Un misionero nacido en Wanda terminará pagando una condena de prisión de 17 años, por el abuso de una niña y un niño (hermanitos) mientras su pareja se ausentaba de la vivienda familiar de Buenos Aires.
A pesar del aberrante hecho, en Casación consiguió que le bajaran un año de prisión (de 18 a 17) al poner en duda que haya existido acceso carnal. Los niños aseguraron que sí pero se presentaron informes en sentido contrario.
La Cámara Nacional de Casación en lo Criminal y Correccional de Buenos Aires, integrada por los jueces Gustavo A. Bruzzone, Mauro A. Divito y Pablo Jantus (quien interviene en virtud de la excusación aceptada al juez Jorge Rimondi), modificó la calificación legal contra Juan Carlos B. por la de "abuso sexual gravemente ultrajante y abuso sexual con acceso carnal en grado de tentativa (contra uno de los menores); y abuso sexual con acceso carnal en grado de tentativa, reiterado en dos ocasiones (en perjuicio de una niña), todos ellos en concurso real entre sí, y agravados por haber sido cometidos contra menores de dieciocho años y aprovechando la situación de convivencia preexistente (artículos 45, 55, 119 segundo, tercero y cuarto párrafo, inciso “f”, CP)".
Este terrible hecho ocurrió cuando el misionero convivió con una mujer, su hija y nietos en en el local 11 de una galería usurpada en Avda. Sáenz 1169 de CABA. Según coincidieron los testigos que declararon en el expediente del juicio, el local era salón en planta baja donde funcionaba una peluquería con un baño; y un entrepiso que se dividía de manera precaria quedando en un espacio asignado como dormitorio de "Nonita" y su pareja misionera. En tanto que en un segundo espacio dormían los cuatro niños de la hija y, mientras convivió con ellos, el novio de esta.

La primera de las víctimas, un niño de 7 a 8 años y su hermanita de 5 a 6 años eran llevados a ese dormitorio precario de Juan Carlos y Nonita cuando la mujer se iba de la casa. En la cama, eran obligados a sacarse la ropa, para iniciar los abusos sexuales por parte del misionero.
Acompañaba las conductas abusivas, amenazando a los niños para que no contaran a ningún integrante de la casa lo que les hacía. Hasta que uno de los hermanos se quebró en llanto y contó al otro lo que sucedía.
A pesar que en Cámara Gesell los chicos aseguraron haber sido violados, un informe del Hospital Garraham concluyó que "el examen médico no arrojó indicadores físicos de penetración anal".

Doble abuso
Lo terrible también fue que en el juicio oral se confirmó que el novio de la otra mujer, que vivía con todos ellos en el lugar usurpado, también abusó de los niños en las mismas circunstancias que utilizaba el misionero.
"Como corolario de lo expuesto, el Tribunal señaló que “los hechos que el niño describe resultaban perfectamente posibles en el ambiente de particular vulnerabilidad y hacinamiento en el que vivían, en el cual si bien la mujer intentó esforzarse en presentarse como madre cuidadosa, reconoció que en diversas ocasiones debía ausentarse del domicilio y en esas ocasiones los únicos adultos que allí permanecían eran ambos imputados”.
La médica del Garrahan que atendió a los niños en su declaración destacó lo siguiente: “…primero lo que cuenta es la situación por la que vienen a consultar ¿si? que es la de la pareja de la mamá, que hasta esa fecha había sido conviviente con ellos, y posteriormente cuando yo le pregunto si esto era algo que le había pasado otras veces o la primera vez, ella ahí dice que le había pasado varias veces y agrega que le había pasado previamente con una persona que había sido novio de su hermana mayor”.

Cómo se descubrió el hecho
El misionero Juan Carlos B. discutió con los dos niños cuando les quiso quitar unos loritos. Entre llantos, los niños expusieron los abusos. Pero el ahora condenado aseguró que lo denunciaron por abuso en venganza por quitarle las aves.
El Tribunal calificó como una excusa “francamente pobre” la explicación del oriundo de Wanda, en cuanto aludió a que se trataría de una “…falsa denuncia con la que se pretendió alejarlo de la casa con motivo de una discusión con los niños originada en la amenaza de quitarles unos loritos”.
Los magistrados observaron que, si bien la develación ocurrió en medio de una discusión de esa índole, “no se centraba en el niño sino en su hermana y es en el marco de esa situación de violencia que el niño estalla en llanto y cuenta la situación que lo perjudica”.
Como corolario de lo expuesto, el Tribunal señaló que “los hechos que el niño describe resultaban perfectamente posibles en el ambiente de particular vulnerabilidad y hacinamiento en el que vivían, en el cual si bien la mujer intentó esforzarse en presentarse como madre cuidadosa, reconoció que en diversas ocasiones debía ausentarse del domicilio y en esas ocasiones los únicos adultos que allí permanecían eran ambos imputados”.



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