Hubo un tiempo en que estudiar era mucho más que asistir a la escuela. Para muchas familias de Misiones, levantarse antes del amanecer para caminar varios kilómetros, esperar el colectivo o recorrer caminos de tierra hasta llegar a las escuelas no era solo parte de la rutina. Era una apuesta al futuro. Cada esfuerzo tenía un sentido: se creía que la educación podía abrir puertas que hasta entonces parecían inalcanzables.
En muchas de estas familias, llegar a la universidad significaba convertirse en el primero en obtener un título universitario. No era solamente un logro personal; era también el sueño de padres y abuelos que habían depositado en la educación la esperanza de una vida diferente.
Esa convicción atravesó generaciones.
Ahora me pregunto:
¿Sigue siendo la educación un horizonte de futuro para nuestros jóvenes?
No escribo esta pregunta desde la nostalgia. La escribo desde la reflexión. Considero que la educación continúa siendo una de las herramientas más poderosas para transformar vidas. Precisamente por eso vale la pena preguntarnos qué lugar ocupa hoy en los proyectos de vida de las nuevas generaciones.
Un reciente informe de la UBA (Universidad de Buenos Aires) sobre jóvenes de entre 18 y 29 años en situación de vulnerabilidad aporta datos que invitan a detenernos. Solo uno de cada cuatro jóvenes continúa estudiando; más del 60 % no logró completar el nivel secundario y, al imaginar su futuro, conseguir un trabajo aparece como una prioridad por encima de continuar sus estudios.
Aunque el informe no desagrega información específica para nuestra provincia, sus resultados dialogan con preguntas que también atraviesan la realidad educativa misionera. No porque describan exactamente lo que ocurre acá, sino porque nos invitan a pensar qué lugar ocupa hoy la educación en la vida de nuestros jóvenes.
Más que una preocupación por los datos, esta columna nace de una pregunta: comprender qué lugar ocupa hoy estudiar en la vida de nuestros jóvenes.
En los últimos años, gran parte del debate educativo se ha centrado en cómo mejorar la educación desde la incorporación de nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, nuevas formas de enseñar y evaluar. Son discusiones necesarias y forman parte de los desafíos actuales. Pero hay una pregunta que debería anteceder a todas las demás: ¿cómo podemos pensar la escuela del futuro sin preguntarnos antes si los jóvenes seguirán eligiendo la educación como un camino posible para construir su futuro?
No creo que los jóvenes hayan dejado de valorar la educación. Creo que necesitamos reflexionar sobre cuáles son las condiciones que permiten —o dificultan— que estudiar siga siendo una posibilidad real para construir un proyecto de vida.
En Misiones vemos todos los días familias que acompañan, docentes que sostienen trayectorias cada vez más complejas y jóvenes que, aún con dificultades, continúan buscando oportunidades para construir sus futuros.
Pero también somos testigos de historias en las que estudiar deja de ser una posibilidad inmediata frente a otras urgencias. Allí aparece uno de los mayores desafíos educativos de nuestro tiempo: comprender que las trayectorias no pueden analizarse solamente desde los resultados finales, sino desde las condiciones sociales, económicas y personales que atraviesa cada estudiante.
Cada joven llega con una historia, expectativas y preguntas sobre su presente y futuro. Escuchar esas historias no significa bajar las expectativas, sino construir mejores condiciones para acompañar sus trayectorias y ampliar sus oportunidades.
Pienso nuevamente en aquellas familias que caminaban kilómetros convencidas de que estudiar podía cambiar una vida. Muchas de ellas hicieron ese recorrido para que las generaciones siguientes encontrarán caminos más accesibles.
Hoy esos caminos son diferentes. Ya no siempre se recorren sobre tierra; muchas veces se transitan entre incertidumbres, nuevas demandas y distintas formas de imaginar el futuro.
Este desafío no pertenece solamente a quienes trabajamos en educación. Es una construcción colectiva: escuchar a los jóvenes, comprender sus realidades y generar las condiciones necesarias para que la educación siga siendo un horizonte que puedan reconocer como propio.
La pregunta que nos queda entonces es:
¿Qué necesitamos transformar para que la educación siga siendo elegida por los jóvenes como un camino hacia su futuro?



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