generalmente a causa de una arritmia fatal, como la fibrilación ventricular o la taquicardia ventricular. En estas situaciones, el corazón late de forma irregular o demasiado rápida, lo que impide que la sangre llegue al cerebro y a los órganos vitales. La persona colapsa, pierde el conocimiento y puede morir en pocos minutos si no recibe atención inmediata.

En cambio, el ataque cardíaco se produce cuando una arteria coronaria se bloquea y el flujo de sangre no llega al músculo del corazón. Esto genera síntomas como dolor en el pecho, dificultad para respirar, opresión o malestar general. En algunos casos, un ataque cardíaco puede desencadenar un paro cardíaco repentino debido a la falta de oxígeno en el tejido cardíaco.
Qué hacer ante un paro cardíaco
Ante un paro cardíaco, el tiempo es determinante. El Dr. Shapiro remarca que es fundamental llamar de inmediato al servicio de emergencias (911), solicitar un desfibrilador externo automatizado (DEA) y comenzar reanimación cardiopulmonar (RCP) con compresiones torácicas si la situación lo permite.
Los DEA están diseñados para ser utilizados por cualquier persona: el dispositivo detecta automáticamente el ritmo cardíaco y brinda instrucciones claras para aplicar una descarga si es necesario, con el objetivo de restablecer el ritmo normal del corazón.

Quiénes tienen mayor riesgo
La incidencia de paro cardíaco repentino en la población general es baja, pero varía según la edad y las condiciones médicas: Antes de los 35 años, la causa más frecuente es una miocardiopatía subyacente, especialmente la miocardiopatía hipertrófica, una condición en la que el músculo cardíaco se engrosa y se vuelve más propenso a arritmias. Afecta aproximadamente a 1 de cada 500 personas y es la principal causa de paro cardíaco en atletas jóvenes.
Después de los 35 años, el mayor riesgo está asociado a la enfermedad de las arterias coronarias, vinculada a factores como hipertensión, diabetes, tabaquismo, sedentarismo y antecedentes familiares.
Tanto las personas con un estilo de vida sedentario como los atletas de alto rendimiento pueden presentar riesgos, aunque por razones distintas. Por eso, el seguimiento médico y la evaluación personalizada son fundamentales.
Ejercicio físico: clave para la prevención, pero con control
El ejercicio regular es uno de los pilares para la salud cardiovascular y el bienestar mental. Sin embargo, debe realizarse de manera segura. Los especialistas recomiendan controles médicos periódicos que incluyan electrocardiogramas, estudios por imágenes y pruebas de esfuerzo, especialmente en personas con antecedentes o síntomas.

Dificultad para respirar con esfuerzos leves, dolor en el pecho, mareos o desmayos son señales de alarma que requieren evaluación inmediata: “el objetivo es que las personas puedan volver a hacer lo que disfrutan correr, entrenar o practicar deportes pero siempre priorizando la seguridad”, concluye el Dr. Shapiro.



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