Hubo una época en la que la política marcaba el pulso de la conversación pública. Un proyecto de ley, un discurso presidencial o una crisis económica definían los temas del debate. Era el viejo esquema del gatekeeping: los medios y los partidos decidían qué entraba en la agenda y qué quedaba fuera.
Hoy ocurre exactamente lo contrario. La política ya no siempre crea la agenda; muchas veces la encuentra ya construida e instalada en la sociedad.
El reciente informe de Ad Hoc Digital, de Lucas Raffo (del 1 al 31 de julio), sobre la conversación en redes durante el Mundial, expone un mecanismo mucho más profundo que una simple coyuntura deportiva. Revela la velocidad con la que un sentimiento colectivo nacido en las redes sociales puede transformarse, en apenas unos días, en una decisión de Estado.
Es, en cierto modo, una reescritura de la clásica teoría de la agenda setting, formulada por Maxwell McCombs y Donald Shaw: si antes los medios no nos decían qué pensar, pero sí sobre qué pensar, hoy esa función ya no depende exclusivamente de un editor. La ejerce el algoritmo, que ordena la conversación según el nivel de interacción (engagement) que genera cada contenido.
Todo comenzó con una narrativa aparentemente espontánea. Durante el torneo proliferaron acusaciones de racismo, teorías sobre un campeonato "arreglado" y críticas geopolíticas que alimentaron la percepción de una campaña internacional contra Argentina. El informe sostiene que esas conversaciones fueron amplificadas por los algoritmos y por distintas comunidades digitales, aunque no se encontraron evidencias de una coordinación masiva que permitiera hablar de una operación organizada.
Hasta allí podía haber quedado como una típica polémica de redes sociales. Pero no.
El Gobierno comprendió rápidamente el potencial político de ese clima emocional. La discusión dejó de girar alrededor del fútbol y comenzó a desplazarse hacia la inmigración, las universidades públicas y el acceso de los extranjeros a los servicios del Estado.
El informe reconstruye con precisión ese recorrido. Primero aparece el encuadre (framing), concepto desarrollado por Robert Entman (1993), mediante el cual un hecho es presentado bajo una determinada interpretación. Luego llega la amplificación a través de dirigentes, influenciadores y medios de comunicación. Finalmente, esa conversación termina traducida en una política pública.
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La política del siglo XXI ya no espera que los problemas maduren. Busca conversaciones que ya existen, las interpreta, las amplifica y, cuando le resultan funcionales, las convierte en decisiones de gobierno.
Ya no importa si el detonante fue un partido de fútbol, un video viral o un simple meme. Lo verdaderamente importante es la emoción que logra despertar.
Las emociones viajan mucho más rápido que los argumentos. Las redes sociales funcionan como grandes administradoras de estados de ánimo. Lo que numerosos estudios sobre plataformas digitales denominan contagio emocional explica cómo sentimientos como la indignación, el miedo o el orgullo herido se propagan con mucha mayor velocidad que cualquier dato objetivo o evidencia estadística.
Ahora bien, aunque Javier Milei recuperó protagonismo digital al subirse a la ola del Mundial, el sentimiento predominante sobre su figura continuó siendo mayoritariamente negativo por sexto mes consecutivo. Es decir, aumentar el volumen de la conversación no implica necesariamente mejorar la imagen pública.
Este es un aspecto que gran parte de la dirigencia todavía no termina de comprender. Confunden visibilidad con consenso, tendencia con apoyo y viralización con liderazgo.
Las redes premian el conflicto; la política necesita gobernabilidad. Ambas lógicas rara vez coinciden.
El estudio de Ad Hoc también es claro respecto de la calidad democrática. Los algoritmos privilegian los contenidos que generan indignación y las publicaciones más extremas, falsas o provocadoras alcanzan millones de visualizaciones mucho antes de que aparezcan las rectificaciones.
El clima emocional puede convertirse, poco después, en materia prima para la acción política.
Las democracias modernas ya no dependen únicamente de gobernar bien. Necesitan comprender cómo circula la información, cómo se construyen las percepciones y de qué manera una conversación digital puede terminar condicionando la agenda institucional.
La política tradicional discutía proyectos. La política digital administra estados de ánimo. Y quien logre interpretar primero esos estados de ánimo tendrá ventaja sobre quienes todavía creen que la opinión pública se construye exclusivamente desde los partidos políticos o los medios tradicionales.
Multitudinaria movilización en Posadas contra la extrajerización de tierras: “Es la forma de defender nuestros derechos”https://t.co/2c3xrpYrfq pic.twitter.com/qDviSHP1Pu
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