El Vaticano conmemoró este jueves 27 de marzo el quinto aniversario de la oración extraordinaria Statio Orbis, un momento que marcó al mundo en los albores de la pandemia de Covid-19.
Aquel 27 de marzo de 2020 el papa Francisco presidió una celebración sin precedentes en una plaza de San Pedro completamente vacía, un evento que fue transmitido en vivo a millones de personas confinadas en sus hogares, sumidas en el miedo y la incertidumbre por un virus que paralizó al mundo.
Andrea Tornielli, director editorial del Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede, rememoró aquel día con palabras cargadas de emoción: “La plaza estaba dramáticamente vacía, a pesar de que millones de personas en todo el mundo estaban atentas a la televisión, atrapadas todavía en la larga cuarentena del confinamiento, temerosas del virus invisible que se cobraba tantas víctimas y las llevaba a las unidades de cuidados intensivos de los hospitales, sin que sus familias pudieran verlas, saludarlas o incluso celebrar sus funerales”, dijo.
En esa noche lluviosa, Francisco caminó solo hacia la silla presidencial en la plaza, bajo la mirada de un mundo que buscaba consuelo.
Reflexionó sobre el pasaje evangélico en el que Jesús duerme en una barca azotada por una tormenta, mientras sus discípulos, llenos de miedo, lo despiertan. “La tormenta desenmascara nuestra vulnerabilidad y expone las falsas y superfluas seguridades con las que construimos nuestros programas, nuestros proyectos, nuestros hábitos y prioridades”, dijo el Pontífice, palabras que resonaron profundamente en un planeta enfrentado a su propia fragilidad.
Símbolos de fe en medio de la crisis
Para la ocasión, se trasladaron al Vaticano dos símbolos de gran significado: el ícono de María Salus Populi Romani, venerado en la basílica de Santa María la Mayor -donde el Papa suele orar antes y después de sus viajes internacionales-, y el crucifijo de la iglesia de San Marcello al Corso, considerado milagroso por haber detenido, según la tradición, la peste de 1522 en Roma.
Estos elementos no solo evocaron la intercesión divina, sino que también conectaron el momento con la historia de la Iglesia en tiempos de adversidad.
Francisco finalizó la oración con una bendición especial Urbi et Orbi -a la ciudad de Roma y al mundo-, un gesto que, junto con las misas diarias que celebró en la capilla de Santa Marta durante el confinamiento, lo convirtió en un faro de esperanza.
Tornielli destacó la cercanía del Papa con la humanidad: “Había comprendido a todos en el abrazo de la plaza vacía, en la bendición con el Santísimo Sacramento, en el sencillo gesto de besar los pies del crucifijo, que parecía llorar porque estaba expuesto a la intemperie de una noche de principios de primavera”, deslizó.



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