doctrina
¿Qué pasa en un hogar cuando el jefe de familia ya no puede garantizar el alimento básico de los suyos? ¿Qué ocurre cuando la madre, que desde tiempos inmemoriales ha sido el pilar de contención y orden en la estructura familiar, se queda sin herramientas, despojada de posibilidades y sin encontrar trabajo de ningún tipo? ¿Qué le pasa por la cabeza al joven de la casa cuando observa cómo el entramado familiar se desmorona día a día, mientras el futuro que intenta construir carece de un solo ejemplo positivo que lo aliente a seguir adelante?
Son interrogantes dolorosos que apelan al corazón de nuestra convivencia. ¿Qué pasa con la vida cotidiana cuando la batalla ya no es únicamente contra las enfermedades biológicas, sino contra la enfermedad social más antigua y devastadora que conocemos: el abandono?
Son muchas preguntas que, a medida que transcurren las semanas, encuentran cada vez menos respuestas en la gestión pública. Con el correr de los meses, aquello que desde los despachos oficiales se definió con entusiasmo como un “cambio cultural”, en la práctica no ha demostrado ser otra cosa que un perfecto y despiadado modelo de selección natural y supervivencia del más fuerte.


El agotamiento de las cacerolas y la falsa victoria cultural
En este escenario, ya no alcanza con un debate ideológico entusiasmado. Aquello que en otras épocas supo ser el impulso ciudadano para cuestionar los abusos o desvíos de los gobiernos de turno parece haber perdido su capacidad de movilización. Una marcha, un cacerolazo o un acto político tradicional han dejado de ser los canales efectivos para canalizar el descontento popular.
Algunos analistas y funcionarios asumen apresuradamente que esta falta de respuesta en las calles representa la victoria definitiva del nuevo paradigma cultural. Sin embargo, la realidad subyacente es sensiblemente peor. La mentada “teoría del descarte” no era una simple discusión teórica o legislativa; se ha convertido en el desprecio cotidiano por lo que le pasa al vecino de al lado, en una insensibilidad institucionalizada que naturaliza el sufrimiento ajeno.
La doctrina del relato potente, impregnada de un abierto desprecio por las aspiraciones populares y por el ascenso social acompañado por el Estado, ha convertido a la Argentina en una suerte de simulacro de La Purga. El país que alguna vez supo ser un refugio de contención, progreso y movilidad social para los argentinos, hoy se ha vuelto un terreno hostil e impredecible.
El ajuste provincial y la trágica huida hacia adelante
Empujadas por la inercia de este supuesto cambio cultural, las provincias han construido sus propios relatos para satisfacer a los detractores y militantes del oficialismo nacional. Con el objetivo de exhibir equilibrios fiscales y superávits que complazcan la doctrina del “sálvese quien pueda”, se han recortado de forma drástica las políticas de contención estatal real.
Esta estrategia destruye día a día el entramado social. Detrás del ruido mediático, de la pauta y de las planillas de excel, hay familias reales que enfrentan consecuencias dramáticas. Para muchos trabajadores del interior, la explotación agrícola en países vecinos se ha transformado en la única alternativa desesperada para evitar que los hijos caigan en el refugio destructivo de las adicciones o terminen agobiados por ideas suicidas.
No es un verdadero cambio cultural lo que necesitamos como sociedad. Lo que urge es dejar de redactar un "diario de Yrigoyen" para un Presidente que gobierna enfocado en una inmensa minoría económica, la cual encuentra en la comodidad del desprecio un mecanismo para acumular riquezas. Mientras tanto, por complicidad o indolencia, diversos gobiernos locales permiten que quienes producen empleo real y quienes administran el Estado vean deteriorados sus ingresos día tras día.

Sin recetas del pasado: la urgencia de un acuerdo productivo
Tampoco la presencia infame de dirigentes como Axel Kicillof en la provincia de Misiones, anunciando o apadrinando procesos electorales, provee de garantías a los argentinos que empujaron al sillón de Rivadavia al presidente Javier Milei. Aquellos que han dañado severamente al país en el pasado, aquellos que deterioraron el entramado socioeconómico y aquellos que convenientemente permiten que esta situación se profundice, no pueden erigirse hoy como los salvadores ni seguir decidiendo el futuro de millones de familias exhaustas por la falta de respuestas y de oportunidades reales.
La salida a esta encrucijada no vendrá de la mano de un estatismo hipertrofiado y presente pero sin articulación eficiente con el sector privado. Tampoco vendrá del aislamiento individualista. La respuesta exige la construcción de un plan integral que reúna a los argentinos en un verdadero pacto social y productivo; un acuerdo sincero que no se diluya en un anuncio mediático pomposo ni en marketing político de coyuntura.
Pensar con seriedad el país, la provincia y la ciudad que queremos habitar es un proyecto infinitamente más ambicioso e importante que cualquier ideología barata cuyo único contenido sea definirse por el rechazo al otro y el agotamiento de causas "anti". Es hora de reconstruir la esperanza sobre bases de producción, trabajo y empatía comunitaria.




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