Deuda para sobrevivir. Mientras la mora en los pagos alcanza niveles no vistos en 17 años, el Gobierno nacional asegura que este fenómeno es, paradójicamente, el reflejo de un mayor acceso al crédito. Sin embargo, los números muestran una realidad preocupante: cada vez más familias argentinas recurren a los préstamos personales y a las tarjetas de crédito para llegar a fin de mes, y cada vez menos logran cumplir con los pagos.
Según los últimos datos publicados por el Banco Central de la República Argentina (BCRA), la irregularidad del crédito en los hogares —es decir, el porcentaje de préstamos con atrasos o impagos— trepó al 6,6% del total en agosto. Este salto representa un punto porcentual más que en julio y se convierte en el valor más alto desde que el organismo comenzó a medir la serie histórica, en julio de 2008.
Qué dice el Gobierno
Desde el oficialismo, la explicación apunta al crecimiento del crédito como el principal factor detrás de la suba de la mora. “El aumento de los atrasos se explica por una expansión del financiamiento a las familias”, señalan fuentes del Ministerio de Economía. En los últimos meses, se registró un incremento en los préstamos personales para consumo y en los nuevos créditos hipotecarios, impulsados por la estabilidad cambiaria y la reapertura parcial del crédito bancario.
En esta lectura, el Gobierno intenta mostrar el vaso medio lleno: más personas acceden al sistema financiero, aunque también enfrentan mayores dificultades para sostener los pagos en un contexto de tasas elevadas y poder adquisitivo en caída.

Mora sin precedentes desde 2005
El nivel actual de incumplimiento supera incluso los picos de la pandemia de 2020, cuando el confinamiento paralizó la economía y muchos hogares se vieron imposibilitados de pagar sus deudas. Hay que remontarse a junio de 2005 para encontrar un registro similar, aunque el récord absoluto se mantiene en los años 2001-2002, cuando la mora escaló al 25% en plena crisis económica y bancaria.
El informe del BCRA advierte que la mora total del sistema financiero, incluyendo empresas, alcanza el 3,7%, lo que demuestra que el problema está concentrado fundamentalmente en los hogares.
Tasas de interés por las nubes y “apretón monetario”
Los economistas coinciden en que el deterioro del crédito se debe al combo explosivo de tasas de interés liberadas y al “apretón monetario” que el Gobierno implementó desde julio para frenar la volatilidad cambiaria.
Actualmente, la tasa nominal anual para los préstamos personales promedia el 82%, mientras que el Costo Financiero Total (CFT) puede superar ampliamente ese número. Esta carga resulta insostenible para familias cuyos ingresos reales están por debajo del nivel de inflación y con un mercado laboral marcado por la informalidad.
El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del propio Central prevé una inflación anual del 21,9%, lo que genera una brecha enorme entre la evolución de los precios y el costo del financiamiento. En la práctica, endeudarse se volvió una trampa de la que resulta cada vez más difícil salir.
Uso de las tarjetas de crédito: dependencia creciente y pagos mínimos
La situación se agrava con el uso intensivo de las tarjetas de crédito, que se han convertido en una herramienta esencial para cubrir gastos cotidianos, especialmente alimentos, servicios, medicamentos y combustibles. Según el informe del BCRA y datos de consultoras privadas, el 70% de los usuarios activos utiliza la tarjeta para financiar consumos básicos, una práctica que se disparó con la pérdida del poder adquisitivo y el aumento de precios.
Cada vez más personas compran a través de internet y realizan pagos digitales, lo que amplía la disponibilidad del crédito, pero también facilita el sobreendeudamiento. El e-commerce y las billeteras virtuales fomentan el uso del “pago en cuotas” o la opción de “pago mínimo”, que termina multiplicando los intereses.
Los consumos online con tarjeta crecieron más del 45% interanual, y gran parte de ese gasto no se paga en el mes, sino que se refinancia con tasas que superan el 120% efectivo anual. En muchos casos, los bancos ofrecen planes de refinanciación automáticos, lo que genera una bola de deuda que se agranda mes a mes.
Un estudio de First Capital Group advirtió que los saldos impagos en tarjetas superaron los 3,7 billones de pesos en agosto, marcando un nuevo récord histórico.

