Durante décadas, la carne vacuna fue símbolo de identidad nacional, presencia infaltable en asados, celebraciones y comidas cotidianas. Pero los tiempos cambian, y también los hábitos alimenticios. En un giro histórico que refleja tanto las nuevas realidades económicas como las tendencias de consumo, el pollo se ha convertido en la carne más consumida por los argentinos, alcanzando un récord de 47 kilos por habitante al año y desplazando a la tradicional carne vacuna del primer puesto.
El principal factor detrás de este fenómeno es el precio. En un contexto de fuerte deterioro del poder adquisitivo, el pollo se posiciona como una proteína más accesible para los hogares. Incluso con aumentos registrados en carnicerías y supermercados, sigue siendo más económico en casi todos sus cortes comparado con la carne de vaca.
Por ejemplo, el pollo entero ronda entre $10.000 y $15.600 el kilo, dependiendo de la zona y el canal de venta. El pata muslo, uno de los cortes más buscados, se ofrece en presentaciones de 3 kilos por alrededor de $8.500 y $9.000, lo que representa un costo significativamente menor que muchos cortes vacunos. Otros cortes populares como la suprema, al ser completamente deshuesada, tienen un valor más elevado —cercano a los $7.500 por kilo— pero igualmente competitivo en comparación.
Además del precio, el pollo también ofrece versatilidad en la cocina y un alto rendimiento. Cortes como el ala o la carcasa, aunque menos cargados de carne, permiten preparar caldos y sopas nutritivas, muy valoradas en hogares donde se cuida cada peso. Esta flexibilidad convierte al pollo en una opción funcional y adaptable, que responde a la necesidad de estirar el presupuesto sin resignar proteínas.
En conjunto, el consumo total de proteínas animales (incluyendo carnes bovinas, avícolas y porcinas) se mantiene en torno a los 115 kilos por habitante al año, una cifra que los especialistas consideran un techo estructural. Es decir, el consumo interno difícilmente crezca si no hay mejoras económicas o expansión de las exportaciones. Hoy, la demanda interna está condicionada por los ingresos reales, y los consumidores eligen en base al costo-beneficio de cada producto.
En este escenario, el pollo se consolida no solo como la carne más consumida, sino también como un símbolo del ajuste en la alimentación familiar. Su presencia en la mesa responde tanto a una elección práctica como a una necesidad económica. Es, en definitiva, la carne que mejor se adapta a la Argentina de hoy: rendidora, nutritiva, accesible y parte indispensable del menú cotidiano de millones de personas.
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