A un año de la tragedia vial ocurrida en Campo Viera, el recuerdo de aquella madrugada continúa presente en quienes participaron de las tareas de asistencia y en las familias que perdieron a sus seres queridos. El padre Fabián Szyszkowski, quien estuvo en el lugar y colaboró durante el operativo, repasó lo sucedido y reflexionó sobre las consecuencias humanas de un hecho que conmocionó a toda la comunidad.

El accidente ocurrió cerca de las 4:30 sobre la Ruta Nacional 14, a la altura del kilómetro 892, en el puente sobre el arroyo Yazá, entre Campo Viera y Oberá. Un colectivo de dos pisos de la empresa Sol del Norte, que viajaba desde Oberá hacia Puerto Iguazú, chocó de frente con un Ford Focus que circulaba en sentido contrario. Tras el impacto, el ómnibus rompió el guardarraíl y cayó al cauce del arroyo.
En comunicación con el programa La Última Rosca, emitido por Radio Up, mediante un móvil exclusivo de Radio Up, el sacerdote describió las marcas que dejó el accidente entre bomberos, policías, personal municipal, integrantes de Cáritas y vecinos que se acercaron para colaborar: “Ya hace un año y a los que estuvimos ahí nos parece como si fuera ayer”, señaló.
En ese sentido, remarcó que el paso del tiempo no logró cerrar todas las heridas que dejó la tragedia: “Hay heridas que siguen abiertas todavía, principalmente en las familias, pero también en todas las personas que pudieron estar ahí para dar una mano”, expresó.
El recuerdo de una madrugada marcada por el dolor
Szyszkowski contó que llegó al lugar después de comunicarse con el jefe de Bomberos para consultar si necesitaban colaboración. La respuesta fue contundente: “Hace falta todo”.
El sacerdote recordó que llevó agua y frutas y puso su vehículo a disposición para colaborar con las tareas de asistencia. Sin embargo, al llegar al lugar se encontró con una escena cuya magnitud no había alcanzado a dimensionar: “Había escuchado que se accidentó un colectivo, pero no sabía la magnitud de lo que había pasado. Solamente estando ahí, bueno, directamente bajé al arroyo a ayudar en todo lo que se podía”, relató.
Las condiciones también eran adversas. El agua del arroyo Yazá estaba crecida y era extremadamente fría. Mientras los bomberos trabajaban dentro del agua y sobre el colectivo, otras personas colaboraban en el traslado y la asistencia: “Fue un momento donde había un impacto tras otro. Estábamos todos en shock y haciendo todo lo que podíamos para poder salvar la vida de alguien”, recordó.
Uno de los momentos que permanecen en su memoria ocurrió cuando encontraron una mamadera dentro del colectivo. El hallazgo generó incertidumbre entre quienes participaban del operativo y motivó nuevas revisiones para comprobar que no hubiera quedado nadie en el vehículo o en el arroyo: “Nos mirábamos y decíamos: ‘¿Qué pasó? ¿Alguien se nos escapó? ¿Alguien se lo llevó el agua?’”, recordó sobre aquellos instantes.
“En la comisaría estaban los cajones”
Entre las escenas que más lo marcaron, el sacerdote recordó el encuentro con una familia que había llegado en busca de información sobre uno de sus integrantes: “Llega una familia y dice: ‘Me dijeron que a mi hijo lo habían llevado al hospital, pero fuimos al hospital y no está’”, contó.
La familia creía que la ausencia de su ser querido en el hospital significaba que se encontraba bien y que podrían encontrarlo en la comisaría. Sin embargo, allí estaban los cuerpos de las víctimas a la espera de ser identificados y entregados a sus familiares: “Y ahí me rompió el corazón porque en la comisaría estaban los cajones”, expresó Szyszkowski.
Después de las tareas de asistencia, el sacerdote también acompañó a las familias, compartió momentos de oración y participó de las despedidas. Una experiencia que, según reconoció, continúa presente en su memoria: “Es una imagen que no se me borra”, afirmó.
Al recordar su trayectoria acompañando intervenciones y situaciones de emergencia, tanto por su actividad como bombero como por sus recorridos en la ruta, fue contundente: “Esta es por mucho la más fuerte, la más dura y que todavía todavía se siente en el alma”.
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El acompañamiento a las familias durante el año
El sacerdote explicó que, después de la tragedia, desde la comunidad se realizaron distintas acciones para acompañar a quienes atravesaron la pérdida de sus seres queridos. La oración cotidiana, las misas, las procesiones y otros gestos comunitarios formaron parte de ese proceso.
También señaló que algunas familias mantuvieron contacto con la comunidad religiosa, mientras que otras reciben acompañamiento en sus lugares de residencia, a través de sus pastores, sacerdotes y de la pastoral universitaria.
En relación con el impacto que tuvo el accidente entre quienes participaron de las tareas de asistencia, describió las dudas que persistieron incluso después de finalizado el operativo: “Una de las reflexiones que tenían los bomberos era: ‘¿Y si hubiéramos hecho tal cosa?’. Buscar cómo podríamos haber hecho para salvar una vida más”, relató.
Para Szyszkowski, esa pregunta refleja una de las marcas más difíciles de sobrellevar después de una tragedia de semejante magnitud: “Puede haber formación, puede haber algo de preparación, pero frente a una tan grande, no hay ni mente ni corazón que se prepare para vivir eso”, sostuvo.
La fe y el valor de compartir tiempo con los seres queridos
Al reflexionar sobre cómo continuar después de una experiencia de estas características, el sacerdote destacó la importancia de reconocer que quienes estuvieron en el lugar hicieron todo lo que pudieron, sin dejar de poner en manos de Dios aquello que escapó a sus posibilidades: “Todo lo que hicimos lo hicimos con mucho amor, con mucho cariño, cuidando a cada uno y dando lo mejor que se pudo. Y lo otro, poniendo en manos de Dios lo que no pudimos”, expresó.
La tragedia también le dejó una reflexión que, según explicó, suele compartir durante sus homilías: la necesidad de valorar el tiempo con las personas que uno ama y evitar que los conflictos cotidianos ocupen un lugar central en la vida: “Si tenemos en cuenta eso, vamos a preocuparnos por abrazar un poco más, por amar un poco más, por preocuparnos un poco más y compartir tiempo de calidad con nuestros seres queridos”, manifestó.
En esa misma línea, agregó: “Cada vez que salimos, podríamos saludar bien con un beso, con un abrazo, porque no sabemos si volvemos”.
Para el sacerdote, la fe representa también un sostén frente al dolor y a aquello que no siempre puede comprenderse. Al recordar el trabajo de policías, bomberos, gendarmes, municipales y vecinos durante el operativo, destacó la disposición de quienes se acercaron para colaborar: “Ese día en el puente Dios estuvo presente en medio nuestro rescatando a cada uno de sus hijos”, afirmó.
A doce meses de la tragedia, el recuerdo de las nueve víctimas y de aquella madrugada continúa atravesando a Campo Viera. Para quienes estuvieron allí, el aniversario no representa solamente una fecha en el calendario, sino también una oportunidad para recordar a las familias, reconocer a quienes colaboraron y mantener presente una experiencia que, como expresó Szyszkowski, todavía se siente en el alma.
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