Contexto regional: el crédito en el NEA y Misiones
Mientras a nivel nacional la mora en los créditos personales y tarjetas de crédito alcanza su punto más alto en 17 años, en el Nordeste Argentino, y especialmente en Misiones, el panorama muestra matices distintos aunque no menos preocupantes. De acuerdo con un informe del IERAL de la Fundación Mediterránea, la provincia encabeza el ranking del NEA en volumen de créditos otorgados a la economía, con un crecimiento interanual cercano al 150% en el sector servicios. Este dato refleja un dinamismo financiero notable, sostenido en parte por políticas provinciales que incentivan el consumo y la inversión interna.
Sin embargo, el aumento del crédito no necesariamente se traduce en bienestar. En Misiones, casi el 40% de los préstamos están dirigidos a personas físicas, lo que revela que el acceso al financiamiento se concentra cada vez más en el consumo familiar y menos en la producción. Aunque los niveles de morosidad promedio se mantienen por debajo del 3,5%, según estimaciones, los especialistas advierten que este dato no refleja el creciente uso de las tarjetas de crédito como herramienta para sobrevivir.
En los últimos meses, el uso del plástico para compras de alimentos, medicamentos y servicios básicos aumentó de forma considerable, impulsado por la pérdida del poder adquisitivo. Los comercios misioneros confirman que muchos consumidores ya no utilizan las tarjetas para gastos extraordinarios, sino para cubrir el día a día. De hecho, el propio BCRA señala que los pagos mínimos y las refinanciaciones automáticas son cada vez más frecuentes en la región, un síntoma claro del endeudamiento silencioso que se extiende también al interior del país.
Si bien Misiones exhibe una morosidad formal más baja que el promedio nacional, el malestar económico se percibe en la calle, en el esfuerzo constante de las familias para estirar los ingresos hasta fin de mes. La provincia, que lidera el crédito productivo en el NEA, también refleja las tensiones sociales que genera el modelo de financiamiento actual: un esquema donde el crédito aparece como una tabla de salvación, pero que termina profundizando la fragilidad económica y emocional de los hogares.
En ese sentido, el caso misionero funciona como un espejo del país. La expansión del crédito —celebrada por el Gobierno como señal de inclusión financiera— convive con un endeudamiento que erosiona la calidad de vida, incrementa el estrés financiero y empuja a miles de familias a vivir entre vencimientos y refinanciaciones. El resultado es un equilibrio precario entre consumo y deuda, donde el dinero que entra se esfuma en intereses, y donde cada compra financiada se convierte en una cuenta pendiente más en la larga lista de preocupaciones cotidianas.

Endeudarse para sobrevivir
Para millones de familias, las tarjetas y los préstamos personales ya no son herramientas para invertir o financiar proyectos, sino mecanismos de supervivencia en medio de una economía ajustada y salarios rezagados. Las refinanciaciones, los pagos mínimos y los préstamos para saldar otras deudas se han vuelto moneda corriente.
La consecuencia es clara: una estructura de deuda cada vez más pesada, con un nivel de mora creciente y menor capacidad de ahorro. Los bancos alertan sobre un riesgo crediticio en aumento, mientras el Gobierno insiste en que el sistema financiero “mantiene solidez” y que “los niveles de morosidad siguen siendo manejables”.
Sin embargo, los analistas advierten que si la tasa de interés real positiva se mantiene alta y los salarios no logran recuperar poder adquisitivo, la mora podría seguir escalando en los próximos meses, afectando no solo al consumo, sino también a la recuperación económica.
El costo emocional de vivir endeudado
El endeudamiento masivo de los hogares no es solo un dato económico: es un síntoma social profundo. Las tarjetas de crédito se han transformado en el último refugio de una clase media que intenta sostener su nivel de vida y de los sectores populares que recurren al crédito para alimentarse o pagar servicios esenciales. Lo que antes era una herramienta de consumo, hoy se convirtió en un instrumento de supervivencia.
Vivir endeudado genera angustia, estrés y malestar cotidiano. Las familias calculan los vencimientos como si fueran bombas de tiempo, reorganizan su alimentación, postergan compras básicas y viven bajo una sensación permanente de amenaza económica. El crédito que prometía alivio termina siendo una carga psicológica y emocional que erosiona el bienestar y la salud mental de millones de personas.

En un contexto donde el trabajo ya no garantiza estabilidad ni poder adquisitivo, la dependencia del crédito expone una verdad incómoda: la economía argentina sobrevive sostenida por plásticos y refinanciaciones, mientras el tejido social se tensa al límite. La deuda deja de ser una cuestión financiera para convertirse en una cuestión humana, donde la lucha por pagar a tiempo se confunde con la lucha por vivir con dignidad.
Encuesta de la CEM: la mitad de las PyME misioneras no prevé crecimiento https://t.co/NDZ58Se7yn pic.twitter.com/5nKNu4HV0P
— Radio Up 95.5 (@radioup955) October 17, 2025



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