Durante años, el accidente cerebrovascular (ACV) fue considerado una enfermedad propia de personas mayores. Sin embargo, dos investigaciones publicadas recientemente —una en The Lancet Regional Health – Americas y otra en la revista Stroke de la Asociación Americana del Corazón— alertan sobre una tendencia alarmante: el ictus afecta cada vez más a adultos jóvenes y mujeres.
El cambio no es anecdótico. Según el estudio publicado en The Lancet, entre 2015 y 2021 se frenó la baja sostenida en las tasas de ACV registrada desde los años 90 y comenzaron a aumentar los casos entre personas menores de 50 años. La situación es particularmente preocupante en mujeres, quienes no solo enfrentan mayores barreras en el acceso al diagnóstico, sino que además muestran un crecimiento más acelerado en la incidencia.
“El estudio reveló un aumento en los casos de ACV, especialmente en personas de mediana edad y en mujeres. Desde 2015 se frenó la tendencia a la baja y comenzaron a subir tanto la incidencia como la mortalidad”, explicó el neurólogo argentino Matías Alet, miembro del Centro Integral de Neurología Vascular de Fleni y coautor del estudio.
Según los datos analizados por Alet y su equipo, en 2021 se registraron más de 1,1 millones de nuevos casos de ACV en América, con medio millón de muertes. Aunque las tasas ajustadas por edad siguen siendo más bajas que hace 30 años, el número absoluto de casos y años vividos con discapacidad por esta causa ha crecido sostenidamente.
Uno de los hallazgos más relevantes del informe es el impacto desproporcionado del ACV en mujeres jóvenes. “Las mujeres tienen un mayor riesgo de mortalidad tras un ACV y mayores probabilidades de padecer secuelas incapacitantes, pero en muchos casos no reciben el diagnóstico correcto en las ‘horas de oro’ tras la aparición de los primeros síntomas”, advirtió el neurólogo y psiquiatra Enrique De Rosa Alabaster.
Según el especialista, este subdiagnóstico responde en parte a un sesgo persistente en el “identikit” tradicional del paciente con ACV: varón, de edad avanzada y con factores de riesgo clásicos. Esto impide reconocer los síntomas en mujeres más jóvenes, cuyas señales pueden diferir de las presentadas por los hombres.
A esto se suman factores hormonales como el uso de anticonceptivos o embarazos complicados, así como enfermedades subdiagnosticadas, como migrañas o trastornos autoinmunes, que también están vinculados a un mayor riesgo de ACV en mujeres.
El estudio publicado en Stroke refuerza esta preocupación. En adultos entre 18 y 49 años, está creciendo una forma específica de ACV: el ictus criptogénico, de causa desconocida. El fenómeno se da incluso en personas sin hipertensión, colesterol alto, obesidad o diabetes tipo 2.
“Hasta el 50% de los ACV isquémicos en adultos jóvenes son de origen desconocido y afectan más a las mujeres”, destacó el doctor Jukka Putaala, jefe de la unidad de ACV del Hospital Universitario de Helsinki y autor principal del trabajo.
Para Putaala, la prevención requiere una mirada más amplia: no solo controlar los factores tradicionales, sino también identificar nuevos riesgos, como el estrés crónico, el sedentarismo, la contaminación ambiental y el consumo de sustancias nocivas.
El informe de The Lancet también expone las disparidades regionales. Mientras que América del Norte ha logrado reducir significativamente la mortalidad por ACV, en países del Caribe como Jamaica, Haití y Venezuela, los indicadores se disparan. En Jamaica, por ejemplo, todos los índices —desde la incidencia hasta los años perdidos por discapacidad— están en ascenso constante.
Además, los países con menor índice sociodemográfico muestran una relación directa entre pobreza y mortalidad. Allí, el acceso deficiente a servicios de salud, diagnóstico por imágenes y tratamientos agudos limita las posibilidades de recuperación.
Una agenda urgente para revertir la tendencia
Frente a este panorama, los especialistas coinciden en que la prevención es clave. El estudio recomienda implementar estrategias regionales, como el programa HEARTS de la Organización Panamericana de la Salud, orientado a mejorar el control de la hipertensión.
Actualmente, solo el 36% de la población con hipertensión está correctamente tratada. Si ese número se elevara al 50%, podrían evitarse unas 120.000 muertes por ACV en América. A esto se suma la necesidad de ampliar redes de atención especializada, garantizar diagnósticos tempranos y promover campañas educativas que visibilicen el problema, sobre todo en poblaciones jóvenes y femeninas.
“La carga de enfermedad por ACV es inmensa, pero no irreversible. Con medidas adecuadas, se pueden salvar vidas y reducir el impacto económico y social de esta patología silenciosa”, concluye Matías Alet.



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