La aprobación del Presupuesto 2026 este viernes 26 de diciembre en el Senado de la Nación, con el impulso de referentes cercanos al Ejecutivo, dejó al descubierto un cambio de roles dentro del oficialismo: mientras el Gobierno celebró el resultado como una victoria política clave para el rumbo económico del año próximo, Victoria Villarruel, en su rol de vicepresidenta y presidenta del Senado, quedó prácticamente fuera del centro de decisión. El episodio respondió al avance de una nueva estructura interna donde otros nombres tomaron el control operativo del proceso legislativo, marcando una tendencia que se consolida paso a paso.
Fuentes parlamentarias confirmaron que la negociación, el conteo voto a voto y la coordinación con los bloques aliados estuvieron manejados por actores distintos a Villarruel, quienes se movieron como interlocutores directos entre el Congreso y la Casa Rosada. En ese grupo, Patricia Bullrich emergió como la figura con mayor protagonismo, convertida en el enlace político del Ejecutivo y dueña de la agenda interna dentro de la Cámara Alta durante la jornada. Su despacho fue señalado como el centro de operaciones, desplazando simbólicamente el papel institucional que históricamente corresponde a la presidencia del cuerpo.

La situación no pasó inadvertida. Legisladores de diferentes bancadas interpretaron el panorama como una señal de aislamiento hacia la vicepresidenta, algo que se viene gestando en episodios previos, pero que la sesión terminó por confirmar frente al arco político. “La foto es el mensaje”, sintetizó un asesor legislativo al ser consultado tras la votación, describiendo un escenario donde el peso específico de Villarruel en la estructura libertaria parece reducirse.
A pesar de la victoria legislativa, la jornada dejó preguntas abiertas. Entre ellas, quién conducirá la estrategia parlamentaria del oficialismo durante el 2026 y hasta qué punto esa reconfiguración de poder afectará la relación institucional entre el Poder Ejecutivo y la conducción del Senado. Por ahora, la percepción predominante es que el Presupuesto se aprobó, pero el precio político fue la exhibición pública de una interna cada vez más imposible de ocultar.

Mientras el Gobierno celebra el resultado como un paso decisivo para sostener su programa económico, la dinámica que quedó expuesta genera lecturas paralelas: el debate ya no pasa solo por cómo se aplicará el Presupuesto, sino por quién lo defenderá y desde dónde se tomarán las decisiones con mayor impacto institucional. En este nuevo tablero, Villarruel aparece relegada, Bullrich consolidada y el oficialismo ajustando su mapa interno en plena visibilidad pública.



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