“Vivir al límite” es una expresión común en quienes disfrutan de los deportes extremos. Allí, la adrenalina se busca en circuitos, montañas o acantilados: escenarios controlados donde el riesgo tiene reglas claras. Pero ¿qué ocurre cuando la apuesta no es individual ni voluntaria, sino colectiva, y cientos de personas terminan expuestas a un juego que no eligieron? ¿Qué pasa cuando los ciudadanos dejan de ser espectadores y se convierten, sin saberlo, en parte del espectáculo?
Algo parecido ocurrió en los últimos actos públicos del Presidente. En un intento por fortalecer su imagen, eligió exponerse en escenarios hostiles, poniendo en riesgo su propia integridad física –ya bastante dañada en términos de credibilidad– y, lo que es más grave, la de sus seguidores. Ciudadanos comunes, que solo buscaban acompañar a un líder, fueron arrastrados a un escenario de peligro, confusión y enfrentamiento.

El recurso no es nuevo en la historia política. En busca de épica, algunos dirigentes intentan emular a los líderes de las revoluciones, como Robespierre o La Fayette en la Francia del siglo XVIII. Pero la diferencia es crucial: mientras aquellos se jugaban la vida por una causa de emancipación, aquí se expone la figura presidencial en distritos donde se siembra más rechazo que adhesión. Nada extraño en una democracia madura. Lo preocupante es que se hace luego de meses de insultos a trabajadores, jubilados, personas con discapacidad y a todo aquel que se atreva a pensar distinto. En ese contexto, la calle deja de ser un lugar de encuentro para convertirse en un campo minado.
La actitud recuerda inevitablemente al cuento de Pablo Bernasconi, El Bravucón. En esa fábula moderna, breve y cargada de humor, se retrata al fanfarrón que confunde fuerza con violencia y respeto con miedo. Su desenlace es elocuente: el bravucón termina solo, expuesto, revelando que su poder era frágil. La moraleja es clara: la prepotencia nunca construye respeto verdadero; la verdadera valentía nace de la empatía y de la convivencia.

El último jueves, en Moreno, provincia de Buenos Aires, el presidente convocó a sus simpatizantes en una cancha de fútbol. Allí, libertarios y aliados del PRO movilizaron a sus filas. Lo que debía ser un gesto de fortaleza política se transformó en una postal inquietante: amenazas cruzadas, insultos y enfrentamientos entre simpatizantes de Milei y del kirchnerismo. La ausencia de dirigentes capaces de encauzar el debate se tradujo en una calle crispada, donde el miedo fue el único factor aglutinador.
El mensaje presidencial tampoco aportó claridad. Con recursos limitados hacia el futuro, eligió apropiarse de una frase cargada de historia: Nunca Más. Ese lema surgió para cerrar la etapa más oscura del país, cuando la democracia se debatía frente a la dictadura y al terror. Usarlo hoy, en el marco de una interna política, no solo descontextualiza su significado, sino que banaliza la memoria. En lugar de construir un horizonte común, se forzó un relato artificial: el de un presidente no peronista cerrando campaña en un bastión justicialista.

Mientras tanto, los problemas reales quedaron en pausa. La defensa de su hermana y de algunos funcionarios parece ser la prioridad de un gobierno que no logra encauzar la economía. Los cortes de luz que se avecinan en verano, la desinversión en obra pública y la falta de respuestas estructurales no se resuelven con discursos. Se congelan en un frízer de negaciones que tarde o temprano se derrite.
Con luces y sombras, La Libertad Avanza enfrenta ahora su primer desafío electoral bonaerense desde que es gobierno. Las encuestas van desde la victoria ajustada hasta la derrota humillante. Pero el verdadero interrogante no es quién gana, sino cuántos irán a votar. La apatía se ha convertido en el signo de época. Y en un país atravesado por la desconfianza, la indiferencia puede ser tan peligrosa como la polarización.

El escenario no se explica solo por los errores de este gobierno. También pesa la herencia de una mala administración kirchnerista y la tibieza de quienes intentan ubicarse en el medio sin ofrecer alternativas sólidas. El resultado es un electorado cansado, que espera el domingo con miedo al futuro y con la certeza de que el enfrentamiento permanente sirve más para esconder problemas que para resolverlos. Así, la esperanza, que alguna vez fue verde, empieza a oscurecerse.
Sin embargo, incluso en la tragedia política siempre existe la posibilidad de un aprendizaje. Quizás de este proceso surjan oportunidades inesperadas, aunque no provengan de la pericia de la dirigencia sino del azar de la historia. Mientras tanto, las provincias observan con cautela este enfrentamiento porteñocéntrico, como si fuera una radiografía anticipada de las elecciones de octubre. Algunas gestiones locales, cuestionadas o no, ofrecen certezas. Otras, apenas inseguridades que se parecen demasiado a las de los votantes.
En Misiones, la mirada es concreta y cercana. Los misioneros esperan que el gobierno provincial sostenga sus políticas de educación, salud y acompañamiento social. Sobran demandas, queda mucho por hacer, pero el camino solo se puede transitar con unidad y con atención real a las necesidades de la gente. Ajustar para complacer a otro, sin entender la realidad del vecino, es también una forma de vivir al límite. Y en política, ese límite puede significar un retroceso social irreversible.
Vivir al límite puede ser un estilo de vida para quienes buscan adrenalina en un deporte extremo, pero no puede ser la forma en que se conduce un país o un municipio. Cuando la política se transforma en un salto sin red, quienes caen no son los dirigentes, sino los ciudadanos. Gobernar implica riesgos, sí, pero riesgos calculados, con la mirada puesta en el bien común y no en la espectacularidad del momento. De lo contrario, lo que se presenta como audacia termina siendo simple temeridad, y lo que se vende como valentía no es más que la fragilidad del bravucón que grita para ocultar su vacío.



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