El modelo económico aplicado hasta acá tiene como objetivo inicial alcanzar la estabilidad económica, estabilizar variables, gastos, y transacciones que hagan viable y sustentable, según su concepción, al País, para lo cual desde el inicio esta gestión se centró en el equilibrio macroeconómico, haciendo hincapié fundamentalmente en el equilibrio fiscal, bajo la convicción de que este permitirá resolver, como consecuencia, los problemas de la economía real. Sin embargo, la macroeconomía y la microeconomía no pueden considerarse compartimentos estancos, ya que forman parte de una misma realidad económica, la economía es una sola, donde los distintos equilibrios se condicionan entre sí. Uno de los más importantes es el de la balanza de pagos, determinante para la disponibilidad de divisas que necesita nuestro país.
La estrategia adoptada se sustentó en la restricción monetaria, la reducción de los gastos con la supresión-desaparición de áreas del estado, varias esenciales e importantes con el consiguiente despido de personal, la reducción del circulante, por ende, la contracción de la demanda y el condicionamiento de los salarios, procurando disminuir la inflación. Este proceso, acompañado por una apertura de importaciones y un tipo de cambio administrado, ha generado una reducción de la actividad económica, mientras el aumento de los alimentos y de los servicios esenciales —agua, energía eléctrica y gas— disminuye el ingreso disponible de la población. En simultáneo, la reducción del gasto público, el cierre de organismos, la eliminación de fondos específicos y el recorte de la obra pública profundizan las dificultades de numerosos sectores productivos. Ocasionando la desaparición de más de 35.000 pymes y más de 350.000 puestos de trabajo. El resultado es un deterioro del entramado económico y social.
Estas medidas tampoco pueden identificarse sin más con los principios de la escuela clásica del liberalismo económico, ni confundirse con las distintas corrientes que integran el pensamiento liberal, no es que este escrito reclama esta orientación ni el maistreem, pero si lo destacamos. Estamos ante una orientación que combina disciplina fiscal, restricción monetaria, apertura comercial y una fuerte reducción de la intervención estatal en determinadas áreas, con mecanismos de control cambiario y administración de variables financieras. La cuestión no es una discusión doctrinaria, sino evaluar sus resultados, sus costos y su sustentabilidad.
El equilibrio fiscal es necesario, pero debe alcanzarse como parte de un proceso que tenga a la producción, el trabajo y la soberanía económica como ejes fundantes, una alianza de sectores que conciban un Proyecto federal de desarrollo. En un país en vías de desarrollo como el nuestro, las dificultades para sostener una estructura industrial, científica y tecnológica propia aumentan la dependencia del mundo y la necesidad de divisas. Por ello, cualquier transformación debe contemplar la reconversión de actividades, la capacitación de los trabajadores y su incorporación a nuevos sectores, sin destruir sus ingresos ni su dignidad, con justicia social. Las políticas de shock, todos las conocemos, no se puede ser ¨resultadistas¨ sin pensar en los costos de destrucción y los años en restablecer : la espertiz, el capital de trabajo, la tecnologías, si es que es posible recuperar, la población ¨centrifugada socialmente¨ sin poder encontrar tarea , trabajo , formas básicas de ingresos, si son medidas aplicada a toda costa y en tiempos extremadamente cortos, producen daños difíciles de revertir cuyas consecuencias todavia no son mensurables por estar en plena vigencia.
La pérdida del salario real, tanto de los trabajadores formales como informales, junto con la caída del consumo y la apertura importadora, reduce la demanda de bienes nacionales y afecta-bajando al mínimo- la utilización de la capacidad instalada. Cuando las empresas producen menos, disminuyen sus necesidades de insumos, desestiman inversiones-nadie invierte si no hay consumo- y, en muchos casos, reducen personal o directamente cierran. Se destruye empleo, cae nuevamente el consumo, se resiente la recaudación fiscal y el Estado dispone de menos recursos para sostener sus prestaciones. Se configura así un círculo que puede retroalimentar el estancamiento con inflación, aun cuando la inflación muestre una desaceleración.
La cuestión central es que la desinflación obtenida mediante una contracción de la demanda no garantiza, por sí sola, una recuperación sostenible. La inflación responde a distintos factores y su evolución debe analizarse en relación con los salarios, los costos, el tipo de cambio, las tarifas, las expectativas y la política monetaria. Una economía puede mostrar avances en determinados indicadores y, al mismo tiempo, experimentar un deterioro de su capacidad productiva y de las condiciones de vida de amplios sectores de la población.
En este contexto, los jubilados, los trabajadores, las clases medias y los sectores de menores ingresos soportan una parte importante del costo del ajuste. Las cifras difundidas sobre cierres de empresas y pérdida de puestos de trabajo son una realidad; el problema de fondo es indiscutible como cuestión de política económica: cuando desaparece una pyme o una industria, no solo se pierden puestos laborales. También se destruyen conocimientos, experiencia, proveedores, capacidades tecnológicas y capital productivo acumulado durante años, cuya recuperación puede resultar muy difícil.
