A 44 años de la Guerra de Malvinas, la voz de Mabel Rodas vuelve a poner en palabras una historia que durante décadas permaneció en silencio. En diálogo con Radio Up, se sumergió en aquellos días de 1982 que marcaron su vida para siempre.
Rodas tenía 23 años cuando le tocó atravesar la guerra desde el Hospital Naval de Puerto Belgrano. “En el año 1982 yo había entrado a la Guardia en el Hospital Naval de Puerto Belgrano a las 18 horas del día 1º y cubría la Guardia hasta el otro día a las 6 de la mañana”, recordó. Aquella jornada, en apariencia rutinaria, cambiaría abruptamente.
“Una guardia tranquila… yo estaba en el pre y post-operatorio”, describió. Sin embargo, durante la madrugada comenzaron a circular órdenes inusuales: “informando a todos los servicios que no deberíamos entregar la guardia al otro día, cosa que no me pareció rara”.
El giro llegó horas después. “Alrededor de las 11 de la mañana el subdirector médico informa a todo el personal de sanidad que esa madrugada, tropas argentinas habían desembarcado en nuestras Islas Malvina, que hubo un enfrentamiento armado, que hubo heridos y fallecidos”. Desde ese momento, el hospital fue declarado centro de operaciones de guerra.
“Todo el personal nos quedamos en shock porque nunca enfrentamos una guerra para empezar”, relató. “Yo tenía 23 años, mis colegas también… nunca habíamos asistido a heridos de guerra”.
Un hospital en guerra

A partir de ese momento, la rutina desapareció. “Inmediatamente todo el personal de sanidad nos pusimos a repasar técnicas en enfermería de guerra”, contó. Horas más tarde comenzaron a llegar los primeros pacientes: “en el puesto uno, informan que estaban ingresando los heridos… y los fallecidos”.
Entre ellos, recordó al capitán Pedro Giaccino y al enfermero Ernesto Urbina. Pero lo peor llegaría semanas después. “Grandes cantidades de heridos… soldados clase 62 y 63, valientes guerreros con coraje, valor, disciplina”, describió. Las lesiones eran extremas: “heridos de arma de fuego… de esquirlas… de trinchera… quemados”.
“El hospital en un ratito se convirtió en un escenario de guerra”, sintetizó.
Incluso debieron atender a prisioneros británicos. “Nuestra misión era salvar vidas, no importa de qué bando sea. Cumplimos con la misión”, afirmó.
El impacto del hundimiento del ARA General Belgrano marcó otro punto crítico. “Nos informan que habían hundido al glorioso crucero”, recordó. Días después comenzaron a llegar los sobrevivientes: “los náufragos quemados… de pie a cabeza”.
Durante meses, el trabajo fue incesante. “Para el personal de sanidad ese día finalizó la guerra… porque nosotros peleábamos contra la muerte”, sostuvo, y destacó que todos los pacientes atendidos en ese hospital sobrevivieron.

Sin información y bajo órdenes
En medio del conflicto, el aislamiento era total. “Nosotros no teníamos ninguna información, cero información”, explicó. La única guía eran las indicaciones médicas: “el paciente ingresa y con el paciente ingresan las indicaciones”.
Consultada sobre el contexto político de la época, fue contundente: “Uno entra dentro del hospital a cumplir órdenes. Nosotros no cuestionamos, no preguntamos”.
El silencio después de la guerra

Tras el conflicto, llegó otra batalla: la del silencio. “Nos quedamos calladas… yo al menos no quería regresar a ese escenario de guerra, no quería recordar”, confesó. La falta de acompañamiento marcó profundamente a quienes estuvieron en la retaguardia: “no tuvimos apoyo psicológico”.
Con el paso del tiempo, las secuelas se hicieron evidentes. “Uno se da cuenta de que no está bien… que uno está pasando por una situación post-traumática”, explicó.
Sobre el reconocimiento, expresó dudas y dolor: “Yo la verdad no lo sé… no entiendo si la guerra era entre Argentina y Gran Bretaña… yo estuve en el TOAS (Teatro de Operaciones del Atlántico Sur)… trabajando dentro de la misma guerra”.
El reencuentro: “Prohibido morir, soldado”
Uno de los momentos más conmovedores de su historia ocurrió años después, cuando decidió acompañar una peregrinación con veteranos por distintas provincias.
“Si acá hay algún veterano, avisen que yo pasé por acá, soy su enfermera y me gustaría saber de ellos”, contó que dijo en un encuentro en Chilecito.
La respuesta no tardó en llegar. “Viene un señor, me mira y me dice ‘por fin te puedo ver la cara’”, relató. El hombre había sido uno de los soldados quemados. “Se saca la camisa… y ahí yo veo las cicatrices”.

El reconocimiento fue inmediato, pero no por su rostro, sino por sus palabras. “A cada paciente le decía algo al oído”, explicó. Entonces probó: “le dije… ‘prohibido’”. Otro veterano completó la frase: “morir”.
“Había una enfermera que decía ‘prohibido morir soldado’”, recordó. “Esa era yo”.
El encuentro fue tan emotivo como revelador: “nosotros veíamos ángeles que corrían… pero no sabíamos sus nombres”. Entre lágrimas y abrazos, se produjo un cierre simbólico tras décadas de silencio.
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Una herida que no cierra
Lejos de la idea de que el tiempo cura todo, Rodas fue clara: “El tiempo lo que hace es oxidar el hierro que uno tiene clavado… especialmente en el alma”.
La guerra dejó marcas profundas en su vida personal. “Yo no me pude armar de familia… creo que tiene mucho que ver esta situación de guerra”, afirmó.
Hoy, de regreso en Misiones, construye un espacio de memoria llamado Refugio del Guerrero. Sin embargo, cada aniversario revive el pasado: “En esta fecha es como que yo tengo una guardia permanente. No me puedo dormir… pareciera que estoy esperando a un paciente”.
A más de cuatro décadas del conflicto, su testimonio no solo reconstruye una parte menos visibilizada de la guerra, sino que también expone una deuda pendiente: la de reconocer y acompañar a quienes, desde el silencio, también combatieron.
AHORA en La Última Rosca
Charlamos con Rodolfo Ramírez. Ex combatiente de Las Malvinas
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