La economía argentina inició el 2026 con un dato que, en la superficie, sugiere recuperación. El Instituto Nacional de Estadística y Censos informó que el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) registró en enero un crecimiento del 0,4% respecto a diciembre en términos desestacionalizados y un 1,9% interanual. Sin embargo, detrás de ese número se despliega una discusión cada vez más presente entre analistas: ¿qué tan representativo es este indicador del estado real de la economía?
Lejos de ofrecer una fotografía homogénea, el EMAE vuelve a mostrar una estructura desigual, donde el crecimiento se concentra en pocos sectores y convive con caídas persistentes en áreas clave. Esa disparidad no solo condiciona la interpretación del dato, sino que también pone en cuestión su capacidad para reflejar el pulso cotidiano del entramado productivo y social.
Un crecimiento empujado por pocos motores
En la comparación interanual, diez de los sectores del EMAE mostraron subas, pero el impulso estuvo fuertemente concentrado. La pesca creció un llamativo 50,8%, mientras que la agricultura, ganadería, caza y silvicultura avanzó un 25,1%, seguida por la explotación de minas y canteras con un 9,6%.
No se trata de sectores menores: son actividades con fuerte perfil exportador y altamente sensibles a variables externas como los precios internacionales. De hecho, el agro y la minería explicaron por sí solos 1,7 puntos porcentuales del crecimiento interanual, lo que revela hasta qué punto el resultado general depende de estos nichos.
Esta concentración abre un interrogante central: cuando el crecimiento descansa casi exclusivamente en los recursos naturales, ¿se está frente a una recuperación sólida o a un rebote condicionado por factores exógenos?
El otro lado del índice: consumo débil e industria en retroceso
Aquí emerge otra limitación del indicador: puede crecer aun cuando amplios segmentos de la economía estén en contracción, generando una percepción de mejora que no necesariamente se traduce en la experiencia cotidiana de empresas y trabajadores.
La narrativa oficial y el debate sobre la medición
El ministro de Economía, Luis Caputo, interpretó el dato como un signo contundente al afirmar que la actividad “marcó un nuevo máximo histórico” y que se ubica 8,3% por encima de enero de 2024. En la misma línea, el presidente Javier Milei reforzó el mensaje con una lectura optimista sobre la tendencia.
Sin embargo, en el plano técnico, el entusiasmo convive con cautela. El EMAE es un indicador adelantado del PIB, construido a partir de estimaciones parciales y sujeto a revisiones posteriores. Esto implica que no es una medición definitiva ni exenta de márgenes de error, especialmente en contextos de alta volatilidad económica.
Además, la comparación interanual puede resultar engañosa cuando se parte de una base deprimida. En ese sentido, parte del crecimiento observado podría explicarse más por un efecto rebote que por una expansión genuina y sostenida.
Miradas privadas: entre el “arranque positivo” y la fragilidad estructural
El economista Julián Neufeld señaló que el año comenzó con una mejora en el margen, impulsada por los sectores exportadores, aunque advirtió que la dinámica sigue siendo desigual. La industria y el comercio, sostuvo, continúan sintiendo el impacto de la apertura económica y la debilidad de la demanda interna.
En la misma línea, Fernando Marull consideró que el comportamiento sigue siendo heterogéneo y proyectó un crecimiento anual del 2,3%, siempre y cuando se mantengan las condiciones actuales.
Desde el Centro de Estudios Políticos y Económicos, el diagnóstico es aún más crítico: el repunte depende de sectores puntuales y no logra derramarse sobre el conjunto de la economía. Esto limita su solidez y plantea dudas sobre su sostenibilidad en el tiempo.
Más allá del dato: la economía real y el desafío de medirla
El EMAE, como herramienta estadística, cumple un rol clave para anticipar tendencias. Pero en contextos como el actual, también deja en evidencia sus límites. No mide distribución del ingreso, ni calidad del empleo, ni capacidad de consumo, variables esenciales para evaluar el bienestar económico.
En ese sentido, el crecimiento del 0,4% en enero puede ser leído de dos maneras: como una señal de recuperación o como un dato insuficiente para hablar de una mejora generalizada. La diferencia entre ambas interpretaciones no es menor, porque define el rumbo de las expectativas y, en última instancia, de las políticas.
El desafío hacia adelante no será solo sostener números positivos, sino lograr que esos números representen una realidad más amplia, menos concentrada y más tangible para la mayoría de la sociedad.
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