Mientras tanto, los sectores agropecuario, minero y energético, junto con los hidrocarburos, adquieren un papel creciente en la generación de divisas. Su expansión constituye una oportunidad para el país, pero no asegura automáticamente el desarrollo del conjunto de la economía. Esto beneficia al 15 % de la población, estas actividades NO generen encadenamientos productivos, empleo, inversión, innovación y proveedores nacionales, de manera que sus beneficios alcancen al resto de la sociedad que es del orden del 80 % de la población. El denominado derrame no puede darse por supuesto: requiere condiciones e instrumentos que lo hagan posible.
La sustentabilidad del modelo depende, además, de la disponibilidad de divisas para afrontar los compromisos externos (importantes en 2027), los intereses de la deuda, los giros de utilidades y las necesidades de importación. Hoy los ingresos genuinos en divisas no alcanzan para cubrir esas obligaciones, el financiamiento mediante nuevos préstamos, emisiones de deuda, privatizaciones (el ¨mercado¨ no cuenta hoy con la misma propensión a tomar activos financieros).La asistencia externa son ¨parches¨ para las necesidades inmediatas, no soluciones sustentables, ya que genera nuevos compromisos futuros. Por ello, resulta indispensable analizar no solamente el equilibrio fiscal, sino también la cuenta corriente, la cuenta financiera, las reservas y la capacidad de generar dólares de manera sostenida.
La experiencia argentina, incluida la convertibilidad y la crisis de 2001, demuestra la importancia de examinar los riesgos de los esquemas que dependen de un flujo continuo de divisas y de condiciones financieras favorables. No se trata de afirmar que las circunstancias actuales sean idénticas a las del pasado, sino de reconocer que un equilibrio de corto plazo puede volverse vulnerable si no está respaldado por una estructura productiva competitiva, una adecuada generación de divisas y una capacidad suficiente para afrontar los compromisos externos.
La inversión extranjera es bienvenida, sin viene a potenciarnos, para ampliar la producción, incorporar tecnología y desarrollar nuevos mercados. Pero esos capitales responden a sus propias condiciones de rentabilidad y seguridad, y sus decisiones pueden modificarse cuando cambian las circunstancias. Por ello, atraer inversiones mediante incentivos fiscales, facilidades regulatorias y regímenes especiales debe formar parte de una estrategia que contemple también la generación de valor agregado nacional, la participación de proveedores locales y la transferencia de conocimientos. De lo contrario, podemos aumentar la explotación de nuestros recursos sin construir, en igual medida, nuevas capacidades productivas.
Al mismo tiempo, la apertura de importaciones plantea un desafío para las pymes y las industrias nacionales cuando deben competir con economías que poseen distintas escalas de producción, niveles tecnológicos, subsidios y estructuras de costos. Si a ello se agregan elevados costos internos, presión tributaria, crédito caro y una demanda debilitada, la competitividad se hace imposible. La discusión no debería reducirse a abrir o cerrar la economía, sino a establecer en que modelo queremos y pretendemos crecer ,en qué condiciones la apertura contribuye a mejorar la productividad y bajo cuáles puede acelerar la pérdida de capacidades productivas que el país necesita preservar y desarrollar.
La estabilidad económica, por lo tanto, debe ser sustentable. No alcanza con alcanzar determinados equilibrios durante un período si, simultáneamente, se deterioran la infraestructura, los ingresos, el empleo, la industria y las capacidades científicas y tecnológicas. El verdadero desafío consiste en compatibilizar la estabilidad macroeconómica con el crecimiento de la producción, la generación de trabajo digno, la justicia social y una inserción internacional que no profundice nuestra dependencia.
Para ello necesitamos un Proyecto Federal de Desarrollo Nacional, construido mediante una gran alianza entre los sectores productivos, los trabajadores formales e informales, el sistema científico y tecnológico, las universidades y el Estado. Un proyecto que establezca objetivos por etapas, con plazos, metas verificables y responsabilidades compartidas; que contemple las particularidades de un país bi-monetario, las necesidades de divisas y las diferencias entre sus economías regionales; y que permita integrar a los distintos sectores en una estrategia común.
No se trata de desconocer la necesidad de ordenar las cuentas públicas, controlar la inflación o atraer inversiones. Se trata de comprender que esos objetivos deben integrarse en una política de desarrollo que preserve y amplíe nuestras capacidades productivas, reduzca las vulnerabilidades externas y permita que los beneficios del crecimiento lleguen al conjunto de la sociedad.
La independencia económica no consiste en aislarse del mundo, sino en contar con las capacidades necesarias para relacionarse con él desde una posición más sólida. Requiere producir, innovar, incorporar tecnología, generar divisas y desarrollar conocimientos propios. Evitar en estos tiempos convertirnos en ¨una colonia Digital¨. Requiere, en definitiva, que la estabilidad sea el punto de partida y no la finalidad última de la política económica.
La síntesis de lo que debemos considerar es que:
Sin una base científica, tecnológica e industrial propia y suficiente, el desarrollo será imposible.
Ley de mercados de carbono: el Senado podría tratar esta semana el proyecto de Rojas Decut https://t.co/glBaEyOauq https://t.co/Db93IIAI7V
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